Glee en papel mojado

Todo el mundo tiene una opinión sobre Glee, incluso quienes no la han visto nunca. Las opiniones sobre Glee, por lo general, son duras. Machaconas. Es odio, así sin más, focalizado, desproporcionado, condescendiente y sin filtrar. Es como una enemiga pública. Hay bullying, y si se la pudiese pegar un sopapo, se llevaría muchos. Hay gente que hasta la daría con un bate en la cara, si tuviese cara, pero no tiene, porque es una serie de televisión. ¿Pero por qué el odio? No lo comparto, porque a mí me gusta, y sé que unas semanas puede ser muy buena (en The Break-Up) o muy mala, como toda su tercera temporada. Incoherente, en particular, es un adjetivo muy usado para hablar de Glee, pero este año ha abrazado, por primera vez, la coherencia o por lo menos el respeto a sí misma: se ha desmarcado de muchos personajes, se ha integrado a nuevos escenarios y en septiembre se notaba una frescura inusual y beneficiosa. Es decir, graduó una etapa y se atrevió con otra. O más o menos. Y hoy, diez capítulos después y mecida en un parón invernal, ¿qué podemos decir de la –en teoría– nueva Glee?

De Glee, lo más cerdo, siempre han sido sus personajes. Actores con 30 años que aparentan, efectivamente, 30 años, y hacen de chavales de 16. Turbio, incluso con algo fetichista en esa elección, y mis retinas se derriten siempre que sale Puckerman en pantalla, que va vestido de adolescente, tiene una cresta malpuesta y lleva la cara más arrugada que su sistema prostático. Eso es muy paródico, absurdo. Ni qué decir de lo irritante de Rachel Berry (ahora menos) o personalidades tan incongruentes y faltas de cohesión como Quinn o Sue Sylvester, que empezó como una diosa de la dialéctica ofensiva y ahora, cuatro años después, hasta los guionistas se han hartado de ella.

Glee no es inglesa, de esas inglesas que aman más la creatividad que la rentabilidad, y todos sabemos que debió haber gradudado a la mitad de sus abultados personajes un año antes. O matado. El apego por sus protagonistas, muy gringo y muy habitual en las series de allí (Heroes como gran ejemplo), hizo mella en exceso a la serie y a los personajes, tan perdidos en su micromundo musical como los espectadores, que seguíamos viendo sin saber por qué. Bueno, yo sí sé por qué: por ver si dejaban de humillar tan abiertamente a Damian McGinty y le daban algo que mascar. No lo hicieron.

Hizo criba, criba buena, tan buena que nos sorprendimos de lo en serio que se lo estaban tomando. Los cinco primeros capítulos de esta temporada, prácticamente desiertos de los personajes originales, han sido lo mejor de la serie en año y pico. Pero Ryan Murphy se cansó muy rápido de ir por el buen camino, o quizá estaba demasiado ocupado con sus otras dos series en antena, que la cabeza le hizo clic y hemos vuelto a las viejas adicciones, los viejos hábitos que, como resultado, no dan nada nuevo: tenemos a una chica con una inseguridad, tenemos a un chico con otra inseguridad y, para adornar, tenemos un pseudo-triángulo amoroso donde confluyen una animadora, una marginada, un deportista y un malote.

Si ya de por sí sería malo decir que la ecuación está sacada del manual de estilo sobre dramas de high school americana, mucho peor es descubrir que no hablo de Quinn, Rachel, Finn y Puck, sino de su relevo natural, generacional, en esta nueva temporada, que además implica al medio-hermano de Puck repitiendo su mismo rol: bad boy hecho a sí mismo. Jake, Ryder, Marley y Kitty son clónicos y burros de tal forma que no sabemos si lo están haciendo a posta.

Que nos hablen de dilexia, de bulimia o de familias monoparentales atraganta. Atraganta por dos cosas: una, que sea un tema tan mascado y predecible, y manejado sin novedad. Y dos, la cegadora, cutre y evidente intención moralizante, aquella que te dice: mira, esto es dislexia y muchos jóvenes pasan por esto. O: mira, esto es bulimia y la sufren muchas más chicas de las que crees por culpa de la imagen/presión social. Cuando pasa eso no es Marley quien vomita en el váter. Somos nosotros, que vomitamos sobre la pantalla, y luego se mancha y no podemos decirle a nadie que nos compre otra, porque luego te preguntan cómo es que se te ha jodido y tú tienes que decir: pues mira, estaba viendo Glee y me entraron ganas de vomitar por culpa de sus tramas tan mal hiladas y poco interesantes y tan reiterativas. Y vomité en la pantalla.

Y, a pesar de todo, lo gracioso del cuarto año de Glee es lo siguiente: los nuevos no aportan nada, salvo quizá el puntito que tiene Jake (Jacob Artist), y son los viejos, en su nuevo contexto y nueva situación, los que dan para más: Finn, Kurt y Rachel nunca me han caído mejor, ¿y por qué? Porque han evolucionado. Les ha costado, pero lo han hecho.

Aunque sabemos que nunca se desatarán del instituto McKinley, como nos han dejado claro, sus nuevas circunstancias les hacen mejores. Disfruto de Finn en su conflicto existencial post-colegio, y disfruto también de sus problemas a la hora de afrontar su nuevo papel como líder/profesor del Glee Club. Disfruto también de las adversidades de Rachel en la Gran Manzana, y cómo ella y Kurt intentan hacer frente a un descubrimiento tan tajante como el darse cuenta de que son un pequeñísimo arbusto en un bosque gigantesco.

A estos personajes les hacían falta cambios de aire, tanto como a Mercedes le hacía falta desaparecer. Puckerman, como fracasado total, tal como se vio en el episodio navideño, es ahora muchísimo más interesante. Kate Hudson y Sarah Jessica Parker añaden un buen toque al conjunto, original y glamouroso, aunque la Parker reinterprete sin mucho esfuerzo a Carrie Bradshaw y a nosotros nos den ganas de alimentarla con una zanahoria.

Glee, que es reina de la superficialidad aunque pretenda acoger bajo sus pechos a nerds y margis, humaniza por fin a sus personajes. Como le decía Whoopi Goldberg a Kurt en el capítulo 9, hay que dejar la opulencia y los adornos para dar la verdadera versión de ti mismo. Así, Kurt dejó sus disfraces de lado y se sirvió sólo de su voz para encandilar y para mostrarse a sí mismo. Cantó Being Alive y acojonó a todo Dios. La canción la tenéis aquí, y es una auténtica pasada.

Difícilmente Glee saldrá de sus tics habituales. Se nota cambio, sí, pero reincide, y da un pasito para alante y dos para atrás, sin remedio. Arrastrará siempre sus lastres pero también seguirá haciendo florecer sus mejores dotes: que son voces y granitos de emoción bien hecha. Mientras mantenga buenas canciones y humor absurdo, yo sigo en el carro, y me da que siempre mantendrá esas dos cosas. Dure lo que dure.

The Sciencist, que pertenece a ese capitulazo sin concesiones que es The Break-Up (escrito por Murphy), es uno de los mejores momentazos que se ha sacado. Te mete de lleno y te deja trastocado; con sus covers, el reparto logra lo que nunca consigue Coldplay, es decir, que sus canciones no sean tan aburridas como la muerte.


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