Guerrilla: Primeras impresiones del piloto

Para aquellos que piensan que los movimientos sociales de cualquier índole, pero sobre todo de aquellos que entroncan con la política y que por muy radicales y extremistas que se nos presenten surgen por generación espontánea y producto de la casualidad, no les diré que se equivocan, les aconsejaré que vean esta espectacular historia que nos trae Showtime en coproducción con Sky y creada por John Ridley (American Crime y 12 años de esclavitud), donde el propio Ridley será quien escriba y dirija la mayoría de los seis episodios de una hora aproximada de duración en los que ha sido estructurada y de la que nos hacíamos eco de su estreno hace unos días, contando además en la producción ejecutiva con Idris Elba quien, al mismo tiempo, actúa en un papel destacado de la serie.

Una serie que nos sitúa en el Londres de 1971 donde se refleja el hastío de la comunidad negra –descendientes la mayoría de aquellos habitantes de las colonias que se vieron obligados a emigrar a la metrópoli– hacia las políticas racistas y segregacionistas del gobierno que les consideraba ciudadanos de tercera a pesar de haber nacido allí, a pesar de ser legalmente ingleses con todos los derechos, pero donde el calificativo de “british” identificaba, marcaba y separaba a los blancos nacidos allí y descendientes de blancos, del tan genérico “english” en el que quedaban encuadrados entre otros, ellos, los ciudadanos negros. Una ciudad, un país, donde el ultranacionalista, racista y de extrema derecha National Front campaba a sus anchas cometiendo toda serie de tropelías contra la comunidad negra apoyados en la sombra por algunos miembros de la jerarquía política y policial.

Para contextualizar, para acercarnos a la realidad que aquí se nos narra y dar pistas a los espectadores más jóvenes, vamos a trasladarnos a aquellos convulsos años 70 y ver qué ocurría por entonces en algunos lugares de América y de Europa:

En los Estados Unidos la guerra de Vietnam daba sus últimos coletazos dejando tras de sí, además de miles de soldados americanos muertos, oleadas de repulsa y oposición nunca vistas antes y que se extendían de costa a costa fraguando movimientos políticos más o menos radicales, más o menos comprometidos. En el tema racial el conocido movimiento negro Black Power había consolidado su presencia a raíz de aquella mediática e impactante foto de las Olimpiadas de México de 1968 con los dos atletas negros levantando su puño enguantado en el podio y como protesta ante la falta de derechos civiles que vivía la comunidad negra en su país. Al mismo tiempo, el intervencionismo de Washington en América Latina, propiciando dictaduras militares o gobiernos títeres a sus órdenes, bien para frenar a los grupos de izquierda y comunistas, o simplemente para conseguir la sobreexplotación y saqueo de sus recursos naturales por multinacionales norteamericanas, desembocó en la aparición de no pocos grupos guerrilleros como los Tupamaros y Montoneros, opuestos por las armas mediante acciones y atentados a los gobiernos tutelados por los americanos.

En Europa, donde ya balbuceaban viejas dictaduras como la de España y Portugal, surgieron multitud de grupos de extrema izquierda tras la estela dejada por el Mayo del 68 francés. Producto de esta radicalización de la vida política, desencadenada por una pertinaz y aguda crisis económica provocada por la desmesurada subida del precio del petróleo, los movimientos sociales se extendieron de norte a sur del continente. Algunos de esos movimientos se radicalizaron hasta tal extremo que dieron lugar a grupos que canalizaban sus anhelos en lo que denominaban ellos mismos “La lucha armada”: el IRA en Irlanda y más tarde ETA en España quienes, junto con los corsos del FNLC, reivindicaban, además de un nuevo orden económico y político, la separación de los estados a los que pertenecían por medio de las armas y de los atentados con bombas. Casi en la misma honda y aunque con objetivos distintos, también desarrollaban sus actividades Las Brigadas Rojas en Italia y la RAF en Alemania (conocida como la banda Baader-Meinhof). Todas estas organizaciones, nacidas en un primer momento del descontento social de los trabajadores, fueron modificando paulatinamente su estrategia pasando a cometer atentados terroristas indiscriminados que dejaron tras de sí tal reguero de desastres y muertos que algunos intelectuales, expertos historiadores y sociólogos, calificaron entonces aquello como si de una guerra total contra el sistema democrático establecido se tratara.

Y justo en este punto y con estas sociedades inmersas en procesos de transformación en ocasiones convulsos, en otras trágicos y crueles pero siempre cambiantes, regresamos a Londres.

En los primeros minutos se abre ante nosotros una descripción tan realista como metódica del Londres de 1971, donde veremos las relaciones entre los negros británicos y los inmigrantes, quienes se tienen que enfrentar al excesivo y radical proteccionismo que Scotland Yard otorga a los ingleses blancos y cuya ejecución es llevada a cabo por la temida unidad de policía “Black Power Desk”, cuyos agentes blancos han sido reclutados en la Sudáfrica del “apartheid” para aplastar y contener las protestas de la comunidad negra en Londres, a cuyos líderes acusan de estar altamente influenciados por otros movimientos sociales, políticos y revolucionarios de otros puntos del planeta.

Pero Ridley también nos va mostrando de forma magistral cómo esos mismos ciudadanos, hombres y mujeres, se juntan sin importar el color de su piel y sí las condiciones de vida de ellos y de sus compatriotas con el único de fin de mejorarlas y lograr una sociedad mejor, más justa y más igualitaria. Me resulta curioso cómo en una de esas reuniones medio clandestinas de activistas heterogéneos se recurre a un humor soterrado que me recordó mucho a la famosa escena de “La vida de Brian” cuando las intervenciones de cada uno para fijar la estrategia y los objetivos se convierten en discrepancias tan insalvables que uno puede adivinar que aquella asamblea terminará como el rosario de la aurora y sin que se pongan de acuerdo en lo fundamental.

De esta visión angular de aquél universo, iremos pasando poco a poco y mediante un intercalado, efectivo donde los haya, de las secuencias en flashbacks, a focalizarnos y centrarnos en la vida de un pequeño grupo de ellos.

El núcleo duro de este grupo estará formado por Leroy (Brandon Scott) quien lo liderará actuando como su portavoz y siendo pareja de la irlandesa Linda (Annabel Bates). También estará el profesor universitario Marcus (Babou Ceesey) y la enfermera de origen pakistaní Jas (Freida Pinto). Y como elemento exótico y aportando ese perfil de artista que toda “revolución” necesita, veremos a Kent (Idris Elba) y pareja de Jas.

Al margen de las reuniones y asambleas, el grupo sale y se divierte en armonía como cualquiera de los jóvenes de su generación lo hacían. Su vida aparenta cierta normalidad hasta que sucede algo trágico: A la salida de un pub unos policías uniformados les salen al paso y de malas maneras les solicitan que se identifiquen. Ante la extrañeza de ellos y alegando que no estaban haciendo nada malo, uno de los policías golpea brutalmente en la boca a Linda, dejándola herida para después agredirla sexualmente con tocamientos sin que ninguno de los amigos se atreva a intervenir. Pero es en la mirada de Jas hacia su novio Kent, a quien ve paralizado y aterrorizado con lo que acaban de presenciar, donde descubrimos su decepción. Una decepción que hará cambiar su relación sentimental a partir de éste punto.

Mientras esto sucede, el inspector jefe Pence (Rory Kinnear) al mando del temido Black Power Desk urde un plan con el fin de asestar un duro golpe al movimiento negro. A través de una amante negra que hace las veces de informante de la policía y a la que recompensa por sus dos dedicaciones, le pide que busque a un activista negro dispuesto a reventar una manifestación pacífica de protesta a cambio de dinero. Y cuando la manifestación se produce, vemos cómo Pence se acerca a las fuerzas antidisturbios escondidas en una de las calles laterales por donde transcurre la protesta y les enseña una foto de Leroy, el líder de los negros y que precisamente es reconocido por uno de los policías que fue quién aporreó y abusó de su novia a la salida del pub.

Agazapados y expectantes esperan a que el joven negro infiltrado y pagado para reventar la marcha, ejecute su plan. En una secuencia carente de adornos y con una brutalidad que estremece, el saboteador incita a unos pocos a revelarse lanzando ladrillos contra la policía dando así la coartada perfecta para la intervención de estos. Grabada la imagen en su memoria, el agente que ha identificado a Leroy en la foto le localizada en la cabecera de la manifestación, le derriba y le apalea con tal odio y brutalidad que provoca su muerte ante la rabia y desesperación de sus amigos. Este trágico suceso supondrá un punto de inflexión dentro del grupo, cuyas relaciones personales cambiarán para siempre.

Tras estos acontecimientos, la historia se centrará estrechando más el foco en los dos protagonistas de este capítulo. Y así conoceremos más profundamente a Marcus quien aspira a encontrar un puesto de trabajo acorde a sus conocimientos como profesor universitario. Sus continuas visitas a la oficina del desempleo sólo le generarán más y más frustración cuando el funcionario de turno le proponga, con un sibilino desprecio, trabajos como el de conductor porque le ve una persona más inteligente que muchos de los que acuden allí en busca de trabajo. O sea, negros. Los gestos, su balbuceo, sus dudas, su rostro de indignación y rabia, nos dejará unos momentos interpretativos de una altura y calidad sorprendentes.

Marcus mantiene ahora una relación con Jas, la antigua novia de Kent, a quien vemos trabajando en el hospital y cómo se desvive para con sus enfermos, pero también la observamos cómo su postura se ha ido radicalizando por culpa de todo lo sucedido.
Hartos y desencantados por tanta injusticia para ellos y para con los de su clase, la pareja se siente cada vez más al margen de la cultura británica y su gobierno. Este sentimiento irá poco a poco derivando en un mayor radicalismo y que, a semejanza de lo que habían hechos otros grupos en Europa y América, les llevará a plantearse la posibilidad de realizar algo grande, algo que impacte y que llame la atención de los medios, conciencie y cambie el estado de las cosas.

Ahora sólo les falta el objetivo. En un riquísimo diálogo entre Jas y Marcus, vemos cómo el conflicto estalla entre ambos y donde ella está más radicalizada y decidida a emprender acciones, mientras que él, un hombre más metódico y sereno, se muestra reticente a ejecutar actos de fatales consecuencias.
En pleno debate de la pareja entre el qué hacer y cómo hacerlo, Jas nos deja esta frase que resume bien la transición de sus ideas a la acción:

They’re changing the laws on us. People are going to ask what we did. I’m not going to tell them I sat on a fence.

Y es entonces cuando encuentran su objetivo: Debido a que ambos ejercen de educadores voluntarios alfabetizando a los presos negros, entablan amistad con Dhari (Nathanial Martello-White) un líder negro encarcelado y considerado por la policía como muy peligroso.. Sus visitas a la cárcel son frecuentes y allí veremos cómo las frases de Dhari acerca de la injusticia, del trato a los negros, de las leyes racistas, van abriendo brecha en la conciencia de la pareja radicalizando más y más su postura.
Una noticia aparecida en la prensa y relativa a la fuga de la cárcel en Alemania de varios presos de la RAF, despierta en la mente de Jas la posibilidad de hacer algo parecido con Dhari. Pero claro, necesitan dinero para esa aventura. Entonces ella recurre a alguien que significó mucho en su vida, tiempo atrás. Recurre a Kent, su antiguo novio, quien sigue con sus creaciones artísticas sin querer implicarse demasiado en actividades políticas y revolucionarias más allá de manifiestos, declaraciones y exposiciones reivindicativas.

Ante la negativa de su expareja, ella decide recurrir a otros contactos para hacerse con una pistola y entrar en la cárcel pegando tiros y liberar a Dhari, pero es Marcus quien le hace desistir de esa idea descabellada y planea una argucia con mayores posibilidades de éxito: a raíz de un simple corte en su dedo y a la vista de la sangre y su visita al Hospital donde trabaja ella, rompe un vaso de cristal triturándolo después en pequeños trozos, lo mete en un tubo envuelto en plástico y se lo da a Jas para que lo introduzca en su vagina. Cuando acuden en una de sus visitas a ver a Dhari, le pasa el tubo con los cristales que éste se traga provocándole tal hemorragia que obliga a las autoridades de la prisión a trasladarle al Hospital de… Jas. Y allí esperan los dos agazapados y cuando llega la ambulancia con su amigo, Jas encañona a uno de los policías y logra que libere a Dhari. Con el policía de rodillas implorando clemencia mientras Jas le apunta a la cabeza y mientras Dhari, ya libre, la presiona para que le dispare, ella se rebelará negándose a ello, y con esto demostrara a los dos hombres que es ella la que dirige el grupo, la que manda.

Escondidos en su apartamento los tres y mientras escuchan las noticias sobre la fuga y ante la preocupación de Marcus sobre cómo se encuentran después de lo ocurrido, ella le responde:

We are so fucking cool.

Y con esta frase y en esta escena termina un capítulo que en mi opinión es una joya narrativa tanto en dirección, en ambientación, en diálogos y sobre todo en interpretación. Una historia de amor a fin de cuentas que sirve como excusa para mostrarnos la dura realidad que vivieron los hombres y mujeres que se vieron apartados de una sociedad por el color de su piel y donde la consigna policial era que “cualquier reunión en la que estuviesen dos negros sin vigilancia alguna, solo podría traer problemas.”. Emoción, pura emoción sin adornos.


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4 comentarios

  1. Nacho F.

    Magnífico y profundo comentario. Especialmente interesantes son los antecedentes históricos en los que transcurre la serie. Me han entrado muchas ganas de verla. ¡Gracias!

    • Te la recomiendo. Es una historia sin adornos y donde se nos muestran situaciones turbadoras del comportamiento humano cuando se ve acorralado por una razón u otra.

      Muchas gracias a ti por tu comentario, Nacho

      • Anónimo

        Hola, soy el ‘anónimo’ de “El cuento de la criada”. No he visto esta serie pero me pondré con ella. Gracias por la recomendación.

        • Sí, sí, ya me acuerdo. Esta historia va a machete. Aquí no hay metáforas ni oníricos escenarios, es la cruda realidad. Espero te guste y ya me contarás.

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