La última Taransición

La pasada noche, hora hamburgUSA, se emitía la season finale de United States of Tara. Se titula amablemente The Good Parts y es también su series finale desde que Showtime echase una de cal y otra de arena con la renovación de la enfermera Jackie, algo sinsorgo y de mal gusto, y con la abrumadora decisión de que el descenso de audiencias de la serie de Toni Collette es sinónimo de, irremediablemente y oídos sordos a la #acampadaensol que quisieron ser muchas campañas virales de sus fans, final para y por siempre jamás; no más personalidades, no más Marshall, no más Max. Los Gregson no van a volver, y es curioso cómo la madre disociada vuelve una vez más a ser premonitoria en su drástico tercer año: no sólo adelantaron el momentum de Japón, plasmado en la vaga subtrama de Kate, también están luciéndose con una asombrosa historia que es como un réquiem, un disparo a fuego cocido y algo que se está volviendo incómodo, dramático y espectacular de cara a un inevitable final de todas las cosas. Yo, por lo menos, lo estoy disfrutando con una inusitada predisposición después de pasarme media temporada con cara de póker. Ahora, en cambio, aplaudo mentalmente. Todas las piezas encajan y, como un todo, los doce episodios, su última Taransición en Overland Park, son algo digno de estudio. Extrañamente disfrutable.

Los alters siempre me dieron un poco de igual, comento ahora, entre nosotros, en este último y corto adiós –apenas nos dieron tiempo para despedidas. Porque seamos sinceros, parte uno: a mí, T, Alice, Pollito y todos los demás lo mismo me daban más allá del gozo que es la interpretación de mamá Collette (Bryce es su tesis doctoral), que ha aprovechado los daños colaterales de los daños colletterales de su enfermedad para tener una segunda juventud en la gran pantalla; que este verano llega el remake de Fright Night, y la mujer seguro que aporta nuevas confituras al redomado papel de la madre incrédula del crédulo chaval principal (Anton Yelchin, que en alguna parte tenía que meterle después de dejarse ver como lo mejor de El Castor). Eso lo quiero ver.

Pero a lo que iba: United States of Tara tiene de interesante no sólo el tono, el dibujo de los protagonistas y el talento de sus dispares actores. Tiene de genial su dinámica y de qué va la cosa después de que la enfermedad surja en casa con forma de veterano de guerra y cervecero, de ama de casa o de hermano prepúber y, cojones, puto psicópata. De ahí que disfrute de episodios como el penúltimo, Crunchy Ice, que nos devolvió varias cosas que parecían perdidas. Donde se ven cuáles son las prioridades, los aciertos. Donde todos sus minutos tienen algo que decir y algo que mostrar.

La dinámica entre Keir Gilchrist y Brie Larson, que parecía perdida, se recupera en una escena emotiva, graciosa y sin vergüenza, con calado y con profundidad. Como en Weeds, la piedad se deja atrás si no es en detrimento de la historia, que pocas veces lo es, y todo encaja. El todoterreno empezó con el final del episodio siete, después de algo que he comentado: no saber muy bien adónde íbamos y sólo abstraernos de dudar si estamos viendo lo que queremos ver con fichajes de aúpa como Eddie Izzard o incursiones como la de la madre de Max, la siempre incómoda y turbia de ver (para nosotros) Frances McDormand y todo eso de Navidad todos los días.

Y Marshall, gran Marshall, brillante Marshall, que tras estar en un increíble segundo plano durante la primera parte del año, va y se hace con uno de los momentos más fuertes de toda la serie, comiéndose todo el protagonismo gracias a ese descarrilamiento, literal y poético, y gramaticalmente flexible, y conseguirse un material interpretativo que muchos querrían. Por ahí dicen que Gilchrist es un actor penoso, pero uno piensa que Gilchrist, aparte de ser un apellido impronunciable, es Marshall Gregson. Incluso en It’s Kind of a Funny Story (Anna Boden y Ryan Fleck, 2010), con un papel muy diferenciado, vemos destellos genéticos de su gourmet que le convierten en un carácter televisivo de libros antológicos.

Pese a mi encaprichamiento personal e intransferible con Kate no puedo negar que su personaje, una versión rubia y post-adolescente de su tía Charmaine, no ha dejado de dar vueltas. Ser camarera del mejor restaurante familiar ficticio, que yo quiero ese jabón, y ser espejo de la luz de bohemia de Viola Davis en otros tiempos están muy por encima de su faceta de azafata y novia de un tipo curioso con un hijo que se llama Monty. Lo que nos quiere decir su evolución, sin embargo, lo vale todo y sirve para apreciar mejor el camino que se ha querido tomar para el gran conflicto que todos han atestiguado: ¿es posible vivir una vida con Tara?

¿Es posible hacerlo sin ella? Si es posible no verse tragados por algo que ya todos sus familiares sentencian como una enfermedad peligrosa. Si es posible poder no girar alrededor suyo. La respuesta es fácil, pero es difícil admitirlo y dejarlo atrás. Ella lo sabe. Los últimos capítulos de United States of Tara nutriéndose de esta reflexión me parecen perfectos y muy poderosos por lo asombroso que es verlo y sufrirlo como espectador. Porque qué pasa cuando reaparece esa otra personalidad, esa cuya menor fechoría es juguetear con el marisco. Qué pasa cuando deja de ser un juego de rol(es) y cuando el DID se anuncia como una enfermedad de las serias. ¿Qué pasa? ¿Qué coño haces, te tiras por un puente?

El grupo Forest City Lovers acompasa los últimos segundos del penúltimo capítulo de la serie con un cliff hanger efectista pero efectivo, porque de eso se trata, y su canción Oh Come Away/Sea to Land es memorable y apropiada: pongámonos ahora en un lugar seguro. The Good Parts se emitió anoche y, como en la vida y como en el cine, las buenas partes no siempre tienen que terminar bien.


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