Game of Thrones: un post para los que dudan

Llevamos ya varios días dando la tabarra en este blog con Game of Thrones: que si promos, que si fichajes, que si ya llega la segunda temporada… Para colmo, empieza la semana previa al estreno y nos da por poner una corona en la cabecera y un lobo en el lateral. Y, ¡hala!, venga posts sobre si los reyes, los libros, los Stark o vete a saber qué! Una lata para los que huyen de la serie como de la peste, que los hay. Yo estuve en ese grupo hasta poco antes de la pasada Navidad. Le di la espalda a la serie y no tenía ninguna gana de dejarme atrapar por los libros. Pero como pasa con tantas otras cosas, una parte de mi entorno laboral empezó a enfermar: solo hablaban de espadas, de fuego valyrio, de vidriagón, de huargos y de un enano que la liaba parda. En lugar de decirme que no me enteraba de algo, me decían que era un hijo del verano; si alguien tramaba algo, era un meñique; y a las horas del café no había tertulia, sino que cada uno desenfundaba su libro. Digamos que al final la presión social me pudo y me acabé subiendo al barco. Ahora acabo de descorchar Festín de cuervos y afilo espadas para el 2×01 como el que más. De modo que, oh infieles, si queréis entender por qué todo el mundo está loquito por Game of Thrones… este es vuestro post. Y los que ya estáis infectados, ¿os reconocéis?

Quizá una buena manera de empezar es hablar de nombres: la saga de libros que ha originado todo se llama Canción de hielo y fuego. Lo de Juego de tronos viene del primer libro de los siete totales que George R. R. Martin, ese “viejo gordo cabrón“, tiene previsto escribir. Al A Game of Thrones original (sí, con el artículo delante del nombre) le siguen, por este orden, Choque de reyes, Tormenta de espadas, Festín de cuervos… y de momento ya está. El quinto volumen, A Dance with Dragons, está publicado en inglés pero no traducido al castellano, lo que tiene en vilo a millares de fans. Fans que seguramente tengan en mente a los familiares de Cristina Macía, la traductora, y no precisamente para desearles felices pascuas…

A riesgo de soltar una barbaridad, me atrevería a decir que en Canción de hielo y fuego estamos hablando de uno de los universos literarios más ricos que se puedan haber construido. Los personajes se cuentan por centenas, agrupados en casas (familias), que a su vez se cuentan por decenas, claro está. Presenta una trama extensa (cada volumen supera las 800 páginas), ambientada en un mundo imaginario que sin embargo bebe en muchas ocasiones de la Europa medieval. De hecho, parece ser que tiene mucho que ver con la Guerra de las Dos Rosas, un enfrentamiento entre dos casas, los Lancaster y los York, por el trono de Inglaterra… y leyendo la entrada correspondiente de la Wikipedia no queda duda.

La pregunta del millón: ¿qué tiene Canción de hielo y fuego que no tenga otro libro? La respuesta surge de la propia naturaleza de la obra, encasquetada en una categoría que los expertos llaman novela-río. Nombre que a mí me sonaba a chino hasta que he podido googlear que la novela-río es aquella “en que cada una de las partes la cuenta un personaje distinto cuya vivencia discurre o acaba en una historia principal como un afluente al rio”. Toma ya… Desde mi humilde punto de vista, el éxito de la saga está sustentado en dos pilares: el factor culebrón y el factor audiovisual.

  • Factor culebrón. Intrigas, alianzas imposibles, traiciones, sagas familiares rotas, muertes por doquier… El mundo creado por Martin es absolutamente maquiavélico, un entorno en el que fiarse de cualquiera, incluso de alguien de tu propia familia, puede significar una sentencia de muerte. Si esto lo ambientas en un barrio de clase media madrileño te sale El Súper; si lo colocas en Poniente, te sale Game of Thrones… La primera opción convierte a tu producto en un inconfesable guilty pleasure, mientras que la segunda lo hace un éxito de masas. Martin además ha salpimentado a su criatura con todo un hallazgo que le sienta de maravilla, y es el uso de la voz interior, el llamado point of view (POV). Los capítulos están narrados desde la óptica de personajes diferentes, lo cual nos sirve no solo para movernos cómodamente por todo el territorio donde actúan, sino para poder entender mejor las motivaciones de cada uno. No todos los personajes tienen capítulos propios, con lo cual tenemos algunos mejor definidos que otros, pero a cambio también nos quitamos la a veces molesta sensación del narrador omnisciente. Sobre todo, el uso del POV le da unos matices brutales a la narración. Solo tiene una pega: cuando miras el índice y ves que tal o cual personaje no tiene más capítulos propios… ejem… entonces empieza a oler a fiambre
  • Factor audiovisual. Una de las primeras comparativas que se establece a la hora de hablar de Canción de hielo y fuego suele ser con El señor de los anillos. Y sí, hay cosas en común. Pero un rasgo separa ambas sagas de manera abismal: una es de los años 30-40 mientras que la otra empezó ya en los 90. Martin es hijo del audiovisual, y parte de lo que convierte a sus libros en una sustancia adictiva es el dominio del cliffhanger que lleva por bandera. Casi cada capítulo, y hay poco menos de un centenar en cada volumen, acaba con un pequeño (o grande) giro de guión que, sencillamente, te hace desear más. Para colmo, el autor no escatima en dolor y muerte para casi todos los personajes, lo que no suele ser habitual… pero por otra parte acostumbra a pasar en las guerras

La Wikipedia habla de “personajes complejos, cambios de trama violentos y repentinos, e intrigas políticas bien desarrolladas”, descripción que todo lector de la saga firmaría. En cambio, también explica que “se caracteriza por un uso limitado y sutil de la magia, empleándola como una fuerza ambigua y, a menudo, oscura”; de esto podríamos discutir un rato… aunque sí es cierto que no tiene nada que ver con, vuelvo al ejemplo inicial, El señor de los anillos.

Leed los libros y ved la serie, o viceversa, pero que nadie le tenga miedo a Canción de hielo y fuego: hasta los más profanos caemos rendidos


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