Mad Men & Weeds: Imágenes idílicas

Los barrios residenciales al american way of life y sus tenues buenos días no descansan ni cuando una crisis, que suele significar apartamentos en alquiler y pluriempleo, azota la América de Somos Todos. Jardines verde fosforito e implacables amas de casa son comunes estos días en la tele yanqui, sobre todo en el cable, y ha coincidido el final de mi visionado de la primera temporada de Mad Men con una impensable adicción a la Virgen María que es Mary-Louise Parker y familia en Weeds. Mucha luz, mucha falsa apariencia y muchas cajas de cartón-piedra, tantas que quizás se me ha nublado la vista con tanta buena televisión. ¿Tiene algo en común la vida suburbial en los años sesenta del siglo pasado con la de la actualidad? Claro que sí. Porque nada, absolutamente nada, ha cambiado. Salvo la laca.

Me ha costado lo suyo acabar la primera temporada de Mad Men, tras ver el piloto a finales del año pasado. Pero no ha sido precisamente por falta de entusiasmo: Manhattan, humo y alcohol, trajes, gomina y política. Un sitio de ensueño, haría falta más, que me conquistó desde el primer minuto. La lejanía que muestra Don Draper, su ambigüedad, la patética ambición de Peter Campbell y el encanto de la pardilla de Peggy, una ilusa en un mundo cínico. Todas las apariciones de la señorita Olsen mejoran una serie que no pierde ni una mota de brillo, ahí en el cristal, desde el apartado técnico hasta la puesta en escena, pasando por un guión lleno de sutilezas. Serie gafapasta cien por cien, y de la que no añadiré más a nivel general, simplemente porque, si ya parezco retarded al comentarla con tanto retraso, se ha dicho todo de ella. Lo que se muestra en pantalla y lo que no, el icono sexual que supone Joan Holloway y el triste destino, el viril por contrato, que le aguarda al gran Jon Hamm. Pobre.

Por eso, me ceñiré a algo: sus mujeres. Las malditas mujeres locas de Matthew Weiner, que con razón no salen de una ceremonia sin un galardón en la mano. Son impredecibles, son asombrosas y hasta la más lerda tiene un atractivo que sólo su intérprete, una muy profesional Elizabeth Moss, sabe aplicar. Así que, si de la misma forma creía (y de algún modo, sigo creyendo) que Breaking Bad es una sitcom de media hora, tenía una imagen preconcebida, y muy errónea, de Mad Men. Peggy, como secretaria cliché, se acostaría con Don, un cabronazo amable; y Betty no tendría esa personalidad de buena esposa. Mi juicio también se dirigía al protagonismo de Joan quien, al menos en su primer año, no ha tenido tanta presencia como pensaba, salvo en los planos detalle de vestidos apretados, al final limitándose a breves apariciones. Acusan a Mad Men de serie machista. No creo eso: si la miramos desde cierto punto, y poniéndonos en plan Ministerio de Igualdad qué guays que somos, podríamos describirla hasta como una celebración de la mujer en esos tiempos de pantalones. Peggy se abre camino, Holloway es el poder en la sombra (su manera de controlar a Sterling como si fuera una marioneta) y la bellísima Betty Draper lucha por salir de esa caja en la que está metida, de esas veinticuatro horas, eternas, que sólo le otorgan vacío. A veces va al supermercado, a veces, casi por protocolo, es la esposa detrás del marido en cenas públicas, pero su prisión de conformismo y rutina, en el que acaba desembocando el Sueño Americano (Revolutionary Road), la está matando, ya sea con tembleques en sus manos o sueños eróticos con el tipo del aire acondicionado.

WeedsWeeds

Nancy Botwin, mujer bien, madre y viuda de Jeffrey Dean Morgan, se pone a vender marihuana. Una alternativa a seguir regando plantas, legales, y sonriendo por recomendación de Profident. La intro de Weeds, al menos la de las tres primeras temporadas que me llevo comiendo en apenas dos semanas, es cruel. Muy cruel, diría yo, llena de mucha caña, gracias a esa canción, Little Boxes, que ingresó desde el primer segundo en los anales de las melodías televisivas. Se ríe en la cara de lo antes mencionado, los barrios suburbiales que tan a caldo puso Mujeres Desesperadas en su día, cuando aún era original y a rebosar de mala leche. Eso de que detrás de cada puerta hay otra, pero llena de termitas, lo lleva Weeds a la perfección. Los vecinos de Agrestic, unos drogadictos absurdos y sin moral, son una gran demostración. Celia Hodes es una zorra encantadora, y gente de buenos trabajos y aparente buen ver escondes esqueletos putrefactos en sus armarios.

Lejos de ser perfecta, la serie de Showtime no sabe ocultar sus defectos, sobre todo visibles en sus primeros pasos (personajes que desaparecen, las insulsas y primeras apariciones de Heylia, que parecía, literalmente, la madre del Profesor Chiflado de Eddie Murphy), pero se intenta lucir con tramas originales y pocas veces vistas. Y engancha endiabladamente. Fuese su intención o no, el retrato de la familia que ofrece Weeds es como una droga. Shane es un psicobaby perturbado, y por lo que sé de las siguientes temporadas, el chico no se va a esforzar mucho en quitarse el apelativo. Silas es el adolescente estándar, a veces lo menos interesante de cada capítulo, y el tío Andy lleva la palabra inventada caradurismo a un nuevo nivel. Un genio.

Pequeñas cajas por las colinas, pequeñas cajas hechas de cartón-piedra. Todas iguales: hay una verde, una rosa, una azul y una amarilla. La gente de las casas va a la universidad, donde son puestos en cajas y salen convertidos en lo mismo. Y hay doctores, abogados y hombres de negocios. Y todos ellos lucen igual.


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