El muerto y ser feliz

En su bio de Twitter, Shonda Rhimes comenta: “Escribo cosas para ganarme la vida. Recuerda que no es real, ¿vale? No me tuiteéis vuestras locuras.” Shonda, que ha reconocido varias veces que llora cuando escribe, que se tumba en la cama para reflexionar sobre las relaciones sentimentales de sus personajes, llama tarados a sus más apasionados seguidores. Lo hace de manera consciente y calma, mientras su fondo twittero es una imagen suya en la que apoya la campaña de Obama sujetando un cacho de tierra. Rhimes, para los que no leen la Wikipedia, es la típica mujer que bordea los cuarenta: le gustan los concursos de deletreo, muy americanos, es orgullosa madre soltera de una niña, tiene un trabajo que adora y es una asesina sin piedad. Pone bombas, dispara a bocajarro y estrella aviones. Bin Laden es un andorrano cualquiera a su lado, y llegamos a la conclusión de que la CIA ha de acabar con esta mujerona psicótica y emocionalmente transgresora. ¿Por qué? Por cómo ha empezado las nuevas temporadas de Anatomía de Grey y Private Practice. ¿Descalabro o brillantez? ¡Spoilers por aquí!

Hey gente liante y luego está ella: mujer de fantasías sexuales con hombres musculados y afroamericanos (como el insípido Taye Diggs), de desbordante energía creadora, de maneras sutiles cuando cuenta historias. Shonda Rhimes da para un perfil psicológico de los que se almacenan en las comisarías. Ella, de Chicago, es una de las showrunners que más da que hablar con cada estreno, con cada capítulo y con cada puñetero giro de guion.

Sus fans, o al menos seguidores, han formado a lo largo de los años algunas palabras: son shondismo, o shondazo, y cuando se meten en una conversación tienen que ver con dos cosas: muerte y destrucción. Un shondazo, por ejemplo, es esa barbaridad que pone en jaque a cualquiera de sus series, eso que pasa cuando las temporadas rozan o su mitad o su final; ella no salta el tiburón, salta de una zancada todo el océano. Y ahí hay tiburones, ballenas, krill e inverosimilitud.

Métele una bala entre ceja y ceja a Reed Adamson o haz que a George O’Malley le atropelle un autobús y le desfigure la cara. Lo más normal que hizo fue regalarle un lacrimógeno infarto a Denny Duquette, acción por la que caí rendido ante Anatomía de Grey y razón, dos temporadas después, de que al potencial talento de la dama le aplastasen sus variopintas ganas de complacer: nos enamoramos de Denny, ¿pero era necesario de verdad traerle de vuelta en forma de visión recurrente, absurda y dramática? Ahí, con el tumor de Izzie, Shonda Rhimes sucumbió a las heridas del high drama. Lo demás es historia y tabloides de Michael Ausellio.

En mayo, Shonda estrelló un avión lleno de médicos. La mujer, muy friki, todavía se mofa, y el segundo episodio de la temporada 9 mete lo más parecido a una autocrítica que puede permitirse: guiñar el ojo a los fans de Lost. Es el comentario que podríamos esperar de una perturbada que no sabe reconocer sus errores, porque Grey’s empieza su noveno año intentanto reparar su mayor y garrafal desliz: perder la credibilidad para siempre, y al mismo tiempo perder el respeto de los que –aún– respetábamos el Seattle Grace Mercy Death. El capítulo Going Going Gone me pareció una alucinante delicia, bien conducido y sobresaliente desde todas partes; el que le sigue, un flashback a los días posteriores al accidente, es un caos narrativo y un chicle imposible de ver.

Cuando Cristina hace su monólogo en la bañera y menciona cómo los animales del bosque comían el cadáver putrefacto de Lexie, eso, señores y señoras, es el mayor shondazo que ha parido la Historia universal. ¿Nos lo tenemos que tomar en serio? Yo me reí y sentí vergüenza ajena. ¿Qué era eso, Tokio Blues? Después de esta escena, íntima y a flor de piel, no pueden esperar que sigamos viendo la serie con los mismos ojos. A Lexie se la comieron ardillitas y conejos. Literalmente. No entra nada más en nuestra cabeza. Nos bloqueamos.

Cristina Yang dice que todo en ese hospital es muerte y mala suerte. Y se va. Se va, pero sigue en la serie. Pero se marcha alegando que todo es mierda y drama. Todos mueren. Un montón de trabajadores de ese hospital han muerto en circunstancias trágicas. Ahora una es coja. ¿American Horror Story: Asylum? Eso lo dan en otra cadena. Cristina hace las maletas. Sin embargo, sabemos que tarde o temprano –dale tres capítulos– volverá.

Si bien Anatomía de Grey es más proclive a estas locuras que su hermana Private Practice, las nuevas temporadas de las teleseries de Rhimes requieren –por parte del espectador– un salto de fe de la ostia. Ya dije al emitirse Flight, la imposible finale con la que acabó la octava de Seattle, que era un episodio absurdo que destrozaba el estupendísimo año del Seattle Grace, con una trama –la de “graduarse,” por decirlo así– llevada con un tacto admirable. Ojalá –me repito– Anatomía de Grey hubiese acabado con el antepenúltimo. Lástima que no.

Me repito: a Shonda se la ve cansada, o desfasada, o desmadrada, que al final es lo mismo. Escribe por inercia, con un latte en la mano izquierda, y pregunta desganada: ¿cortamos a Arizona la pierna? Venga, va, a ver qué pasa. ¿Convertimos a éste en drogadicto? ¿metemos a un pedófilo en la serie para animar el percal? Levantemos ampollas. Cuando las buenas ideas se agotan, se cogen las de la papelera. Todo lo que vimos sobre abandonar el nido era una idea fabulosa. Esa –excelente– trama terminó, y ahora reciclan las viejas o pillan las malas. La mano de Derek es la de Burke, y el trauma de este año es el de hace dos (el recuerdo de la supervivencia o las movidas psicológicas que salen de ello: eso ya está hecho de antes).

Matar, además, a Mark y Lexie de forma casi simultánea queda bonito, también, pero chirría que te cagas, y se hace muy injusto, muy repentino. Muy Shakerspeare y, desde ahora, muy Shonda. Es injusto, decimos. “Como lo es la vida,” argumentaría Rhimes y, maja, sabes qué te digo, ponte a plantar tomates en la terraza.

El año pasado, Private Practice rozó primero y sobrepasó después el más bochornoso telefilm de Antena 3. Sabemos, por Internet, que Tim Daly fue despedido a través de su agente. Las razones parecían ser recortes presupuestarios, y hacen fichar a un personaje tan importante por la puerta de atrás. Y ni eso: la de atrás no, la de la valla. Esa de madera a la que le falta una bisagra. Es una salida totalmente patética; aunque su desaparición está muy bien manejada en el lamentable primer episodio, es cutre. Muy cutre. Tan cutre como la formación del montador de la serie.

Sin Kate Walsh, que dejará su personaje de Addison este enero, todo se ve desde el ángulo de una temporada final. Algo que, creemos, no le vendría nada mal a una serie cuyo punto álgido fue su segunda temporada y parte de la tercera. Antes de que, adivinad, se pusieran a matar personajes. Porque no todos son George R.R Martin o Mark David Chapman. Si matas, hazlo con estilo.

Shondaland no puede dar más de sí, y su máxima jefa nos parece ahora esa maga que sólo tiene un truco bueno. Un truco muy bueno (las relaciones), pero que sólo es uno. Y un mago tiene que estar siempre sorprendiendo de la más satisfactoria de las maneras. Ella no lo hace, y Anatomía de Grey y Private Practice están ya, oficialmente, embarradas en el terreno de la decepción teléfila. El terreno del histrionismo más tonto y de los imposibles. Chambers, McKidd, Oh y alguno más son los pasajeros que me gustaría salvar del barco hundido del Seattle Grace, y de Private sólo saben nadar con verdadera propiedad Cooper y Charlotte.

Uno no puede ser feliz en ese submundo de bebés que nacen sin cerebro y tres tragedias por año, y el espectador piensa una cosa, después de ver a Pete en el crematorio, a Mark muerto, a Lexie aplastada por una turbina, a Arizona Robbins sin la pierna izquierda, baratamente maquillada por el croma.

El espectador piensa: seriously? Y ya no veo más.


Categorías: Anatomía de Grey Opinión Private Practice Etiquetas: , ,
¡Únete a nuestra comunidad!

Déjanos tu comentario »