La ley de Harry y el orden de Alicia

Alicia Florrick y Harriet Korn. Como si tuvieran algo que ver: una es alta, esbelta y educada y es los tacones más visibles de The Good Wife, la serie que ha revolucionado la televisión esta temporada (confirmando que es, así sin más, grande, inteligente y osada) y es un universo en sí. La otra, que tiene la cara malhumorada de la divertida Kathy Bates, es vieja, pequeñaja y un cúmulo de mala leche de la ostia. Anda como una abuelita entrañable, porque en el fondo lo es, y suelta cual tiburona, cosa que a primera vista es, discursos brillantísimos sobre el panorama estadounidense acerca de todo lo que en la sociedad, en la justicia y en la vida deba ponerse a parir. Harry’s Law es la última invención del espabilado charlatán David E. Kelley (post Ally McBeal, post Boston Legal), una caña de señor al que evidentemente le tiran Sus Señorías los Procedimentales de Abogacía y que, sin cambiar el estilo que tan bien ha refinado, consigue con esta serie nóvel el otro logro en el que triunfa la mujer Florrick: demostrar que la televisión de las networks no se limita a los no-brainers y que puede ser arriesgada, inteligente y apabullante para el espectador inconformista: son series que hay que ver.

Si me pongo a hablar abiertamente de The Good Wife y de, por ejemplo, sus logros esta segunda temporada, a todas miras perfecta desde su primera momento, o a alabar y envidiar su arte de contar historias, atronador, o a observar su precisa dirección de actores y, con mucho, actrices, o si me pongo a enumerar todos sus aciertos y sus dotes, que dividen a tres mil su casi total falta de errores, sé que se me va a ir la olla, a gritar que me quiero casar con la Juliana. Así que opto mejor por enlazaros esta entrada más cabal del peculiar David Pastrana en ¡Vaya Tele!, donde utiliza las mismas palabras que yo usaría y lo resume maravillosamente. Los entramados de Lockhart & Gardner han sido “éxtasis televisivo en estado puro,” una auténtica pasada, una delicia. Y si la propia serie es, a veces, dentro de ella misma, un homenaje a los propios fans, The Good Wife de manera genérica es un regalo para cualquiera que desee sentarse en su sofá, silla o cama y quiera obtener un entretenimiento de calidad en su justa cantidad (con un episodio le bastaría para postularse en los premios más celestiales: si el mundo tiene sentido, que también le entreguen el de Mejor Documental por cómo detalla la psicología de una mujer trabajadora en el límite de su quicio).

La elegancia, la sutilidad y lo burdo, el drama y el humor, todo lo que propone la serie de Robert y Michelle King, un excepcional matrimonio de guionistas, es un equilibrio que brilla en todas las esquinas. Lo que yo comentaba en mi primer acercamiento a la serie, hace algo más de un año, no puedo sino reafirmarlo y, demonios, celebrarlo invitándoos a verla ya, y dejando caer que su edición en DVD, veintidós magníficos episodios novatos (desde hace meses merodeando por las tiendas), es un producto a la altura de lo que contiene: la buena esposa no es sólo una buena serie, es la mejor serie de televisión que tenemos ahora mismo. Mad Men, a su lado, es una parvulachada.

En sus dos primeras temporadas ha demostrado que se puede ser clásica y también más moderna que la tía Propulsa, y que bajo unas formas que recuerdan al Ala Oeste de Aaron Sorkin para bien no, para mejor, se esconde algo en lo que despunta, como ya he dicho, el mejor Kelley: críticas irónicas. Porque es eso, la ironía, lo que desprenden las criaturitas de Josh Charles y Christine Baransky, grandísima, y los vistazos fugaces a la actualidad. De hecho, el factor con el que arranca la serie se basa en aquel escándalo del alcalde de Nueva York, y una profundización en cuál es la historia de la mujer que se queda al lado del corrupto. “¿Qué pasa cuando las cámaras se apagan?,” se preguntaron los King, y la respuesta es lo que sigue a la primera secuencia del piloto, y con tanta bestialidad se (re)flexiona en la última parte de su segundo año.

Los casos legales ametrallan toda una serie de realidades que se dejan caer en los telediarios de todos los días. En cultura, en política, en suceso. Cualquier titular es susceptible de ser llevado a juicio. Los disidentes chinos, por ejemplo, donde tuvo su qué decir un Ken Leung más canas que nunca, y cuya trama acabó tornándose en lo de siempre: sexo. O la coña a Mark Zuckerberg y la controversia de una especie de mockbuster metacinematográfico de la Red Social de Fincher, con la pulla al mencionado Sorkin y sus vicios incluida. Pero hay más: si acusan a la CBS de esquivar la homosexualidad, su Good Wife mete a un hermano gay para Alicia que se convierte en toda una revelación.

Como decía, por fin una serie que no va sobre islas o científicos que logra estimular con un buen hacer, una inteligencia próspera y un cariño asombroso por lo que se hace, que es al final lo que más importa. Creérselo. Todo son detalles. El mundo idealizado en el que se desarrolla todo, este Chicago imposible de muebles de madera y trajes caros. Todo está en su sitio. Todo está planeado. Y este todo es un éxito ‘multisensorial.’ Un éxtasis, como apuntaba el chaval Pastrana.

The Good Wife es, así, anormal en todos los sentidos: en forma y en contenido, en hábitos, en actores: todos son asombrosos. Transmiten ambigüedad cuando es necesario, contraindicaciones cuando cunde y empatía en todo momento. Lo es Julianna Margulies, eso es evidente. Y lo es el contraste que denota Chris Noth, contra el cual no nos podemos posicionar. Lo es la premiada Archie Panjabi, a la que han regalado una temporada espectacular. Lo es Alan Cumming. Eh, ese tío es genial. Lo son todos sus invitados (Michael J. Fox, Dennis O’Hare y todos los jueces, estrellas fugaces pero vistosas, in my opinion). Y lo es incluso Graham Philips, pues aunque tanto él como su hermana en la ficción hayan tenido un menor peso este año, siguen siendo los vértices que definen la lucha de Alicia. Capítulos imprescindibles: mi favorito, VIP Treatment, que es como una película, Bad Girls, cachondeo anti-Miley Cyrus y sucedáneos beliebers, Silly Season, Wrongful Termination y cualquiera que corresponda a la intensa recta final: una odisea. Una maravilla.

Harry’s Law no tiene nada que ver con la montaña rusa de los Florrick, y con su propia autodefinición nada que envidiar. Es otra cosa. Porque es marca E. Kelley pura, un nombre compuesto que viene a decir: personajes caricatura, monólogos de socabón, dramas interiores, grandes individuales, situaciones del tipo bizarre. Pero puestos a recomendar y a hablar de libros petetes de Derecho, mantengo que ésta es una de las grandes sorpresas y revelaciones de la mid-season de este 2011. Sólo vi Boston Legal y, cogida con pinzas, a la abogada de Calista Flockhart en los años mozos, pero hace falta un sólo capítulo de cualquiera de las sagas del célebre guionista, incluyendo a la ya añeja El Abogado (en el original, The Practice), para saber lo que tiene bajo la gabardina este hombre, que para el próximo otoño quería cambiar de registro con la adaptación catódica de Wonder Woman. Eso, o esa (la chica en cuestión se llamaba Adrianne Palicki), no gustó y con el wonder bra se quedó, pero eso es otra historia. Mejor que concentre su telepatía en los juzgados, que Harry’s Law, y sólo he podido ver cuatro capítulos, tiene mucho que dar y otro tanto que ofrecer, pero visto lo visto lo tendrá difícil para subsistir. No es sólo un problema de audiencia y que ésta pertenezca, en su mayoría, al rango de edad de las montañas.

Pasa esto, y viene de fábrica: porque si la rapidez en sus diálogos es otra de las cosas a leer en la etiqueta de sus series, lo es también el ir y devenir de su reparto, igual de rápido, en el que los jóvenes no parecen tener cabida. Ahí en la foto veis a los cuatro principales, dos de los cuales, la chica y el del solarium, no seguirán en la segunda temporada por esos rollos contractuales pero pacíficos, y es que el dúo William Shatner/James Spader del gabinete bostoniano ya demostró que sólo los viejos tienen pie firme dentro de su particular jerga legal. Pero oye, yo he visto que Brittany Snow y Aml Ameen, todavía divertidos, son sólo sombras frente a la protagonista y Nathan Corddry, el ex de Brie Larson en la primera de United States of Tara. Dos por los que sencillamente ya vale la pena la extravagante y surrealista ley de Harriet. Yo estoy dentro, porque es una coña de serie y eso se agradece. Echadle un vistazo.

Por lo pronto, se levanta la sesión.


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