El puñetero adiós de The Americans

El puñetero adiós de The Americans

Las caóticas notas de Tusk, el tema de Fleetwood Mac, suenan de vez en cuando en mis auriculares y me transportan al momento en que vi el piloto de The Americans. Aquel día marqué la serie con rotulador rojo, esperé con ganas la llegada del segundo capítulo y desde entonces así ha sido semana a semana. Tras trece sesiones de guerra fría, y no tan fría, tengo claro que estamos ante el mejor estreno de la temporada, quizá incluso a lo mejor desde que llegase Homeland. Tengo claro que voy a echar mucho de menos la ensalada de cuchicheos, mentiras y pelucas que es la serie de Joe Weisberg, que no volverá hasta enero de 2014

Lo siento, pero sin haber visto la finale de The Americans no puedes entrar, sal de la cola, gracias…

El maestro Martínez nos contaba el otro día, justo antes de la finale, lo encandilado que estaba con la serie en un post enfocado desde lo matrimonial. Y es que la relación entre Elizabeth y Philip figuraba, ya en las notas de prensa previas al estreno, como el epicentro de la historia. Pero la última joya de FX ha sabido no solo conjugar las vidas personales y profesionales de los Jennings, sino enriquecerlas además en todo momento con algunos alrededores tan o más interesantes que ellos mismos; en parte, porque algunos son desdoblamientos. Sí, me refiero a la deliciosa (y cruel) historia entre Martha, la pobre Martha, y Clark. Una trama que nace de lo profesional pero que se marca un doble tirabuzón en forma de tragedia (la muerte de Amador) para acabar el salto entrando en el agua con una pizca de vodevil. Sí, la boda. Impagable boda entre Martha y Clark que combina el humor (yo, al menos, tuve que poner el pause para reírme un rato) con el sentimiento de piedad que nos despierta la pobre desposada. Y, sobre todo, con la amargura que emana la pequeña conversación entre los hermanos Clark-Philip y Jennifer-Elizabeth.

Porque sí, porque los Jennings molan. Son espías, y de los eficaces. Son unos padres modernos, al menos para la época. Son inteligentes, guapos y tienen la capacidad de combinar su estresante profesión rusa con su anodina profesión americana de cartón-piedra. Contra todos los pronósticos, Keri Russell nos ha convencido, y ha formado una buena pareja con el efectivísimo Matthew Rhys, que en algunos momentos de la temporada está fabuloso. Pero lo mejor es que, por muy bien que hayan estado los Jennings (y sí, lo han estado), la serie ha sabido repartir pesos y crear un entorno de acompañantes muy solvente. Por ejemplo, Nina, que ha podido crecer capítulo a capítulo, y de cuya conversión definitiva a la causa soviética me alegro profundamente; o Claudia, la tierna abuelita que esconde una fiera dentro, cual muñeca rusa. Por cierto: coincido con Martínez en que Noah Emmerich es lo más flojo del reparto. Sin embargo, su personaje Stan es necesario para crear esa tensión sustentada en la proximidad geográfica que mantiene con los protagonistas. Una baza argumental de la que, dicho sea de paso, me alegro que no hayan abusado. Hubiera sido tan fácil como tentador tirar del hilo semana a semana y jugar al gato y al ratón con la premisa de que los espías y el agente viven pared con pared. Al final, el hecho de que sean vecinos casi ha servido más para crear lazos (brutal llamada de Philip en los últimos minutos de la temporada para pedirle a Stan que cuide de sus hijos…) que otra cosa.

El puñetero adiós de The Americans

The Americans nos ha dejado puñeteramente. No lo digo por sus tramas (nunca ha sido una serie de cliffhangers), que considero medianamente cerradas para lo que suele ser una season finale: los Jennings se han salvado por los pelos del acoso del FBI, Elizabeth está recuperándose y la crisis matrimonial, aparentemente, parece que deriva en reconciliación. Paige se huele algo, sí, y quizá sea ella quien descubra el pastel de sus padres, pero de momento creo que solo busca un secreto materno que le haga entender la separación… ¿quizá unos cuernos? No, la serie nos ha dejado puñeteramente porque, como decía antes, es un oasis de calidad en una temporada huérfana de grandes noticias.

La primera temporada se ha graduado con un 1×13 intenso, perfecta mezcla de dos tramas y dos destinos: la misión-trampa, la del coronel traidor, resulta ser un paseo mientras que la sencilla tarea de ir a recoger las cintas al coche aparcado frente a la mansión Weinberger es un campo de minas. Elizabeth y Philip se quieren proteger el uno al otro asignándose la más suicida de ellas; mejor dicho, quieren proteger a sus hijos. Al final se impone él, y quizá eso termina salvándolos a ambos. ¿Creéis que Elizabeth hubiera llegado a tiempo de evitar la emboscada sobre Philip?

Durante el tiempo que tarde en volver la serie, Martha se pondrá y se quitará el anillo al revés que la mayoría de los mortales, Philip continuará sentado al pie de una camilla, Paige no dejará de darle vueltas a la noche en que su madre no solamente doblaba la ropa, el agente Gaad seguirá hablándole a un bolígrafo sin darse cuenta y Stan dormirá al lado de una rubia mientras sueña con una morena. ¿Y nosotros? Siempre nos quedarán las pelucas. Unas risas, oiga


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