Hermanos, hermanas y lo que surja

Hermanos, hermanas y lo que surja

Caminante no hay camino, dice Machado. Y familia Walker, os queda un buen trecho, digo yo. De hecho, la fantástica cuarta temporada de Brothers & Sisters comienza con un capítulo titulado The Road Ahead, y anoche terminó con On the Road Again. Sobre avanzar va el juego. Porque, en esos veintidós episodios que los separan, han pasado tantas cosas para hacerles descarrilar que mal no viene algo de buena voluntad, aunque esta season finale se avecine tan espantosa como pocas. Larga vida a los Walker, pisando chinas por el camino y dándose de morros. Y luego, chutándolas.

Quién mató a JR se preguntaba la generación bombachos. Tres décadas después, la pregunta cambia: ¿quién no mató a William Walker? Aunque el patriarca lleve prácticamente muerto desde el minuto uno, su sombra se prolonga lo inimaginable, y aunque sus actos siempre han tenido las típicas consecuencias de ultratumba (amantes buscando dinero, por ejemplo), su invisible presencia ha estado muy presente, más que nunca, este año. No he visto Dallas, dudo que la vea nunca, pero como intenso drama de una familia adinerada, con sus intrigas y sus desastres, sospecho que tienen, deben tener, alguna similitud. Y la que más, y la que más admiro de Cinco Hermanos, es que es clásica.

Sí, es de corte clásico –nada de efectismo, sólo sentimientos a flor de piel y actores curtidos– y si sigue mostrándonos la vida de Nora Walker y sus hijos con tal maestría, no tardará en convertirse en un clásico. Infravalorada, tachada de culebrón barato y con bastantes polvaredas tras las cámaras como su prima del hospital Seattle Grace (pero te queremos, Rob Lowe), Brothers & Sisters es uno de los mejores divertimentos que puede ofrecer ahora mismo la televisión americana, de interpretaciones brutales, sutil sofisticación y riesgo en sus tramas, pese a su (a veces) molesto conformismo, donde cada relación debe acabar en matrimonio y donde siempre hay un hombro al que apoyarse. Porque de eso va: del amor.

Amor a tus hijos, amor a tu pareja, amor a tu compañero. Amor, en fin, a la familia. Lo dicen constantemente y es tan bonito que no somos capaces de tacharlo de cursi, porque es, igualmente, tan verdad que nada más ver la intro nos convertimos en el sexto Walker. Una tarde con Kitty hablando de política, un monólogo de Nora, una intervención no deseada de Kevin y unas cuantas dudas de Sarah. Cada detalle es genial en una serie de la que, confieso, me he tragado prácticamente toda su última temporada en apenas unas semanas, tras comprobar la total indeferencia al emitirla de nuestro querido canal Fox. Y ésta, la cuarta, tiene todo lo que siempre le hemos pedido y lo que no. Y aún mejor: que Tommy se haya largado… y una vez vuelto que nos guste. Los líos de faldas de Balthazar Getty habrán servido de algo y todo, aunque no para su mujer.

Comenzamos, allá en otoño, sin titubeos: a Kitty la diagnosticaron un linfoma. Sarah se iba a Francia y volvía con un francés, sorpresa, y Justin no se encontraba en la Facultad de Medicina, mientras Kevin y Scotty buscaban tener un crío. Acabo de ver Time After Time, un duplo nostálgico emitido hace unas semanas, un capítulo especial sobre un incidente que cambió vidas ajenas en la adolescencia de los hermanos, y no puedo sino decir que qué bueno, qué bueno. Menudo criterio, ¿no?

Brothers & SistersBrothers & Sisters

Hora y media de capítulo, desde un flashback con un Tommy de dieciséis años y su coche estrellado hasta el momento de una cena familiar en el hogar al que solían acudir cada verano, y lo que ha sucedido hasta entonces reúne la esencia de la serie. Dramas familiares, heridas, comedia light, una Holly en estado de gracia que para nada es aquella ingrateful bitch de la primera temporada, y lo que ya he dicho, magistrales actuaciones. Sally Field no sólo nos demuestra que puede haber estado gritando cada episodio de los últimos cuatro años y que su personaje sigue siendo adorable, sino lo maravillosa actriz que es, y Calista Flockhart que ya hace tiempo dejó muerta a su Ally McBeal en alguna cuneta de la televisión, o una Rachel Griffiths capaz de crear un personaje tan emblemático como la Brenda de Six Feet Under.

No importa el craso error de traer a Ryan a sus vidas, al que simplemente han optado por marginar, o sobreutilizar en casos extremos y luego tirar. Tampoco, que el tío Saul no sea más que un apoyo de Nora, o que Luc llegase como un cliché franchute sacado de la Novelle Vague de Truffaut (increíble aquel capítulo, De la France Avec L'Amour). Porque simplemente nos importa un comino el otro Walker, y Saul es grande, y Luc Laurent el hombre perfecto. Lo que importa es el viaje, y nos lo estamos pasando grande en ese 4×4, o cinco por cinco, que nos lleva a Pasadena. En California. Donde los vinos.


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