Justicia de nadie, consuelo de pocos

Joden un huevo, o tres si lo que eres es impresionable, las intenciones de Game of Thrones. Cómo acaba, sus giros. Su mensaje. Los putos Lannister. La estacas. Jode un huevo, duele mogollón, trauma, y eso para mí significa que han hecho un gran trabajo. Juego de Tronos es una serie fantástica, y lo digo desde mi historial quejica: porque mi aventura en Desembarco del Rey, con la vida asegurada desde el sillón de mi casita, ha sido tan pausada como la marcha de los Dothraki. Paciente, somnolienta y escéptica hasta A Golden Crown. Desde ahí, yo pedía maratones (luego me uní a los demás y pedí piedad y comedimiento). Me costó arrancar con ella porque soy un poco de extremos y la adaptación de la elegía del cabrero George RR Martin para mí estaba en lo intermedio, en la desconcertante indefinición. Es un tipo fenomenal, se parece al rey Robert, pero está como una chota. La magnífica adaptación aparentaba no ser ni una aventura completamente tolkiana, con unicornios y esas cosas, ni un drama de personajes mayúsculo, con gente gritando clemencia, y es que de plus había tanta gente que el vago novato decía: que quiten a alguno de en medio. Aclárennos esto, venga, que somos tontitos. Sobra decir, vista ya la primera temporada al completo, que lo más mayúsculo fue la equivocación. A partir de aquí, spoilers.

Como tú, por pura estadística, mentirosa estadística, pertenezco a esa porción de Universo que (todavía) no se ha leído la sagorra de Canción de Hielo y Fuego, aunque ese título lleve resonando años en las listas-de-recomendaciones-obligatorias-por-el-forro, entonándose a sí misma como una franquicia del género fantastic contemporáneo con una importancia vital, crucial y, en cuanto a calidad, prácticamente sublime. Así que hoy hablo sin saber muy bien y me centro en el aspecto que uno ha visto en los diez episodios de Game of Thrones, una buena muestra de lo que es subir escalones sin prisa pero sin pausa, y que dan a suponer que, adaptando todo un tomo, pocas cosas se han podido dejar en el tintero. Desconozco si habrá sido enteramente fiel, contadme vosotros, pero si ésa es también su esencia, la aplaudo y me levanto. Grito y admiro esa genialidad. Algo brutal. Porque, al menos a mí, me ha fascinado ver y sufrir cómo funciona el concepto de justicia reflejado en este mundo tan rico, tan imaginario, tan cruel. La bipolaridad que alberga a todo Poniente y más allá. Las dobleces de la justicia. Sus caras, su propia injusticia. Y cómo no es sólo la muerte del gran Eddard Stark la que lo dibuja en esa pantalla tan estilizada.

Es un mundo cruel y cínico, asqueroso, pero hasta el de Harry Potter se revela como tal al final de todo. No hay lugar para el corazón noble, para la justicia blanca, para las decisiones correctas, y el brillante Fire and Blood finaliza con la victoria inmoral de los Lannister, porque ni siquiera Jamie, incestuoso hijoputa, recibe un castigo mínimo por todo lo que ha hecho. Inmunidad para los bastardos, no de sangre, de corazón, y el mundo sigue moviéndose. Como dice María en sus requetebuenísimas reviews, aquí no hay espacio para los héroes y la crueldad es algo cotidiano: quien desconocía hasta ese momento –incluso antes de Baelor— las verdaderas bambalinas de este cosmos recibe ahora un tortazo, se choca contra la realidad y pierde los dientes. Eso mola verlo, y como he dicho, jode hasta los altísimos. Es valiente que Sean Bean sea la imagen de esta serie y se lo carguen antes de que termine la temporada, tanto como es gracioso que, coño, a Sean Bean se lo carguen todo el rato. Es tramposo. Pero es que es cojonudo, además, que ese toque de realidad sea tan bruto, y tan certero que lo tengamos que aceptar por las buenas. Que los héroes sean castigados por eso, por ser héroes, y que nosotros podamos compadecernos de ellos y ponernos en la piel de personajes tan impertinentes (y ella lo era) como Sansa, quien comparte algo más que el cabello pelirrojo con la Jessica de True Blood. De ser una caprichitos a alcanzar una redención, pero al menos la chiquilla Stark tiene un transcurso coherente y humano. Ahora, es un personaje que asombra y nos tiene de su parte. Completamente; nosotros, como ella, lanzaríamos al mierdas de Joffrey al vacío. Pero no es tan fácil. A que no.

Juego de Tronos es el juego de las sillas pero a lo bestia, y la música de los Pitufos Maquineros se sustituye por el chocar de las espadas. Cuando cesa, hay una cabeza menos que lo dé todo, porque ya lo ha dado todo, y entonces hay un contendiente menos. Como toda la demás gente que se ha quedado flipada con este traqueteo infantil de intrigas, tiras y aflojas y, sobre todo, poderes, yo quiero ver quién es el último en pie. Mi corazón dice Bran, pero ya sabemos que la inocencia –junto a la buena intención– se quedó lisiada en el primerísimo episodio.


Categorías: Game of Thrones Opinión Etiquetas:
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