El fin de la clase alta

Hace nada emitía Antena 3 el último episodio de la tercera temporada de Downton Abbey (Navidades aparte), el fenómeno de té y pamelas que nos tiene fascinados. Hablemos de eso, de la capacidad para encandilar de los Crawley y sus siervos, porque yo veo y veo este culebrón de aristócratas, lo disfruto y me pregunto: ¿cómo es que nos gustan estos estirados? Y recuerdo 2009, más o menos, cuando leía cómo las cadenas televisivas buscaban dar un giro a sus próximos pilotos. Se querían encontrar tramas de gente en dificultades económicas con las que el público se pudiera identificar en esa realidad inminente de crisis y mala gente. Recordemos. Es 2008, 2009 o por ahí y las perspectivas de futuro son grotescas. De la agenda de las cadenas salen adelante series como 2 Broke Girls, Parenthood o la genialérrima Shameless americana, y luego vemos 2010 y el surgimiento de un fenómeno: Downton Abbey, británica y deliciosa. A los estadounidenses les gusta y en España calienta audímetros. Y, entretanto, esta familia de la primera mitad del siglo XX vive en su burbuja, en sus placeres, en sus riquezas y en sus opulentas banalidades de la clase alta.

Su primera temporada fue la de la sorpresa, la de la satisfacción, porque después de su maravilloso episodio piloto, casi una película, el viaje que nos proponía Julian Fellowes nos tenía a todos a bordo y apuntadísimos. Esa música es antológica, y la Condesa Viuda tenía los mejores zascas en sus diálogos que habíamos visto en mucho tiempo.

La segunda, sin embargo, pecó de los fallos con los que malvive toda segunda temporada, y ése es el vuelco hacia una oscuridad temática para hacerla más interesante, más –sin más– “oscura”: la primera guerra mundial o la muerte de un buenazo como William ensombrecieron la brillante vida familiar, de escaleras arriba y escaleras abajo. Dónde quedan los turcos muertos en la cama y a qué viene tanta desgracia: la muerte, también vivida este año, se intensificó demasiado.

Decía antes dos cosas que definen a Downton Abbey: que es británica y deliciosa. Y, también, ajena. ¿Pero es realmente ajena? Después de esa segunda temporada que se les fue de la manos, su público coincide en que su tercer año ha recuperado cierta magia y gentileza, humor y carácter, comicidad y equilibrio. Sus fans, nosotros, hemos vuelto a aplaudir. Han vuelto con Shirley McLaine bajo el brazo y los enredos han sido de campeonato. Dicho bastamente, las tramas han sido las que todo culebrón, incluso los de high society, ha de tener: cárcel, putas, irlandeses, homosexualidad y, sobre todo, luchas de poder. Dentro de la familia (Matthew) y dentro de la servidumbre (la señora O’Brien).

Downton ha regresado mirando a su audiencia y leyendo entre líneas lo que les pedíamos y lo que vivimos. Allí, en los años veinte, Julian Fellowes mira también al futuro –a nuestro presente– y nos habla de nosotros mismos. Muere el ensimismamiento que dañó a la serie el año pasado y la cercanía cunde. Que una serie en su estándar haga eso es curioso y se agradece, pues lo más destacable es esa carta con la que también ha jugado The Good Wife y su bufete de abogados: la temible sentencia de “no hay dinero.”

No hay dinero y ya no somos lo que éramos. Con The Good Wife, serie igual de elegante, el enfoque está siendo maravilloso y lo están rematando con otra idea que también se ve en Downton Abbey: resistir a la caída, resistir todo lo posible. Will Gardner y Diane Lockhart se oponen, durante muchos episodios, a que les arrebaten las cosas que les hacían grandes, ricos y respetados: clientes con pasta, el piso 27 y sus caprichos como abogados de alto nivel. Son malos perdedores hasta que, obstinados, ceden. Aquí, Lord Grantham es el grito conservador frente al encantador personaje de Matthew, y los dos combaten en las nuevas medidas que tiene que tomar la casa. Adivinad quién cede.

Si bien es un paralelismo a gran escala con muchas de nuestras vidas, está claro que desde el equipo de detrás de la serie se está intentando humanizar y acercar a un grupo de personajes que, aunque lejanos a nosotros en estilo de vida y en cultura, tampoco se tienen que esforzar mucho en que les queramos. Ahí sobresale la hazaña y el triunfo de un señor tan monotema como Fellowes (Gosford Park). Las personalidades de este largo cast, que es enorme, están increíblemente bien desarrolladas y escritas.

En la tercera temporada sobresalen Lady Edith, que es un personajazo de pies a cabeza, y la tortura que atraviesan Thomas y Tom, importantes ejes de estos últimos capítulos. Ellos tres, miserables en sus circunstancias, retratan luchas de la época pero, también, luchas actuales que hoy, por suerte, están más agradecidas. A través de un feminismo no-agresivo, de un conflicto de ideales y de las trabas de un gay en 1920 se construye un retrato desnudo de una época, de las personas y, por encima, se constituye el mejor año de Downton Abbey.

Downton Abbey 12

Ambientación exquisita y personas, que no personajes, se funden y hacen de Downton Abbey lo que es: un drama histórico con un nivelazo tremendo, un retrato de una época y un espejo de lo que éramos y de lo que seguimos siendo, a pesar de todo. Somos esclavos, somos reticentes al cambio, enjuiciamos y criticamos.

Somos como Maggie Smith (enorme, gigantesca, pedazo de actriz). En la casa de Downton Abbey, estos elementos les vienen de nacimiento a sus habitantes. Y en nuestras casas… ¿qué? ¿Perdón? El truco del reflejo, que se emplea también en la ciencia-ficción (sobre todo, en los rollos post-apocalípticos: me viene ahora a la cabeza Los Juegos del Hambre), es uno que nunca falla.


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