Off the Map: Delante de la selva y del sudor

Mamá Shonda deja la lluvia y el sol y se queda con los monzones de “algún lugar de Sudamérica”, una concreción que pasma y que deja ver por dónde irán los tiros. Vistos los primeros siete episodios del nuevo país de Shondaland, el ególatra nombre hiperventriculado de una productora con sello propio que ya va a por una cuarta y quinta serie (olé), podemos decir lo siguiente: que lo de esta señora es fabricar sueños, grandes sueños que no tienen ni forma de nubes, ni del Origen de Nolan ni esas utópicas ideas hollywoodienses que cambian el mundo, y tampoco es el motor de jóvenes promesas que vienen en barco desde Kansas y del ultramar. Porque me atrevo a corroborrar que los sueños que moldea la tierra de Shonda Rhimes, con la juvenil ambición en Anatomía de Grey y las segundas oportunidades de Private Practice como principal baza, son los más primarios y más maravillosos, tus poluciones nocturnas, los más desesperados anhelos en medio de la noche. Rhimes pone los ladrillos del mundo soñadísimo e irreal del ser humano de los flacos, es decir, de esa larga cifra de números que conforman todo el puñetero mundo. Y si Off the Map es todas esas cosas drásticas y trascendentales, esas cosas que en el subconsciente queremos y no podemos, ¿por qué todo el mundo la odia?

El Oceanside Wellness de Sin Cita Previa está lleno de dramones de vida o muerte y de esto está bien y esto está mal, y a pesar de que languidezca en varios puntos de su actual temporada, su temática es algo que siempre he adorado. Eso, y sus colores cálidos, su paz, su rollo zen y todo lo que significa Addison Montgomery, este jódelo cuantas veces quieras que futuro va a seguir habiendo y podrás volver a intentarlo. El éxito del personaje tiene las mismas raíces que el aplastante de Come reza ama, pero antes de la incursión Ikea de Ryan Murphy. Es una idea frívola, cero factible y de ilusos marginales, pero atrae como el Diablo.

Quién va a poder, decidme, si las cosas están como están, coger el descapotable rojo de Michael J. Fox en Doc Hollywood y marcharse a la playa de una Santa Mónica bucólico-pastoril con la única pretensión de leer libros baratos en una hamaca y empezar de cero, tener una vida ideal y beber mojitos. Después no pasa nada de eso, cuatro temporadas después, ya (vivan los conflictos), pero la intención es lo que cuenta: vaya sueño más bueno.

Charlie, lo mejor de la serieCharlie, lo mejor de la serie

En Lejos de todo, que es como se titula OTM para su estreno en Sony el próximo 21 de marzo, es muy similar, casi igual. Cumplamos nuestros sueños húmedos y comámonos el mundo. Fuera viejos demonios. Adiós, plastics. Adiós, niños muertos. Ahora decimos, descendamos un poco más con el dedo el mapa y bajemos allá a la jungla, la parte outlaw de la gran América con gente pobre, carros e ignorancia. El piloto se titula Saved by the Great White Hope, que se puede entender bien como un momento de iluminación para Brenner, Mina y Tommy, la triada capitolina que protagoniza la recién nacida, o como un ataque patriótico que viene a contarnos que los blancos salvan a los morenitos que dicen 'loca' y 'siesta' como gigantesca herencia idiomática. En este pequeño punto, dejadme señalar, es donde el colectivo latino que se ha bajado la serie con nariz curiosa ha cogido y ha desenfundado la metralleta o, según la creadora Jenna Bans, el machete con el que se pelan gallinas y ladrillos de heroína: con dos coujones.

Pero a mí, y me parece que soy el único, eso me da igual. Es su gran dote. Los guionistas norteamericanos curan de espanto a cualquiera con su suave manaza antropocentrista, y el tópico hispano está, personalmente, superado. Sobre todo después de ver cómo empezaba Undercovers. Y como soy quisquilloso lo que sí que me chirria es, a veces, la digitalizada fotografía de la serie, los planos calcaditos a Lost (en Es un milagro, 1×07, esa expedición donde uno ojeaba a ver dónde estará Sayid) y el pecado capital: que sus personajes no interesan. Pero nada. Ni el tío bueno de Keeton, que es una nebulosa de desinterés. Y con eso tampoco hay mucha exigencia, porque como he dicho los sueños son húmedos y el rollo humanitario, entre palmeras que no son de chocolate y con nociones propias de un Bear Grylls sin asistentes, es demasiado atractivo como para alejarse de ella de primeras, decir floja y no tener esperanza. Le doy los trece episodios que componen su primera temporada, y cuando acaben ya seré capaz de decir si debería ser cancelada, como dicen las estrellas.

Todos tus pretendientes tendrán una enorme plantación de cocaTodos tus pretendientes tendrán una enorme plantación de coca

“Algún lugar de Sudamérica” no es Colombia, Venezuela o Paraguay, ni tampoco es personajes que cundan una presencia todavía por explicar o casos que vayan más allá del este señor es un nazi y hay que castigarlo. Falta concreción, sobra ambigüedad, aunque la ambigüedad mole, pero faltan las pinceladas que también se echaron en falta en la primigenia Private Practice, que sin embargo logró superar tras una breve (e indefinible) e indefinida primera etapa. Se ve un poco de esfuerzo, se nota a Zach Gilford post-luces del viernes noche, y a Mamie Gumer queriendo ser Mamie Gumer y no la hija de la Streep, regalándose escenas duras y un personaje que quiere ser Cristina Yang de rubia pero con misma cara de mala ostia. Y tenemos a Ryan, y a Charlie. Con ellos dos basta para aguantar más. Démosle tiempo, os propongo, dejémosla crecer. Si la mano negra y los tres monos que la ven no acaban con ella. Que ya nos sabemos eso de que en la selva todo estado es crítico…


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