Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, ¡Glee!

Do, Re, Mi, Fa, Sol, La, ¡Glee!

Esto es lo que te has perdido en Glee si has estado en una cueva o en prisión. Así fue el hola de nuevo, quizás lo más gracioso que se les ha ocurrido jamás, de este exitoso-musical-de-la-Fox-que-arrasó-en-los-Globos-de-Oro con apenas trece episodios emitidos, tras su largo y tedioso parón invernal. Lo que siguió a su característico previously on continuó declarando intenciones, conscientes de que son ya parte de la cultura pop, que arrasan y molan mogollón, prácticamente una marca. Con la cabeza bien alta, Kurt, Rachel y Mercedes decían que todos les admiraban, lo triunfadores en que se habían convertido tras ganar las regionales… poco antes de bañarse en granizado azul. Porque así, y lo ha demostrado en cada uno de los capítulos de su ya finiquitada primera temporada, es Glee. Unos pringados con mucha, mucha suerte.

No lanzaré flores precisamente al escenario, más que nada por la decepción que ha supuesto su irregular segunda tanda, pero antes admitiré que soy el primero que se sienta y que se lo pasa pipa con ellos. Sus canciones, sus pasteladas sobre la moralidad adolescente (aceptar al diferente, ser parte de un grupo y al final comer perdices alrededor de una hoguera) y Rachel Berry. Pero se han metido en una bañera llena de reconocimiento y, coño, parece que están tan cómodos que no quieren salir, y eso que el Screen Actor Guild le debe de hacer daño en el hígado a Artie. Pasa que lo que he estado viendo desde abril ha sido un remix raro entre Los 40 Principales: La serie, el High School Musical más apestoso y los sueños húmedos de un desenfrenado Ryan Murphy, el mismo que travistió a Joseph Fiennes para Pretty/Handsome.

Sumamos a las carencias que ya presentaba en otoño una repetición excesiva de la fórmula, dejar olvidadas tramas que nos interesan (¡Terri!) y alternar maravillas con siestas de cuarenta y tres minutos. Eso ha sido la midseason de Glee, ni más ni menos. Abrir la boca y que te entre aire o, como mucho, canciones de excesiva comercialidad que dan pus y estrellas invitadas que podemos confundir con floreros.

Es difícil hablar de papeles desaprovechados en artistas de pelo en pecho que asoman sus cuerdas vocales por la serie, puesto que incluso los actores regulares apenas tienen momentos para lucirse (¿qué ha sido del gran Ken Tanaka?), y personajes como Santana o el Kurt de los primeros episodios hacen lo que pueden con hirientes y solitarias one-liners por capítulo. Pero traerse a gente como Jonathan Groff y darle un papel tan estúpido, Jesse St. James, es lo que yo llamo un delito contra la humanidad y una muestra de que les queda mucho que aprender y afilar, porque el fenómeno por mérito propio, creo, aún no ha llegado, y lo que ocupa portadas ahora mismo es sólo un hype excesivo de adolescentes que desean ser arañados por Taylor Lautner.

Digo, el paso de Jesse por la serie ha sido el más abrumadoramente incoherente desde los productos de dietética. Aparece en una biblioteca lleno de romanticismo, es un chico bueno, se transfiere al McKinley para estar con su chica, se va de vacaciones en plena semana lectiva y luego le tira huevos a Rachel echándole en cara que la “quería”, como si la pobre colegiala vintage tuviera la culpa de algo. Y luego, canta. Pues vale. Suena bien y es guapillo, y Groff tiene su carisma. Tres razones han valido para que no haya sido a él a quien le hayamos tirado huevos de avestruz.

Reparto de GleeReparto de Glee

La geografía me aleja unos cuantos miles de kilómetros de los escenarios de Broadway, y cuando Glee aprovecha de verdad esa cantera que se ha sacado de la nada (Lea Michelle, Idina Menzel o Kristin Chenoweth) y usan canciones a su medida, véase el Don't Rain On My Parade, es cuando adoramos Glee. Porque chavales, tampoco voy a ponerme destroyer con una serie que es efectiva con su objetivo, ser un oasis entre procedimentales autómatas e incontables imitaciones, y alcanza otros tantos sin quererlo.

Me gusta este peculiar club de niños cantores, con sus faltas. ¿Por qué? Por eso. Y porque cuando gritan Madonna sale Madonna, un cariño profeso hacia ella y hacia todo con grandes covers (mi total indiferencia hacia la sexagenaria ambición rubia no impidió que me encantase The Power of Madonna y ya esté esperando su secuela), y entonces es cuando adoramos Glee. Pero sobre todo, cuando se ponen serios, ese Home, es cuando no sabemos qué demonios es Glee, y por eso, al salirse de sus estrictas normas de “tema y moraleja” que ha arrastrado gran parte de este año, es cuando destaca.

El esquema se ha sucedido demasiado, y aunque sea uno de los flacos a arreglar para su regreso hay otros mayores, porque si nos tragamos las demandas de las asociaciones pro-vida también podemos sobrevivir a capítulos tan edulcorados. Lady Gaga, por ejemplo, que será olvidada en un par de años, es la mujer más horrorosa que he visto en mi vida y lo que canta es su distorsionador de voz. Theatricallity no sólo contradice la lección de Hairography, también da dolor de cabeza, nos incita a consumir aspirinas y vuelve a caer en su particular falla de 'SuperPop somos todos'. Eso es lo que menos nos gusta. Eso, y Emma. Quien de repente ha acabado en el exceso de su propia y ya de por sí excesiva personalidad. Pero me cabrea hablar de la anacrónica compañera de piso de Peggy Olsen, así que llegaré a una conclusión, ante todo objetiva:

Glee no es la revelación de la temporada. Para eso ya tenemos a The Good Wife e, incluso, la modesta Misfits. Tampoco es la joya televisiva que todo el mundo ha estado esperando, cual armagedón. Es lo que uno puede encontrarse en una serie con semejante título, Glee, cuyo protagonista es un profesor que tiene un extraño parecido a la obra menos figurativa de Dalí, y con una antagonista que reúne todas las directrices del Manual Oficial de Carisma Encabronada, ese que leyeron los responsables de House hace unos años. Humor absurdo. Cosas brillantes. Fracasados. Obscenidad debidamente calculada. Y una pantalla que lo retransmita todo. Junto, y revuelto. Lo que de ello salpique es sólo un poquitín de lo ya dicho.


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