Pilotos de verano: Anger Management

Anger Management, de FX, es una sitcom clasicorra, donde los platós son cantosos, la iluminación es mega artificial y los personajes entran por la puerta sin llamar, miran a la cámara y preguntan: ¿quién es el estúpido terapeuta al que tengo que ver? Ahí entra en escena el cabeza de cartel, egocéntrico y consciente de por qué está allí (porque es un liante). Charlie Sheen contesta: supongo que ése soy yo, gesticula con las manos y suenan las risas enlatadas. Visto el piloto de la nueva propuesta del figurín catódico que es el amigo Charlie, querido por todos, odiado por muchos, para estar dispuesto a seguirla tienes que contestar a dos factores. Uno es si eres fan de las comedias de situación de toda la vida y dos es si eres de los que sigue el juego a la oveja negra de los Sheen-Estevez. Si no, estás perdido y a otra cosa. En Anger Management hay algunos puntazos, hay referencias, hay chistes casposos sobre gays, está Selma Blair, y aparece José María Íñigo o al menos un pensionista calvo y con bigote al que se parece muchísimo. También, y cabe decirlo, tampoco hay nada nuevo. Hablemos de ello.

El Charly. A un tipo guay con su carisma y su nivel mediático no se le podía dejar pasar, y cuando el proxeneta de la comedia guarra (guarra por cutre, no por pervertida) Chuck Lorre le echó para evitarse malos rollos e interrupciones en el rodaje de Dos hombres y medio, la pata al culo y fuera del rodaje. Así fue. Charlie Sheen fue despedido, que no humillado, y se lo rifaban. A él le podemos imaginar, hace poco más de un año, alzado por la multitud y aclamándole. No sé cuál es el problema de Charlie Sheen, o si precisamente tiene alguno, y si es ninfómano viva por él, y si es un drogadicto, pues bueno, tú sabrás.

Si Charlie me cae bien es porque su padre es Jed Bartlet y su hermano Emilio Estevez, y para de contar. Sus portadas en la Us Magazine y en la People lo mismo me dan; es un adolescente eterno, la versión turbia y de siglo XXI de Peter Pan, y si se lo pasa bien, que se lo pase. Así que cuando anunciaron una serie para su bien y gloria, escrita para él mismo, le llamé a su casa en Malibú, me contestó su asistente Azucena y le dije: la verá tu madre, pero suerte.

La vida y hechos de Charlie Sheen son divertidos de leer en la página de vida social del periódico, sus comas etílicos y eso, y aquí está lo bueno y lo malo de Anger Management, que no deja de ser el fresco de una personalidad extravagante y vivaracha. No por nada sus dos últimos personajes de ficción (¿o no tanto?) se llaman como él; así fue en Two and a Half Men y así es en esta nueva. Ambos personajes, de hecho, no comparten solamente lo de ser tocayos. Cualitativamente, son muy iguales. Idénticos. Mordaces, sexualmente imparables y vivos, bastante pícaros. Divorciados, incluso. Es decir, resumiendo, que se interpreta a sí mismo, haciendo una de Adam Sandler o una de Jack Black. Si ves su peli, es por verles a ellos. Y es que no se le escapa a nadie que, sencillamente, si ves Anger Management es por ver a Charlie Sheen.

La historia es tan simple que se ahorran presentarla pausadamente para meternos de lleno en la vida de, cómo no, Charlie Goodsman. Es un psicólogo o psiquiatra o algo que compagina su carrera y su vida personal rota con un control bastante ineficiente de su ira, que se pone de por medio y le mete en barullos a la altura de agredir con lámparas a chulos. Está separado, tiene una hija con trastorno obsesivo-compulsivo, aunque su habitación está súper desordenada, y tiene que ver celoso cómo su ex va de novio en novio (el de esta semana tenía la cara de Brian Austin Green) mientras él mantiene una extraña relación puramente sexual con su propia terapeuta, que es la sorpresa del capítulo piloto, ver qué anda haciendo Selma Blair en esto, y bueno, pues se la ve, no va haber quejas, por supuesto.

Por ahí decían que Anger Management iba a ser un remake televisivo de la película de 2003 con el mismo título, que en España conocimos como Ejecutivo Agresivo, y que contaba con el mencionado Sandler y Jack Nicholson, pero parece que los tiros van en otra dirección, y a priori es una pena, porque incluir una figura como la de Nicholson daría mucho juego. Alguien que dome a un tío un poquitín loco y le redireccione, como mentor o al menos como terapeuta poco ortodoxo, sería genial, y más teniendo en cuenta que ese hombre agresivo no es más ni menos que Sheen, que es un animal.

Es pronto para decir cuál de las dos ideas le sienta mejor a esta serie tan característica. Un hombre peculiar que es padre soltero de una adolescente está mil veces visto, lo más reciente es Castle, por ejemplo, pero tirando de elementos chulos como sus pacientes, su relación con el personaje de Blair y dando un poco de caña al invento, lo que a medio plazo nos pueda ofrecer Anger Management quizás llegue a tener mucho gancho, más allá del inicial, que es el protagonista, porque precisamente todo el concepto de serie descansa sobre sus hombros tatuados. Hay preguntas: ¿se ahogará por culpa del ego desproporcionado de Sheen? ¿Su capacidad para atraer audiencia hará que triunfe, con el mismo éxito que le procuraba su personaje en Dos hombres y medio? ¿O qué, le despedirán cuando acabe la temporada?

Pronto para juzgar, por supuesto, pero ahora mismo nos encontramos con esto: un showman en una serie para él. Está bien, pues bueno, sí, poco más. Apenas es algo nuevo, no es sobradamente original, pues no. Hay clichés, es territorio muy pisado, hay una escena muy cutre en una cárcel. Sin embargo, el episodio tiene sus momentos para brillar, sus márgenes y sus ideas, como todo.

Una es su arranque, un chiste referencial que no deja espacio a las medias tintas y le pega un arañazo de no olvido y no perdono al pasado reciente de Dos hombres y medio. Otro momentazo, por ejemplo, es la escena con el cameo de Austin Green, en la que noviete y ex marido discuten sobre la educación de la hija de Sheen. Aunque para mí, por lo menos, eso no es suficiente para seguir The Charlie Sheen Show. Los clichés de comedia y lo mucho que pesa el actor, que a cada año que pasa está físicamente más demacrado, me echan –personalmente– para atrás. No es su calidad, que aún hay tiempo para probar (ahora, pongámoslo en algo muy en la media), sino por su concepto.


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