La guía gastronómica de Ryan Murphy

Pasado el susto inicial, ¿qué ofrece American Horror Story? Un traje de látex muy resultón, y a uno le entra curiosidad, pero nada más. También ofrece unas pedazo esquizofrenias visuales que son lo mejor de la serie (junto con el susodicho traje de látex negro, apretado y de superhéroe). Más preguntas: como showrunner, ¿cómo puedes ser capaz de llevar tres, cuatro series a la vez, en antena y en la parrilla? Esa pregunta va para Ryan Murphy, y también la podrían interiorizar otros jefazos, como Shonda Rhimes, que en abril se convirtió en un hazmerreír internacional por culpa de Scandal, que ha espantado a Henry Ian Cusick, y que tampoco está mal, pero es risible, y por sobrecarga de trabajo –espero– ha metido la pata hasta el fondo en las finales de sus otras dos series. Porque, si ya es difícil sacar adelante una serie por sí sola, y que ande, qué pintan multiplicándose cual Gremlin mojado; Murphy y Rhimes son de reconocido re-ego, y mientras ambos desarrollan otra más para otoño (él The New Normal, ella una de un hotel), han tenido las manos ocupadas y se nota demasiado. Delegar no lo salva todo, ellos son incapaces, y mientras que The Glee Project demuestra ser más y mejor que la propia Glee, American Horror Story es una parida y una animalada y no sólo no la entiendo, o no me entero de nada, es que es un insulto muy bien hecho y por eso, sobre todo, fastidia el doble.

Ryan Murphy sabe caer bien. Cuando se propone eliminar a un concursante de The Glee Project, adictivo reality que manipula mentes y corazones, da gusto verle aparecer con sus conjuntos y sus gorritos, porque en el fondo es la mezcla real y medio-irlandesa de Kurt Hummel y Rachel Berry, y le oímos hablar con su naturalidad y convicción y se le ve majo (al contrario que lo que nos pasa con Mamá Shonda, que está atrapada, lo sabe, lo sabemos y se sabe). Convénceme de que puedo escribir un personaje para ti en Glee, dice. A continuación, destroza los sueños del adolescente freak con palabras hirientes, pero se lo perdonamos. A él, todo. Poco a poco, tras Popular, Nip/Tuck y Glee, vamos conociendo al señor Murphy y sus manías nos hacen mella. Unas manías muy evidentes hasta rozar la propaganda nazi.

Y ahí anda su problema. Es tan excéntrico y tan constante, en su propia irregularidad, que esa firma suya la extrapola a sus productos hasta las últimas consecuencias. Se autoproclama defensor de los underdogs, y eso es lo que rezará su necrológica y así lo definirán en Informe Semanal un día de esos. Murphy sabe quién es y lo que hace. Está marcado a fuego. Murphy, el guionista y productor, aplica su cura al adolescente-americano-margi con el mismo “mal,” entre comillas, y toda serie suya tiene la casposa marca de agua, el ser raro, una oda al diferente. Se regodea en su lema, y nos ofrece momentos en los que el plumero es tan tan grande y tan cutre que piensas: yo paso de esto. No más. Lo más gracioso es que su lección parece que no quiere ser ni moralizante.

La conciencia creadora en la antológica escena de Connie Britton saboreando un cerebro crudo es el punto límite. Uno piensa, después de ver eso, que American Horror Story no es ni serie. Es un recital de escenas sin cohesión donde se nos muestran los delirios cabroncetes de Murphy y su compañero de fatigas, Brad Falchuk, que nadie sabe qué cara tiene y que no nos extrañe que no sea una extensión del propio tío para calmar a las masas. “Tranquilo, que no actúo solo, hay gente como yo.” ¿Tendrá personalidad ese Falchuk, una comida favorita, le gustarán los globos aerostáticos? Descubrimos ahora mismo que nos importa un carajo, porque Ryan lo absorbe todo y ya no nos hace dudar: ¿es rubio, es calvo? Ha conseguido que no nos importe tampoco eso.

La escena del cerebro, que necesita alguna especia, y todas las que conforman esa agradable secuencia, digamos, resumen las aspiraciones de AHS, que ambienta su segunda temporada en un psiquiátrico conocedora de sus capacidades narrativas, ilimitadas y grotescas. Si pueden basar un capítulo en la hora del comedor, lo harán.

La escena del cerebro, continúo, es todo arte y ensayo. Aparece Constance Langdon, la dama de las pasivo-agresivas, con órganos envueltos en papel, como los compra la abuela en la carnicería, y el audio capta el sonido del papel, ese papel extraño que parece plastificado, y a nuestros oídos llega cada matiz de su rugosidad. Moira, que tiene nombre de orco, se ofrece a cocinar el páncreas y las cosas de esas, aunque aconseja comerlo crudo, porque será mejor para el bebé con cuernos. Disfrutaremos, por supuesto, de la señora Harmon comiéndoselo, para regocijo y placer de la audiencia. Primero los callos fritos y luego todo crudo, sangrante, en carne viva. Más rico.

Mientras vemos esto, Ryan Murphy ríe en la oscuridad. No se le pasa, claro que no, que ha conseguido que también nos apetezca comernos un cerebro. Que Moira le haya puesto una hoja de perejil es un factor determinante. Sea como sea, lo han logrado.

Si nos paramos a analizar en plan bien, si nos lo tomamos en serio, la historia de la casa está llena de agujeros, cosas ilógicas, que no cuadran, deslices, gazapos y cacas (secas); por lo que llegamos a la conclusión de que el caserón, que es la serie (o al menos su primera temporada), no pasa de ser una metáfora del cerebro –crudo– de su autor. Ese maquillaje de esqueleto mola mogollón, pero no lleva a nada. Todo elemento sobrenatural, psycho-killer y burdo que se le ocurra lo mete, sin dudar, sin pensar si está bien o si va a saturar. En noventa años, ha habido más muertes y más barbaries que en toda la historia de un pueblo murciano desde que llegaran los romanos. No sin dudarlo, la casa es también germen de los mejores crímenes de la América reciente (¿de ahí lo de american horror story?); lo de la Dalia Negra o el adolescente genocida tiene su propia versión, entonces, en la casa de AHS. Crímenes pasionales en su mayoría: el drama manda.

Lo que critico un poco flipando, que es el caos, las obsesiones infantiles, las chorradas y las locuras personales es, de hecho, lo que atrae a sus mayores fans. True Blood y esta son demasiado parecidas, casi gemelas, ambas comparten esos elementos extremos y radicales que amas u odias. Yo, personalmente, me sitúo entre los más críticos, siendo sin embargo un tipo al que le mola sobradamente Murphy por ser como es, un loco obsesivo que construye kioskitos sobre tumbas en el jardín. Pero, sin embargo, esta criatura en particular… está coja.

La cogí con buenas intenciones, la aguanté y luego no he podido pasar del capítulo nueve. No tiene un argumento. Son ideas al tuntún, buenas ideas, pero que no hay por dónde cogerlas. Es ampliamente apta, eso sí, para unos cuantos. Si tienes 16 años y vistes de negro, o llevas cuero, si eres un alma torturada y prefieres Los Juegos del Hambre a Crepúsculo… Tate Langdon fue creado para ti, y se nota. Es el último emo, aquella tribu que parecía extinta o demasiado desfasada. Tate es un juguete sexual, y Violet la chica con la que las chicas taciturnas deberían identificarse. Bueno o malo, es el terreno de American Horror Story. Nosotros ya tuvimos a R.L. Stine, que no era tan movido pero sí que era un poco más turbio.


Categorías: American Horror Story Opinión Etiquetas: ,
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