Dexter: bendita locura

La línea que separa la cordura de la locura es muy (pero que muy)
delgada. Posiblemente habréis visto en alguna ocasión por televisión, en
esos programas de sucesos amarillistas y morbosos informativos e
indagantes, a señoras que se muestran estupefactas al descubrir que uno
de sus vecinos es un terrible asesino: “No pué ser, que el Antonio es mú
educado, muncho, que un día me se ofreció pa' cargarme las borsas del
Carreflús y tó
“.

No hemos de culparlas de su ignorancia, pues el Oscuro Pasajero que (en mayor o menor medida) todos llevamos dentro, aparece cuando uno menos se lo espera. Por lo que parece, hay más locos fuera del psiquiátrico que dentro… aunque yo soy de los que defienden que cada uno acaba recogiendo lo que siembra

…y Dexter ha ido sembrando mucho durante cuatro temporadas. Dile sembrando, dile sumergiendo los despedazados cuerpos de sus víctimas en el fondo de la bahía de Miami. Lo curioso es que Dexter cae simpático. Y la serie me gusta… ¡Cuánto tiempo sin escribir “me gusta”! ¡Pensaba que me había convertido en uno de esos huraños juntaletras que aprovechan su pequeño rincón en el ciberespacio para descargar las tensiones que no pueden liberar por otras vías!

Me gusta porque es una serie en la que los malos son malos, y el bueno es… peor: desalmado (aunque ha ido de más a menos), despiadado (aunque ha ido de menos a más); un justiciero implacable que únicamente se rige por el peculiar código que le transmitió su padrastro. No seré yo quien os destripe (ja, ja) las tramas y subtramas que se han ido sucediendo hasta ahora, ya que puede ser que algún remolón no se haya atrevido aún a hincarle el cuchillo diente a tan suculento menú, que incluye sangre, sudor y lágrimas. Gore, suspense, drama

Y personajes. Personajes que se escapan de los cánones convencionales, que se alejan de los estereotipos: Dexter es un psicópata-homicida-bipolar, Debra es libertina y mal hablada, Batista es un putero, Masuka es un pervertido fetichista, Quinn es moderadamente corrupto, María le hace lo que sea a quien sea para continuar ascendiendo en el cuerpo… Vamos, que ninguno cumple con el prototipo del ciudadano americano ejemplar: es más, son los que mejor se ajustan a ese perfil (Rita, la perfecta madre y esposa; Doakes, el sargento implacable; Lundy, el agente infalible) los que acaban teniendo un destino trágico e inmerecido.

“¿He sido yo?”

¿Moraleja? Que aquí no hay karma que valga: hacer el bien no es garantía de nada. La vida es cruda y en Dexter se refleja sin escrúpulos ni sentimentalismos: ¿Hay que meter la secuencia de un bebé ensangrentado? Se mete (y dos veces). ¿Hay que incluir la escena del acuchillamiento de una mujer? Se incluye. ¿Hay que enseñar tetas por exigencias del guión? Se enseñan sin recurrir a la tontería de cubrirse con las sábanas. Es triste, pero estamos en una sociedad tan hipersensibilizada que pocos son los que se atreven a ser mínimanente transgresores; por eso no puedo hacer más que alabar la valentía de Clyde Phillips (productor, guionista y alma máter de las cuatro primeras seasons) y animar (simbólicamente) a Chip Johannessen (su relevo al frente del proyecto) para que nos siga deleitando con las desventuras dexterianas por muchos años. Amén.

“¿Y ya está? ¿Este descerebrado ha escrito algo sin poner a nadie a caldo?” Pues sí, soy capaz de eso y de mucho más. Y perfectamente podría haber criticado la repetitiva estructura procedimental de cada episodio (Dexter analiza la escena de un crimen. Dexter localiza al asesino. Dexter le investiga. Dexter ejecuta a la presa en su mesa. Dexter se deshace del cuerpo del delito) o el abuso de la voz en off y de las apariciones espectrales o algún que otro giro argumental un tanto forzado (ay Rita, Rita) o la obligada presencia en cada temporada de un final boss más maligno que el de la anterior (que llegan por orden de dificultad, como en Dragon Ball)… Sin embargo, esta noche no es la noche.


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