No hay tipos buenos en Hispania

Esto lo digo con el mismo tono del padre ejecutivo que ve cómo su hija choni y polichoni cambia el chándal por cualquier otra cosa que le cubra sus piernas quinceañeras y limite su área de persuasión en miles de kilómetros. Y esto lo digo con el tono orgulloso de un espectador que es como vosotros y que durante, digamos, siempre, se ha llevado las manos a la cabeza cuando ha encendido la tele aquí, en España, o quizás debería decir: Hispania. Porque la serie de Antena 3, cadena que lleva seis meses de limpieza general y redención absoluta, lo cual es, efectivamente, una absoluta delicia, es el reflejo más comercial de que han cambiado las reglas del juego. Telecinco es la hija choni y no quiere dejar de serlo, respetemos su demagogia, así que por sencillo vamos a mirar al lado opuesto y generalizar: nuestra televisión es digna de los tiempos que corren. Ha cogido carrerilla y da gusto. Porque ya no vale, mierda económica y 15M aparte, chochear y exclamar que Franco nos daba más embalses que Zapatero o que esto con Sauron no pasaba. Nuestra televisión es de calidad. No es BBC. Vale: pero es Antena 3, es TVE, es Cuatro, aunque esté dominada por los orcos, y es La Sexta. Es muchas cosas y muchas son muy buenas. E Hispania, con romanos y extremeños, es un estandarte ejemplar de las intenciones de la ficción actual dentro de las fronteras. Hablemos de ella, a falta de degustar otras maravillas redichas como Gran Reserva.

Hispania es una Leyenda más allá del título. Lo es, obviamente, porque tiene el poder, y es un buen poder, de modular, cambiar, violar y matar, esto literalmente y con el mal vicio que entra dentro de la herencia Spartacus. Modula, cambia, viola y mata a la Historia (brumosa ya de primeras por ese factor leyenda) del siglo que transcurrió antes del nacimiento de Chechu, cuando los romanos invadieron la zona patria, cuando aniquilaban mientras comían jabalíes y bebían cerveza y cuando tuvo lugar lo que sí se corrobora como la Matanza de Galba, al que da vida con una espectacularidad de cuento Lluís Homar, un diamante de la actuación que es, vaya si lo es, la ostia puñetera.

Y como comento, es una leyenda dentro de nuestro panorama televisivo porque rompe esquemas en todas las zonas de acción: una fotografía, una música, sobre todo su música, una ambientación, un montaje y un montón de cosas que no le interesan a nadie y que son maravillas dentro del gremio, alzando con mucho genio lo que son los resultados finales. Sin esta brillante alineación esta serie perdería calidad a chorros, pero quien quiera que esté empleado en estas técnicas tiene, por lo menos, mi más sincera enhorabuena. Esto no se encuentra normalmente, ni siquiera en el Divino Cielo de la Ficción USA, así que tiene mérito. Lo tiene.

Los errores de su primera temporada, que giraban alrededor del mayor hoyo de nuestra televisión, ese mantra de “pasa todo, no cambia nada,” se está arreglando a pasitos de bebé desde que comenzaron los nuevos capítulos, y podemos decir que en cada capítulo arriesgan y empiezan a definir los carácteres en gris –en contraposición al molesto blanco y negro de su primera tanda: hispanos buenos pero jodidos, romanos malísimos pero indemnes– de ambos bandos. No hay tipos buenos en Hispania, pero no sólo hay tipos malos en el campamento de Galba, como bien está haciendo el fichaje de Fabio, encantador hijastro de Homar. Roberto Enríquez valoraba que lo que más le gusta de su personaje, el mítico Viriato, que lo mismo nos da si es portugués o toledano, es que se supone que es un héroe pero sus decisiones dan a entender que es sólo un pastor, eso es, que lucha por intereses propios y no es un cielo, precisamente. Que comente errores a sabiendas, y la nobleza sólo se convierte en una mínima parte de él. Eso también tiene mérito en una ficción, la nuestra, que siempre había apostado por la blancura.

Hispania es símbolo de evolución, incluso los últimos capítulos de la malograda Física o Química lo eran, aunque optasen por copiar la misma táctica de Anatomía de Grey para limpiarse las manos con sangre y renovarse (es decir, bang). Seguiremos teniendo cosas extrañas como Los Quién, pero también tenemos El Barco, realizada con ambición y encanto y con pocas cosas que recriminar: hay también buena realización y mejores intenciones. Y aunque a veces nos surja un Ácaros con Paco León, la televisión cani nos da sorpresas y demuestra que puede ir a más. Gracias. Hacía falta.


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