Pilotos de midseason: Scandal

Scandal es el verdadero salto a Estados Unidos de Torchwood, y no esa barbarie apestosa que resultó ser Miracle Day; la conciencia de badass celebrities que sienten los protagonistas de la nueva serie de Shonda Rhimes (es la tercera que lleva su firma omnipotente tras Anatomía de Grey y Private Practice) y su facultad como “superhéroes en lo suyo” trazan una interesante conexión con el spin-off de Doctor Who, así como el secretismo pseudo-político de estos ingeniosísimos profesionales que resuelven líos magnánimes. Y eso no es por nada. Esta serie es Mamá Shonda. Su personalidad lo recorre todo, y el personaje de la emergente Kerry Washington tiene pinta de álter ego. Scandal son sus ídolos (Henry Ian Cusick) fichados para su causa y, con ello, la muestra de sus favoritismos y gustos (y de sus manías), como la obsesión por las series de Russel T. Davies. Esta es, seguro, una serie que a él le encantaría. Rhimes no oculta muy bien, y no se lo reprochamos, que es una niña grande la mar de imaginativa, una chavalita que aprovecha ese estatus tan bueno que tiene para jugar con las cosas que más le gustan: así nace Shondaland, su sello, y gracias a esta productora empezamos a ver si es verdaderamente versátil más allá del Seattle Grace Hospital. Y, a pesar de un principio en el que titubea cosas poco inteligibles, yo creo que sí que lo es.

Si bien es cierto que con Scandal a uno le dan ganas de ver y rever El Ala Oeste, desde ese POTUS mujeriego que es una mezcla de Emilio Estévez jovencito y el autóctono Kevin McKidd, hasta el aire urbano y de los noventa que recorre el estreno, comparar ambos trances es un error, porque la serie de Olivia Pope (otro gran retrato de la revolución feminista amable de Rhimes) se queda ahí ahí, en lo light y entretenido. Ambiciona a la tremenda, sí, pero se nota que la ABC está de por medio y, de repente, al de cinco minutos de empiece hay unos mafiosos polacos con un bebé en una caja. Eso daña el conjunto un montón, pero bueno, que da lo mismo. Porque luego el asunto se desarrolla y mejora. Y el último cuarto de hora del piloto, que se llama muy guay Sweet Baby, me parece una pasada. Los giros (los affairs presidenciales o el caso de la semana) están muy bien llevados y uno adquiere una visión nueva del capítulo y de lo que quiere ser la serie. Total, que a lo primero es flojito y termina por lo alto.

Mamá Shonda es una experta en paradojas profesionales y en apretar los tornillos a sus héroes con sus propias debilidades. Si sus médicos en Seattle y California son incapaces de curarse a sí mismos, no sólo cuando las enfermedades más imposibles les atacan, que el equipo de fixers en Scandal esté atrofiado emocionalmente y no pueda arreglarse sus propios problemas suena fenomenalmente: gestores de crisis que no tienen ni idea de cómo proponerle matrimonio a la potencial chica de su vida, o que la ex amante del Presidente tenga que prevenir a la nueva dama de compañía de éste para que el escándalo no estalle. Es una propuesta, ya digo, genial se mire por donde se mire.

Otra explosión que es todo un acierto es la que desencadena la trama de verdad. No es Quinn, la nueva. Es la decepción de Pope, que es Kerry Washington con madera de líder, aunque uno no se puede creer con tanta facilidad que su personaje sea La Leyenda a la que admira con fervor casi lésbico el personaje de Katie Lowes (vista brevemente en Super 8 y en las otras dos series de Shonda), nuestros ojos en el piloto y con un carácter que se parece al de Mamie Gummer (la Dra. Mina Minard) en la fallida, que no mala, Off the Map del año pasado. De borde, escéptica pero ingenua, lista para absorberlo todo, cuasi Cristina Yang; y esos personajes nos encantan.

A lo que iba, decía de la decepción de Olivia, y cómo su subtrama con la presunta amante del Jefazo de Estado es el punto más fuerte del episodio y lo que eleva a lo genial el punto de partida de esta serie de midseason. Se siente traicionada por su instinto y por su fe en un hombre en el que confía: oír sweet baby y ver cómo reacciona. ¿Es la cara da una mujer que descubre la verdad última de un caso o la cara de una amante engañada? Ha engañado a su esposa, vale, será bastardo. ¿O yo, conociendo a este tipo, que me dice luego I love you, siento un poco de celos? La escena en el Despacho Oval es muy íntima y da claves, pero tenemos película para rato y yo quiero verla. Por ahora, el nuevo caso de Olivia es Amanda.

Como procedimental, puede aportarnos un montón de cosas pero no nos va a aburrir. Su idea aquí parece correr en paralelo a la más rabiosa actualidad, como hacen en The Good Wife mientras nosotros tenemos orgasmos constantes y saltamos sobre la cama. Lo del teniente coronel republicano que oculta su homosexualidad está realmente bien y totalmente a la orden del día: el don’t ask don’t tell del ejército norteamericano va adquiriendo últimamente mucha notoriedad en los medios, recordad este beso de hace unas semanas, y llama mucho verlo aquí tratado desde esta otra óptica.

Lo malo del capi lo podemos resumir en un par de cosas. En primer lugar, el montaje psicotrópico. Esas cortinillas. Bu. Terrible. Hay un momento muy divertido, en el que dos de los personajes están rodeando el mural de las fotitos y, de repente, empiezan a moverse a cámara rápida en plan el Gordo y el Flaco. Muy gracioso, pero creo que no debería ser así. Luego hay un plano cenital en el baño y en ese momento mi mundo se ha derrumbado y ya no sabía por qué las cosas son como son, los cuadrados tienen que ser cuadrados y los óvalos óvalos. Se les va la pinza, sin más, pero creo que podremos soportarlo en el resto de seis capítulos que, creo, tendrá la temporada (de momento, la audiencia ha respondido lo suficiente, y las críticas han sido benévolas, y nadie ha hecho mención del plano cenital). A mí me ha ganado.

Y, a la respuesta a si Rhimes es capaz de salirse de un hospital y no destrozar nada, creo que lo ha hecho bien. Sabe hacer más cosas, desenvolverse con algo nuevo –algo refrescante,– y los que la pedíamos algo fuera del cánon suyo creo nos podemos dar con un canto en los dientes. Enhorabuena. Escándalo, esto es un escándalo.

Las referencias están ahí: un equipo patea-culos como en Torchwood, un ritmo y una actitud muy de Boston Legal y unos actores que hacen babear a una creadora complacida —Jeff Perry, Ian Cusick, Joshua Malina, el genial y brutal Guillermo Díaz o la propia Washington; y tiene a su McDreamy, Columbus Short como Harrison, después de recrearse con Jason George incontables veces. Scandal tiene una trama capaz de estimular; política, intrigas y romances impedidos, como el del Presidente y Liv o las miradas que le lanza la pelirroja Abby (Darby Stanchfield) a un prometido y nada cobarde Desmond Hume, en lo que puede ser una historia que de bien de sí.

Y encima, termina con una musiquilla que nos hace revolver por dentro. El How It Ends de Devotchka, o por lo menos un remix de ese temazo que sonó en la inigualable Pequeña Miss Sunshine. Podéis oírlo aquí, ya que estamos. Scandal, en definitiva, ha molado lo suficiente como para que decidamos seguirla. En vuestras manos está si os va que desde Todoseries hagamos seguimiento semanal y si el equipo de la Pope tiene futuro en las listas de lo requetebueno. Junto con Touch y Smash, lo mejor de 2012 en territorio yanqui.


Categorías: Sin categoría
¡Únete a nuestra comunidad!

Déjanos tu comentario »