Pilotos de Midseason: Monday Mornings

Monday Mornings

No nos podíamos resistir a la idea: David E. Kelley, el showrunner más legal, haciendo una de médicos. Tenía que haber grandes discursos y grandes desdobles morales y los ha habido. Nosotros, con el canto en los dientes; el responsable de Ally McBeal, Boston Legal o la reciente –y cancelada, cachis– Harry’s Law poco ha tardado en ponerse tras algo nuevo. Monday Mornings lleva, también para nuestra sorpresa, la mosca de la cableada TNT y los rostros de los impresionantes Ving Rhames (de la saga Mission: Impossible), Alfred Molina (conocido por ser Alfred Molina) y el galáctico de Jamie Bamber (carabimbombán). El título de este enésimo drama de batas y fonendos, simplificado como MM, se refiere a las reuniones que se hacen cada lunes a la mañana para revisar los fallos que, ante todo, son humanos. Hablamos de Monday Mornings como drama médico, pero miren ustedes los explosivos factores que se reúnen detrás de él: Monday Mornings no es una serie al uso.

Su reparto es cinematográfico y la mano de detrás es maestra. E. Kelley es un maldito geniecillo que llenó nuestras pantallas de los años noventa con la cara-ángel de Calista Flockhart, y fue quien juntó a James Spader y al Capitán Kirk en una extravagancia de abogados locos y superdotados que se merece unos aplausos sin cesar. Pero hay más: la serie parte de los libros de Sanjay Gupta, el que no erupta. He mirado en Wikipedia, la buena, la de inglés, no la versión kazajistana, y ponen cosas sobre él como que es Dios o que inventó la penicilina. Es decir, Gupta es neurocirujano, una de las 10 celebridades más influyentes según Forbes (2011), profesor de Medicina, colaborador en trastos como la CNN y se ha codeado tanto tanto con la alta política norteamericana que hasta la administración Obama le ofreció un puesto en 2009. Él se negó. Porque es el maldito doctor Sanjay Gupta, que es listo y también está de buen ver.

Gupta ha escrito la novela que inspira el piloto y también produce y asiste en la serie. Con lo cual, en cuanto a realismo, MM puede presumir de ser de las aventajadas de la clase. Y es que, precisamente, el primer episodio está lleno de clarísimas ambiciones hiperrealistas: hipernitidez e hiperblancura en un hospital que parece esterilizado para la ocasión. De hecho, podría haber sido más visceral si hubiesen obviado esas licencias videocliperas que, aunque chulescas, enturbian la visión final: sin embargo, la mano sangrienta es una imagen de esas que están fabricadas para grabarse en tu mente.

Monday Mornings

La serie tiene gancho, sobre todo por los temas alrededor de los cuales quiere orbitar: el oficio del cirujano es uno de ensayo y error constante. Cada minuto se intenta algo nuevo. ¿Funcionará? Quizás, y sólo quizás, puede ser así. Meterte en un cerebro a ciegas es una odisea y una bonita arrogancia. Me fascina el personaje del actor teatral Keong Sim (visto en Glee), un neurocirujano con nulas habilidades sociales (y con un inglés chapurrero, nivel Patxi López) que arriesga en técnicas. Él triunfa en el intento, pero no todos.

Su trama se acopla maravillosamente a la del doctor Tyler, que tiene la delicada tarea de operar a un adorable niño con un tumor delicado: el final de este caso nos deja la carne de gallina gracias a la interpretación de Molina, que concluye el episodio hablando de los errores humanos, interesantísimo punto sobre el que girar en una serie médica. Errores humanos: lo primero que le dicen a un estudiante de Medicina o, por lo menos, a quien comienza a ejercer de doctor, es que está trabajando con seres humanos. Un zapatero puede giñarla, pero si la fastidia un hombre con un bisturí, la cosa es: ¿qué ocurre? A eso quiere contestarnos Monday Mornings, y sólo por eso merece la pena seguirla.

Los grandes protagonistas de Monday Mornings son las gradas del salón de actos. Alfred Molina se sienta y juzga. El atril de cristal es donde unos tipos con batas se desnudan, y el veredicto es irrevocable: lo vemos en la magnífica secuencia inicial, cuando se juzga David Martin, apodado como 007 (uno de los extraños símiles que tiene este piloto con Anatomía de Grey). Es fantástico ver aplicada la filosofía de las series de tribunales en unos pasillos de hospital: dos géneros fusionados por un equipo que sabe hacer. Y es que ahí está la gracia de esta nueva serie, que es mezcla de talentos (Rhames intimida y, a la vez, cae majo) y de mundos (lo legal con lo médico) y de pastillas, porque sólo así se explican las decisiones que han hecho desde la sala de montaje: flashes blancos, epilepsia y mareos.

Conocemos a David E. Kelley como un Aaron Sorkin a pequeña escala, sin trastornos mentales ni esquizofrenias demasiado idealistas. Él siempre es garantía de trabajo bien hecho y de capacidad para mantener el interés incluso en las cosas más nimias. Él crea personajes excéntricos y ése es su sello de autor. Aquí no faltan, como el mencionado doctor Sung Park o el tiquismiquis individuo de Bill Irving (se nota que ha tenido pasado como payaso). La primera temporada constará de 10 episodios. Para echarle un ojo. 

  • Lo mejor: su guion, la subtrama del niño, la del médico negligente. Alfred Molina y Keong Sim.
  • Lo peor: el supuesto personaje principal parece puesto por el ayuntamiento. Se llama Tyler Wilson. ¿Querían a una cara bonita para alegrar el cartel o es que en el primer episodio se centraron más en establecer los tonos de lo que puede ser una gran serie? También su montaje, loco, demasiado sabedor de sí mismo; aun así, el plano de la mano sangrienta es genial genial. Su banda sonora, por otro lado, tiene de todo.


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