Girls: ¿La voz de una generación?

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Quizás sea la frase más repetida al hablar de Girls, tanto para bien como para mal: “Se ha convertido en la voz de una generación”. Esta afirmación tan desafortunada (y no ya por el hecho de que sea verdad o no, sino porque el pretender ser algo de manera categórica antes de echar a andar ya es un error en sí mismo), ha marcado la serie desde su inicio. Girls habla de una generación, está claro; una generación específica, sesgada, y un poco perdida. Pero a menudo dudamos de si realmente lo hace con su voz y de si lo que estamos viendo nos identifica o no. Y, a pesar de todo, ahí seguimos, dándole cada semana una oportunidad más a estas chicas que parece que no tienen mucho que contarnos pero que, a la vez, nos cuentan tanto.

“Hay dos clases de días: los que piensas que “Girls” es una ida de olla, y los que crees que no has visto nada más real en tu vida.” Así comentaba la que escribe a través de twitter su impresión sobre el episodio “Boys” hace unas semanas (lo sé, ¿puede haber algo más creído que citarme a mí misma?). Y, sin embargo, sigo manteniendo mi opinión: Girls me desconcierta, me sorprende y, cuando menos me lo espero, me abofetea con un espejo y me muestra que lo que estoy viendo no es más que lo que soy.

Supongo que, entre otras cosas, doy el perfil adecuado para entender esta serie: mujer, con la universidad terminada, a caballo entre mi vida de estudiante y laboral, planteándome si vivir en casa o volar fuera del nido de manera definitiva, con ganas de comerme el mundo pero siendo consciente de que tengo todas las posibilidades de morirme de hambre en el intento… tratando, en definitiva, de encontrar mi lugar y definirme de una vez por todas. Casi nada.

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Poneos en el contexto: con este cacao mental le echo un vistazo a Girls. Y me habla de situaciones que no puedo llegar a comprender. Jamás me he casado con un tipo al que acababa de conocer, he destruido a golpes mi casa o me he autolesionado sólo para llamar la atención. Nunca he pasado un fin de semana en casa de un extraño al que sólo conozco porque tiraba la basura en su contenedor, ni me he desnudado en una discoteca para cambiar mi ropa por la de algún desconocido. Jamás he tenido sexo con un amigo homosexual ni he desaparecido durante meses sin que nadie supiera dónde estoy. Por no haber hecho, ni siquiera he tenido que mantenerme durante meses con mi propio sueldo sin depender de nadie. Aún no.

Y, sin embargo, a pesar de todo eso, hay una parte de mí que entiende a estos personajes. Entiende ese descontrol en el que están sumidos. Esa búsqueda de identidad que tanto nos aterra. Y es que, a pesar de que las circunstancias son diferentes, las preocupaciones no dejan de ser las mismas. Yo también me debato entre luchar por hacer lo que me gusta o cumplir con lo que parece más sensato; entre seguir las normas o lo que me dictan las agallas; entre fingir ser alguien medianamente perfecto o actuar siguiendo mi propio instinto.

Porque yo también quiero dar esa impresión de ser capaz de aguantarlo todo, pero de vez en cuando necesito ver una película romántica y emocionarme. Deseo ser una persona independiente pero ansío el abrazo de alguien que me haga sentir segura y me diga que todo va a salir bien, aun sabiendo que no hay garantías de ello. Quiero darme cuenta de que no estoy sola aunque lo sienta así la mayor parte del tiempo.

En el fondo, todos los personajes tienen algo de mí que me asusta: como Shoshanna, tengo miedo de dar el paso que me convierta en lo que seré sabiendo que no lo puedo controlar todo; al igual que Jessa, me siento un espíritu libre e independiente, pero tengo la sensación de que he dejado parte de mi niñez en el camino, y la echo de menos; como Hanna, pretendo fingir que soy autosuficiente, pero no puedo evitar llamar a mis padres cuando la cosa se complica; y siguiendo a Marnie, me debato entre ser la chica que ha de ser siempre responsable o tener derecho a cometer mis propios errores. En definitiva, yo también me he asomado con ansias al abismo y he llorado contra la almohada muerta de miedo por lo que he visto.

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No me cae demasiado bien Lena Dunham, la chica que va de alternativa y que está tan de moda, pero le reconozco el mérito. Y es que, a pesar de no estar siempre de acuerdo con su punto de vista, a menudo hace que algo se remueva dentro de mí en este extraño retrato que trata de hacer de nuestras vidas.

En definitiva, y volviendo al título, sigo teniendo mis dudas: ¿retrata Girls a una generación? Más que una generación, diría que esta fase es una segunda adolescencia, tardía, y motivada por las circunstancias sociales y económicas, que cada vez hacen más difícil dar el paso definitivo hacia el ser adulto que pretendemos llegar a ser. No sé si la serie es la voz de una generación o simplemente la de un sentimiento perdido; pero sé que, en algún rincón, esconde mi propia voz. Por eso no puedo dejar de verla.


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