Pilotos de otoño: The Orville

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Una parodia pretende ser una obra cómica basada en revisar los tópicos más manidos de un género determinado y llevarlos al absurdo. Tomarse a broma lo que todo el mundo ha tratado con tintes dramáticos o, incluso, heroicos. Algunas parodias han conseguido tener tanto éxito que sus géneros nunca volvieron a ser lo mismo. ¿Quién podría ver una historia de accidentes aéreos sin imaginarse un piloto automático hinchándose en la cabina del piloto, como en la genial Aterriza como puedas? La ciencia ficción es uno de esos géneros que se han llenado de lugares comunes, lo que lo convierte en un candidato perfecto para ser parodiado. Seth McFarlane, responsable de comedias tan reconocidas como Padre de familia o American Dad, ha recurrido a la archifamosa saga Star Trek y la legión de seguidores trekkies para echarse unas risas a su costa. ¿Os apetece subiros conmigo a la nave de exploración ‘Orville’?

Es cierto que toda parodia supone en parte una burla hacia el objeto parodiado, pero muchas veces deja traslucir una cierta ternura. Como ese Don Quijote que pretende hacer mofa de las novelas de caballería y acaba creando el mejor ejemplo de caballero andante. A fin de cuentas, ¿quién podría bromear sobre una obra que no conoce, al menos por encima? ¿Cómo entender los chistes (y la crítica que llevan implícitos en muchos casos) sin reconocer los clichés de un género? Sospecho que Seth McFarlane es un enamorado de las historias del espacio. No en vano, fue uno de los responsables de producir la nueva versión de Cosmos, esa maravilla de documentales que presentaba Carl Sagan en los años 80. Y diría que parte de su atracción por la astronomía procede del concienzudo visionado de los episodios y películas de la serie Star Trek.

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The Orville es una revisión humorística que se nutre de los lugares comunes de las historias de explotación espacial. Para ello, no ha dudado en recoger todos los elementos que las hacen reconocibles, incluyendo la ambientación musical, el vestuario o unos efectos visuales que para sí quisieran algunas otras producciones (sí, canal Syfy, estoy pensando en ti). No solo eso, sino que el argumento de este piloto podría haber sido el de un episodio cualquiera de una saga de exploraciones galácticas, salvando el tono cómico, claro. Como suele suceder, su protagonista, Ed Mercer, es un brillante capitán que busca redimirse tras caer en desgracia, fruto de un complicado divorcio. Su oportunidad llegará por la necesidad de la flota estelar de encontrar tripulación para la ‘Orville’, a pesar de tratarse de una nave mediocre, muy por debajo de las gloriosas expectativas de nuestro atribulado oficial.

Los tripulantes forman la mezcla que ya nos hemos acostumbrado a ver de humanos y alienígenas más o menos humanoides, con características “particulares”. Entre ellos, el segundo oficial Bortus, perteneciente a la raza Moclan, cuyos miembros solo tienen un sexo. La oficial de seguridad Kitan, cuya fuerza sobrehumana es el resultado de haberse criado en un planeta con una gravedad superior a la media. O el oficial científico Kaylon, procedente de una sociedad de droides que consideran inferior a cualquier forma de vida biológica. Seguro que las interacciones entre ellos y el resto de la tripulación serán objeto de numerosos malentendidos a lo largo de los próximos episodios. No obstante, en este piloto la mayor parte de las situaciones han corrido a cargo del capitán Mercer, su navegante y amigo íntimo Gordon Malloy y su exesposa Kelly Grayson, que casualmente es también la primera oficial de la ‘Orville’.

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Y, por supuesto, también hay una raza de beligerantes extraterrestres malvados, los Krill, en permanente estado de conflicto con la federación galáctica encabezada por la Tierra. Ellos son los causantes de un peligroso incidente, al tratar de robar un invento de la base científica a la que la ‘Orville’ ha llegado para traer suministros. Ni más ni menos que un mecanismo capaz de acelerar el tiempo en su zona de influencia. Nada que nuestros héroes no puedan solucionar con su ingenio y habilidad, a pesar de encontrarse en desventaja. Todo ello, claro está, mientras aprenden a superar sus diferencias personales y provocando unas cuantas situaciones cómicas.

Como decía anteriormente, la gracia de una parodia está en recordarnos el original y, sobre todo, en ser divertida. Lo malo, tal como yo lo recuerdo, es que en la mayoría de las ocasiones suelen limitarse a lanzar una serie de chistes más o menos burdos sobre el tema elegido. The Orville cuenta con su porción de bromas escatológicas pero lo cierto es que falla a la hora de sacarnos una sonrisa, de ser verdaderamente divertida. Lo único que puede salvarla es ese cariño que sigue dejando ver hacia el material original, Quizá eso consiga hacerle remontar en los siguientes episodios. No obstante, yo abandono la nave. Le dejo los siguientes viajes de exploración a otros pasajeros más intrépidos. ¿O hago mal? A lo mejor podéis hacerme cambiar de opinión con vuestros comentarios. Hasta entonces, buen vuelo y larga vida.


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