Peleas de chicas en True Blood

La forma en que empieza lo nuevo de True Blood no deja a lugar a dudas: puede haber pasado un año en los páramos de Bon Temps, para los protagonistas y para nosotros, espectadores en perestroika, pero todo sigue igual en la pantanosa percepción que tiene Alan Ball de lo que es ser vampiro en el siglo XXI y, aún más importante, en la megalómana HBO, hogar donde los excesos nacen de la impura licencia. She’s Not There no es sólo un anticlimático bang para la cuarta temporada de este poblado sureño, monstruocéntrico y feo (pues hace mucho que dejó de estar centrado en Sookie y Bill, capítulo uno o dos, me parece); es además, a treinta litros cuadrados por mordisco, una cargante demostración y confirmación –pero sólo tres cuartos, que aún quedan bastantes capítulos– de que jugar a esto, a sexo, a pronombres posesivos y a cuentos de hadas, puede ser una condena y un lastre para el entretenimiento que en sus dos primeras temporadas, fantásticas, se suponía que era esta barbarie de criaturas imposibles. Lanzo esta pregunta, que responderemos juntos de cara a la season finale: ¿cuándo, a ver, se convierte el hedonismo en absurdo y el absurdo en gilipollez simplista? ¿Es un divertido acierto que se represente el mundo de las hadas, cuatro palabras que nunca creímos tener que leer hablando en plata (y de tele), igual que si se mostraría en una obra teatral de quinto de primaria, donde las manzanas brillan como el culo de las luciérnagas? ¿O es tan sólo humillación sin premeditación?

Todo sigue igual allí, en la lógica de Lousiana, que es a la vez excéntricamente ilógica y demasiado territorial como para que seamos tolerantes así porque así, sonrientes fans que somos ante las orgías equinas que nos deben poner tontos: She’s Not There y You Smell Like Dinner son un reencuentro un año después. Y esto, que se podría haber pulido a lo bestia, no sólo echando mano de un uniforme y una perilla fea, porque hay un nuevo sheriff en la ciudad y nos importa un carajo, es solamente una transacción más para introducirnos a la brujería… y a poco más. Un loro muerto, perrear patéticamente en el Fangtasia y terapia de grupo. ¿Qué temas quiere hilar True Blood en su cuarto año? Poquísimas pistas (a mí qué me cuentas). Porque el 4×01 es un extraño repiloto que alguien ha pilotado con más torpeza que genio, una mera presentación secuencial de viejos conocidos: Sookie se va quince minutos y se dice que todo ha cambiado. No hay tanto nuevo que ver, pero los golpes contra la pared son los de siempre y estamos a poco de empezar a confundir el chichón con la frente. ¿Una season premiere? No, otro remix más. Otro. Con huevos revueltos… ¡y hadas madrinas!

Pero hablemos brevemente de lo más destacable, que no todo es horrible en la lobotomizada cabeza del creador Alan (conformista en sus barbaridades). Hoyt y Jessica, lo mejor de la serie, tienen una gran escena en la que nos enseñan las dificultades de convivir como vampiresa lasciva y camisa de rayas, y ese pequeño drama sobre debemos-estar-juntos es un puntazo que podría desarrollarse maravillosamente; Lafayette sigue aburriendo, pero de lo lindo, y uno piensa que si la prolífica Charlaine Harris acabó con su personaje en un pestañeo y un suspiro fue por algo. Su nueva cresta no apoya para nada a sus defensores, y su escepticismo para con la brujería, después de todo lo que ha vivido y del mundo en el que, de hecho, está viviendo, nos aburre y nos dan ganas de decirle, pelmazo, tráenos un combinado. Menos mal que enlazamos su subtrama con Bill, que sorprende al final del capítulo revelándosenos como Rey, con orgullo, satisfacción y pose chulesca. Y esto, en mi férrea posición como activista del Team Bill desde aquella mítica paliza, no es sólo algo que aleja de la ecuación su derekshepherdismo (tibia condición médica que refiere hiperdependencia masculina borderline por la chica de al lado), también un nuevo matiz que nos hará querer más al tipo.

Y ahora que está de actualidad, creo que la comparación no es gratuita: True Blood es Transformers. Alan Ball es Michael Bay, aunque cambiemos persecuciones por muertes: ambos abusan de ellas, sí. Y todavía más: ambos reciclan. El de los esteroides de manera literal y sólo un poquitín ecológica, porque cabe recordar que destruye el mundo cada dos años, y el de la funeraria de zombies lo hace con la gran sutilidad argumental del milenio, porque hay algo chirriante en el estreno de la nueva temporada, que es déjà vu del malo y del descarado. Es que con cada nueva aparición anual sabe cómo jodefastidiar a su Tara con las historias más demacradas y agilipolladas, y es increíble, porque ahora es lesbiana y luchadora de wrestling, y para el barro poco le falta (porque ha sufrido, eh). Y más seriamente, el sentimiento de cansancio argumental que está en el aire: y eso que hay muchas muchísimas novelas de las que beber y saciarse. Ball parece querer lo mismo que Bay, sólo que el segundo tiene más recursos y más gasolina –pero peor publicity. Es un punto común en sus más recientes libros de estilo. Ambas sagas quieren más, mejor, mucho más, y la mala esperanza, tonta expectativa, de que esto lleva a mucho mejor. Quieren exceso, visto esto como algo bueno, algo que haga que sus seguidores den palmadas, reboten en el asiento y babeen por la cuchipanda de Northam, tío rubio, mazas y nórdico, que vamos, que lo tiene todo (menos a la Pataky, pero se le hace un favor). Las palomitas y el papel higiénico, por descontado.

Pero sabéis qué, no digo que el exceso sea malo: es genial. Somos hijos del exceso. Pero las contraindicaciones surgen en el mismo momento, que parece que es ya, en que el exceso se convierte en excesivo, y nos metemos en una espiral psicotrópica, paradójica y donde esa persecución de hadas maquilladas, con la fotografía grisácea con el ansia de marcar, se parece más a uno de esos geniales capítulos de Digimon con las ruedas negras y todo ese rollo que a una secuencia visceral de un drama mayúsculo de HBO, la que hace Juego de Tronos, Entourage, The Wire y Los Soprano. La que hace maravillas, que ahora va y hace el sinsentido que se programará en la Noche de los Tiempos en sesión doble con Ácaros, fantástica basura de Paco León que nos perseguirá hasta el lecho de nuestra Muerte.

She’s Not There, completo arranque de la cuarta temporada, puede calificarse como lo que la gente que sabe llama correcto. Vale. Nada más, y es que no aburre –pero sí que deja un poquitín indiferente a nivel narrativo, pero no a nivel reflexivo: porque lo peor de todo es que nos hace formularnos la pregunta que toda serie debería evitar como ese político que mientras gobierna lucha, a la par, por la reelección. ¿En qué punto hace la mezcolanza de temas, tramas, personajes principales, secundarios, metaterciarios; lo barbitúrico de sus locuras, gilipolleces y absurdeces sobrenaturales; que True Blood se convierta en una comedia/drama/aventuras inaguantable de ver? Insoportable, horrible, cansino. ¿Cuándo deja de ser entretenimiento y pasa a saturación burda? ¿Cuándo nos dejamos de creer a Sookie, y el hecho de que la deseen los dos contrapuntos más sexys del universo kitsch del señor Ball? Ya hacemos mucho visto bueno cuando nos ponen peleas de chicas tremendamente mal justificadas (o sin estarlo, así de sencillo), pero siempre que no den pie a un beso lésbico por el amor de la HBO y su gracia y señoría. Eso ya no.


Categorías: Opinión True Blood Etiquetas: , , , , , ,
¡Únete a nuestra comunidad!

Déjanos tu comentario »