House of Cards: un vistazo a los dos primeros episodios

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Madrid, 19:30 de la noche. Kevin Spacey, en foto, preside la antesala del preestreno (doble, es decir, el piloto y el 1×02) de House of Cards, la nueva serie de Netflix en Estados Unidos y Canal+ en España. Las chicas y chicos del plus han montado un visionado comme il faut y todo está a punto para descorchar esta curiosa serie: protagonizada por uno de los peces gordos de Hollywood, dirigida por David Fincher (Se7en, say no more), remake de una joya británica ochentera y producida por una ¿cadena? que no existe más allá de los unos y los ceros de tu ordenador: Netflix. Casi dos horitas después, muy buen sabor de boca. Si quieres los porqués (y algún que otro ligero pero inevitable e inofensivo spoiler de los dos primeros episodios), los tienes a tiro de piedra.

Situación. Spacey encarna a Frank Underwood, perro viejo de la política estadounidense que está a punto de acariciar una de las carteras más preciadas de Washington: Secretario de Estado, es decir, algo así como el Ministro de Exteriores del Mundo. Pero el nuevo presidente regatea en el último minuto a Frank y nombra a otro para el puesto. Ya la tenemos liada: me llamo Frank Underwood, vosotros habéis matado a mi niño interior, preparaos a morir… Underwood maneja como nadie los entresijos de la política de la capital yanqui, fielmente ayudado por su mano derecha (xxx). Juntos empezarán una guerra fría por fuera pero caliente por dentro en la que el objetivo es no dejar títere con cabeza en el gabinete presidencial. Hasta aquí la trama pura y dura, nada del otro mundo; lo que le da el punto de brillantez a la serie son sus alrededores. En primer lugar, la actuación de Kevin Spacey, al que el papel de Underwood le viene como anillo al dedo. El único fallo del visionado, si es que se puede decir así, es que fue doblado, por lo que no se pudo apreciar al Spacey original… pero a mí me convenció en castellano, así que me imagino que en inglés mucho mejor. Su personaje parece en cierto modo omnipotente, aunque estoy seguro que esto cambiará en breve, en cuanto sus tejemanejes dejen de ser indetectables.

Los otros alrededores son los secundarios. No me extenderé mucho, os hablaré solamente de los dos principales: su mujer, interpretada por Robin Jenny Wright, y su enlace de prensa, Kate Mara. Bravísimo por la primera, mueca de desagrado por la segunda. Wright, Claire Underwood en este castillo de naipes, es una especie de prototipo de Patty Hewes (salvando las distancias). Su papel en el entramado político es (supongo que de momento) mantenerse al margen, más allá de recomendarle a su marido ponerse tal o cual traje para tal o cual reunión. Pero su trama profesional, su autoridad doméstica, su manera de llamar Francis a su marido… ojito con ella. Ojito con Claire. Me ha gustado mucho la relación que parecen mantener, una especie de promesa de fidelidad absoluta a todos los niveles, un codo a codo casi más fraternal que marital.

Respecto a Kate Mara, Zoe Barnes en la serie, lo cierto es que su papel cae en las redes de lo estereotipado e incluso perjudica un poco la credibilidad de Frank. La primera conexión entre ellos es casi sexual, y a decir verdad él no me parece la clase de tío que se cepilla a la primera de turno; luego escama también que la elija a ella para tanta filtración, aunque quizá su perfil de periodista junior, en las antípodas de lo que se esperaría de él, es precisamente lo que lleva a Frank a decidir darle el sí. En cualquier caso, es la parte de la serie que más flojea.

El punto que más sorprendió en general de House of Cards, diría, fue el uso en bastantes ocasiones del recurso de romper la cuarta pared, licencia exclusiva, eso sí, del personaje de Kevin Spacey. Underwood nos habla, nos mira, nos guiña el ojo, busca no sólo la complicidad del espectador para con sus brujerías, sino romper también el tono solemne del producto, quitarle algo de gas y en ocasiones darnos unas risas, caricaturizando de paso a su interlocutor. En general soy un fiel detractor de que los personajes de una serie hablen a cámara, excepto en los casos de géneros como el mockumentary, pero debo admitir que aquí me ha gustado, y mucho. El romper la cuarta pared no sólo nos da el elemento cómico (algo de lo que podríamos prescindir, al fin y al cabo es un drama político, nobody expects the gag), sino que nos eleva a Underwood a una nueva categoría de bicho, un zorro que se las sabe todas, que cuando tú vas él ya vuelve. Cada vez que Frank mira a cámara nos está diciendo lo mucho que se ríe de todos, como si Spacey se metiese de nuevo en la piel de Keyser Söze, o del perfecto John Doe de Se7en.

Veredicto: dadle cancha a House of Cards


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