FlashForward, la croqueta precocinada

FlashForward, la croqueta precocinada

La caja tonta siempre ha pecado de demasiado lista, proclamándose como ese gran negocio sin escrúpulos y con maletines de dinero, pero no ha sido hasta dar con FlashForward cuando hemos visto su lado más vergonzoso y, desgraciadamente, nada visionario (por lo menos, práctico es). “A ver, que se nos acaba Lost: necesitamos otra serie que sea un fenómeno, que intrigue a millones de espectadores en todo el mundo. Que dé que hablar (que dé dinero),” debió decir el hombre alto y trajeado al fondo de la mesa. “Pues oíd, queridos ejecutivos,” continuó el bajito y gafotas de al lado, “tenemos los derechos de una novela, de un tipo que se apellida Sawyer, y va de un desmayo masivo en que la conciencia mundial se traslada al futuro. Habrá muchos personajes y muchísimo misterio.” Sus pupilas se debieron convertir en símbolos de dólar, porque vaya si se iluminaron, y surgió un brainstorming tremendo: “Metamos persecuciones impactantes con los clásicos del rock reciente como música de fondo (aunque no vayan a cuento), cliffhangers que tras capítulos y capítulos no se resuelvan para impactar al personal como nunca. ¡Y podemos contratar al orejotas de Lost para hacer de malote que estrangula gente! ¡Somos brillantes!” Se hizo el silencio en la sala de reuniones, y todos los tipos de la ABC estaban perdidos en sus fantasías. No pensaban en contratar a buenos guionistas, ni a buenos actores (pensaron, sin embargo, en contratar a John Cho). Porque pensaban en lo que pensaban…

Pensaban en que los canales internacionales picasen el anzuelo. Que AXN, que tarda casi un año en estrenar las nuevas temporadas de Medium o CSI, la estrene menos de dos semanas después de su aparición en la parrilla norteamericana. Y que países tan dispares como Irlanda, Finlandia, Islandia, Portugal, Chipre o Noruega hayan hecho lo mismo, y ya estén oyendo a Sonya Walger hablar en chino. Porque esa tiene que ser la única razón que a uno le entra en la cabeza para que FlashForward alcance tanta audiencia, anunciándola como la nueva maravilla del mundo cuando no tiene nada nuevo en su cajón, cuando sus guiones se derrumban más fácilmente que un castillo de naipes y tiene una intriga facilona (de la de “pongamos la música de tarantantán al cruzar el callejón,” de ésa). Y para colmo, trata al espectador como si fuera un idiota integral. No como el pan, sino como Demetri.

¿Motivos? Empecemos con ese tan evidente: porque, o nos están metiendo imágenes subliminales para ir al Ikea y decorar nuestra casa 'al estilo Benford' o es que la repetición una y otra y otra vez del salón (y escaleras) de la familia feliz de Fiennes es imprescindible para entender el futuro de la serie. Si no, no me explico a qué viene repetir las visiones y ponerse con la mirada al vacío diciendo “en mi flashforward…” cada cinco minutos. Me remitiré a Lost, de la que todos tenemos pseudoclaro que toma como ejemplo a seguir (sólo eso, porque las similitudes acaban ahí, por desgracia): parte del éxito de los náufragos, entre una buena escritura y la originalidad del punto de partida y posterior desarrollo (jo, tengo mono), se debe a que es consciente de que su público son seres humanos racionales de más de doce meses de edad que saben recordar que el calvo con navaja del primer capítulo es el mismo calvo con navaja del episodio dos.

Si los responsables de FF fueran conscientes de algo tan rematadamente lógico como eso, nos ahorraríamos unos cuantos patetismos que nos provocan una desgana tremenda, porque si nos vienen con esas cada dos por tres directamente no tengo que esperar a los anuncios para ir al baño. Puedo ir cuando Mark se pone a ver el mural. Y aparte de este mosaico tan reiterativo, os pondré otro ejemplo, más visual y mucho más triste, de esa manía que tienen: ese momento para la memoria popular, en que aquel mozo tiró todas las cazuelas e hizo un ruido exagerado al escuchar desde la cocina, ese lugar que no suele estar a la vista en los restaurantes y por tanto oculto, que unos federales están buscando un sospechoso (y a continuación, unos minutos musicales en el camping de caravanas). Muy gratuito y muy muy innecesario. Y la fotografía amarillenta no ayudaba.

Permitidme otra cosilla que nos invita a apartar sutilmente la mirada y seguir caminando, pues estas gentes se guían por mostrar momentos impactantes sin reparar muy bien en sus repercusiones o el uso, con sentido o no, que le darán. Que simplemente impacte. Que mole. Lo vemos, sin más, en la primera escena de la serie, con el mil veces utilizado “Tales horas antes” y un tío saliendo ardiendo de la nada, mientras se conjuga la cámara rápida y la cámara lenta con el Windows Movie Maker. Simplemente lamentable, pero sin embargo un reflejo de lo que será la serie, la acción forzada y el espectáculo vacío.

Unos capítulos después, los señores de la corbata usan de nuevo aquel recurso: unos asiáticos que se divierten metiendo sus manos en botes de pintura azul lanzan un bazokazo al coche en el que van nuestros protas. Dejan lo que pasará después para el final del capítulo, pero no nos dan nada sorprendente salvo el descubrimiento de que unos asesinos aparentemente profesionales se dejaron la puntería dentro de los botes. ¿El mayor rasguño del épico enfrentamiento? Una postillita que le quedará a Mark al cabo de unos días.

Con un plantel lleno de personajes con la madurez emocional de un cacahuete y unos actores que no quieren dar la talla (Fiennes, grande en Shakespeare in Love o el piloto de Pretty/Handsome), sólo es posible salvar por el momento a Simcoe y su hijo y al buenazo de Bryce, personalidades a explotar que tienen mucho que decir. Incluso la Walger no convence, que se me antoja como la Penny que nunca esperó a Desmond. Porque, por solamente ellos, podría decir que sigo sintonizando este fallido producto, que para entendernos gastronómicamente es como una croqueta precocinada. Sí, como las que le gustan a la Esteban. A falta de unas buenas croquetas caseras, puede que porque no tengan a nadie que se las haga, vagueza quizás, o bien porque no las han conocido todavía, vamos a la sección de congelados. Y las cogemos. Están bien en sus cajitas, fabricadas en serie y se hacen en un segundo. Es fácil. Y punto. En diez años no nos acordaremos de ella. Pero sí del sabor de las caseras, esas que se hacen con cariño y buena mano, que son los, llamémosles, dramas fantásticos de toda la vida. Los grandes y los enormes. Battlestar Galactica, la mencionada Lost. Hay unos cuantos.

FF no llega a ese nivel, y se nota en el público novato que se fascina con sus tramas. Sin ir más lejos, tengo ejemplos a mi alrededor, que no soportando este tipo de series, con tramas que involucran a gente ordinaria en situaciones extraordinarias (seguro que se os vienen ejemplos a la cabeza), andan enganchados a ella como locos. Ofrece algo rápido, sin esfuerzo y que sorprende. Y es aquí cuando FF no significa Flash Forward, sino Fast Food.

Un servidor se ha visto los primeros siete capítulos. Así que creo que no me adelanto al juzgar. Pero sin embargo he hecho algo que muy pocas veces hago, señal clara de indiferencia, y es relegarla a la retransmisión doblada, con sus anuncios y sus rotulitos propios de las cadenas privadas que anuncian el reality que va después. Lo cual quizás condena un poco más al show de mis disparos. Porque, creedme, ver al agente Benford con la voz de Alex Karev no ayuda nada. Aguantaré un poco más, y si no se irá con la cuarta temporada de Prison Break al baúl de las pérdidas de tiempo. En caso contrario, me tragaré las palabras con patatas. Y con mucho gusto, porque esta serie, con esas parrafadas de mala crítica que acabáis de leer, tiene un enorme potencial bajo ese pantalón vaquero de frivolidades. Sería un placer ver cómo hace el esfuerzo de bajarse la cremallera.


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