El hombre no es una Isla

El hombre no es una Isla

Qué tiempos eran aquellos en los que el nombre de Jacob no se nos antojaba como algo de reminiscencias omniscientes, mega pretenciosas y divinas, y los viajes temporales eran cosa de frikis con problemas de personalidad. Recuerdo que, en aquella inocente primera temporada, no tardé en imaginarme el final que le darían a Lost: tan simple, tan happy ending, pero tan precoz e ingenuo, que no fue sino lo que vimos en los primeros minutos de There’s No Place Like Home. Suena Giacchino, todo bonito, y los supervivientes del 815 se reúnen con sus familias en una terminal, y el “perdidos” del final pasa a ser un “encontrados”. Para mí, la grandeza lostiana se repitió en ese instante por decimoquintegísima vez, porque se me habían adelantado, y me habían sorprendido. Han pasado unos cuantos años desde entonces, y quién diría que las cosas acabarían así, cuando todo comenzó siendo la historia de unos extraños en un paraje tropical, con ruidos lejanos y problemas surgidos a raíz de quién demonios ha robado el agua. Lost, rey y reina, ha muerto. Viva, leñe. Viva Lost.

Una primera temporada magnífica, una segunda que me la peló un poco, la verdad, hasta que la volví a ver con más perspectiva. La tercera me encantó de principio a fin. El cuarto año, con cosas como The Economist y los campos de golf, me pareció el peor, y me desmotivó hasta entrado el final. Sólo Miles y Faraday allanaron la caída. Por su lado, el quinto tuvo un empiece perfecto (me molan las paradojas temporales) y una última recta de impacto, pero su mitad no estuvo a la altura, culpa a Namaste. Y la sexta, the final season, se ha dedicado a ser un recopilatorio, lleno de amables autorreferencias, allanando el camino para el último adiós, siendo conscientes de que el instituto acaba y que vivimos cosas geniales.

Dejadme entrar en el grupo de los apestados, pero me ha encantado el final. La poesía, la nostalgia, el budismo raro de la iglesia. Efectivamente, soy de aquellos que prefieren ver a Hurley con sus problemas paternos a verle defendiendo la isla, aunque esto me produzca un tremendo orgullo por lo que ha llegado a ser. No dejaré de dormir pensando en los jeroglíficos egipcios, porque me da que la ansiada respuesta no pasa de que, antes de que Jacob y el Anti llegasen cual Rómulo y Remo para proteger el fuego de Prometeo, vivió una civilización antigua que construyó estatuas y talló inscripciones, dejando a Madre como última superviviente, y con conocimientos en tapices; entonces, guardiana de ese trozo de tierra que, al final, es un trozo de tierra. Un cacho en medio del océano, poderoso sí, pero con palmeras y cocos que sólo tiene importancia si vive gente en ella. Si viven personas, personajes. Porque, toma cliché número dos, Lost siempre me pareció una serie de personajes, desde el héroe canalla de Sawyer hasta el eterno líder, Jack, pasando por la mujer que escapa. Kate, qué aburrida eras, hasta tus flashes de ultratumba provocaban sueño.

La última batallaLa última batalla

Comencé viendo Lost como un crío ingenuo. Viajar por el desconcierto de la jungla me parecía fascinante, oír susurros también, y contemplar a un Sawyer devastado alcoholizándose en un tugurio australiano de mala muerte molaba un montón. Me encantó desde el minuto uno. Hará seis años. Sigo siendo ingenuo, menos crío, pero es imposible evitar admitir, admirar, el legado que ha dejado. Por eso mismo, aunque el final les haya parecido a tantos una basura espacio-temporal-metafísica de chorrilandia, decepcionados y diciendo que han perdido mogollón de horas de su vida (algunos siguen creyendo que todo fue un sueño, caramba), y otros sólo den por bueno hasta The Incident, y lo demás es un mal analgésico, Lost es una de las series más influyentes desde que la televisión es.

No creo que haga falta ni decirlo. Un fenómeno, padre del P2P y padrino de cosas como FlashForward. Sí. Lost ya ha acabado, su recuerdo acaba de empezar. En la temporada televisiva de otoño de 2011 comenzarán a surgir embriones, pero dignos y no copias maltrechas, que pondrán en práctica el estilo, la grandeza y la técnica impecable (una balanza de blancas y negras como Jack manda) que se empezó a contemplar el 22 de septiembre de 2004, cuando se abrió un ojo, y se reafirmó el 23 de mayo de 2010, cuando ese mismo ojo, con más arruguitas, se cerró. Caramba.


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