Nashville: el satélite es la estrella

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Los que no hayan visto Nashville (ABC), pobres ellos, creerán que estamos ante una serie sobre dos estrellas de la música country: una egocéntrica, malcriada y creciente, Juliette Barnes (Hayden Panettiere); y otra menguante, guerrera y madura, Rayna James (Connie Britton). Apoyarán esa concepción en los carteles promocionales de la serie, en los que ABC siempre enfrentó a las dos divas (otro ejemplo, aquí). Incluso viendo la foto promocional de grupo, que tan cuidada estaba y tan significativa era en series como Lost o Battlestar Galactica, uno podría llegar a la conclusión de que el tercer elemento de esta ciudad musical es su alcalde Teddy Conrad, que también es el marido de Rayna y que parece estar en medio de la lucha de egos entre Rayna y Juliette. Pero sólo cuando sigues religiosamente Nashville cada semana sabes que las dos estrellas del country quedan eclipsadas por un satélite tan sereno como carismático: Deacon Claybourne (Charles Esten).

Los anglófonos tienen las mejores palabras para definir qué ha pasado exactamente en Nashville: Deacon Claybourne steal the show. La traducción más acertada sería decir que Deacon “es la sensación”, pero eso es quedarse muy corto. Deacon Claybourne se ha hecho con la serie a pesar de que los guionistas sigan creando tramas mucho menos adictivas para personajes mucho menos interesantes (cough, Teddy, cough, Avery, cough) que el guitarrista y cantautor más molón de Nashville. Qué narices, ¡del tipo más molón de USA! Además, y esto es lo mejor, Deacon lo ha conseguido sin ser ese “chico malo” que vuelve locas a las tías y que cae bien a los tíos. Sin ser un estereotipo, vamos. ¿Sabéis lo difícil que es eso?

Guitarrista cuarentón, la canción de la vida de Deacon tiene acordes nostálgicos, ritmo frenético y menciones constantes al fracaso. Si el hombre es el único ser que tropieza dos veces con la misma piedra, Deacon ha ido chocando durante dos décadas contra una roca colosal de melena pelirroja. Rayna James es la kriptonita del señor Claybourne, el final de todas sus historias. Es la habitación de hotel desordenada, la botella de whisky vacía y los pétalos de margarita en el suelo. Deacon fracasó en su romance con Rayna… y lo volverá a hacer. Porque Rayna sigue ahí. Nunca se ha ido. Ni ella quiso, ni él pudo. A pesar de que un matrimonio y dos hijas le invitaran a dar carpetazo, Deacon prefirió agarrarse a ese clavo ardiendo que es la esperanza. Y el amor, claro. Deacon es un romántico porque es capaz de renunciar a su vida por coherencia con sus sentimientos y un héroe por no largarse de Nashville y comprar entradas en primera fila para ver el paripé del matrimonio de Rayna y Teddy. Sí, también es un poco masoquista, ¿pero quién no lo ha sido alguna vez por amor?

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Deacon mola a pesar de que ha saboreado la derrota en los retos más importantes de su vida. O igual sería mejor decir que ha renunciado a algunos… o que sigue luchando por ellos. En cualquier caso, la suya no es la historia de un músico de éxito. Sigue viviendo en Nashville en una casa modesta. Solo. Y de su pasado, lo que más veces nos han repetido es que tuvo un romance con el alcohol que casi le cuesta la vida. No, Deacon no nos mola porque nos dé envidia lo que tiene, sino por todo a lo que ha renunciado por Rayna. Podría estar de gira con alguna banda que lo peta en ventas -de hecho lo está en algún momento de la temporada- en hoteles de cinco estrellas, de flor en flor (o de periodista golfa en veterinaria encantadora), pero está tocando en el bar de Nashville en el que un día enamoró a Rayna. Deacon siempre vuelve a Nashville. Porque Nashville significa Rayna James.

Deacon Claybourne mola porque, como una verdadera estrella de rock, es capaz de destrozar su guitarra en una habitación de hotel después de haber bebido litros y litros de whisky… sólo que Deacon hace añicos la guitarra en su propia casa y tras una sobredosis de limonada. ¿Mola o no? Claro que sí, como también mola cuando se queda con su perro en brazos y suspira pensando… “qué jodida es mi vida”. O cuando le dice a Juliette que Dante es un capullo… y el tiempo le da la razón. O cuando se lleva a Gunnar de ese bar en el que seguramente le abrieron la cara en el pasado y en el que se habrían comido al joven guitarrista con patatas. O cuando se sube al avión de la gira de Rayna y Juliette y cuando Miss James le pregunta si viene para sustituir a Liam, Deacon responde que no está ahí por ella, sino por Juliette. Y entonces se sienta y se pone las gafas de sol. Porque sí, Deacon mola. Mola mucho más que tú y que yo. Y más que las dos estrellas a las que siempre apuntan los focos de la serie…


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