Del 4 al 42, ¿cómo de perdido estás?

Del 4 al 42, ¿cómo de perdido estás?

Cuál es mi sorpresa al empezar a ver Friday Night Lights hace unas semanas, esa-serie-que-nunca-pensé-que-vería, que el Tim Riggins boy este se me hace una versión imberbe y tejana de Sawyer. “Bueno, si El Internado es la versión adolescente de Lost en general, pero con nazis, no pasa nada”, me dije. Y es así, no pasa absolutamente nada, simplemente es algo gracioso. Encima cae bien el tío este, que no quiere ir a ver a su amigo paralítico al hospital porque está tremendamente dolido por ello. Pero algo más divertido, y esto es una chorrada como el Partenón de grande, es que el actor que le interpreta se llama Taylor Kitsch, famosísimo por haber hecho de Lobezno un bodrio aún mayor (como el Partenón, exactamente), tiene un apellido que se ajusta a la perfección a lo que se ha convertido Perdidos en su sexta temporada. Kitsch. Matthew Fox ya tiene experiencia, hizo Speed Racer.

La serie que enamoró gracias a conversaciones entre James Sawyer y Christian Shephard en un bar australiano de mala muerte acerca lo malos que son los Red Sox es ahora, a golpe de bomba de hidrógeno, una serie en la que conversan alegremente Jack Shephard y un chino que debieron expulsar de Humor Amarillo por tropezarse en los troncos locos, y todo esto después de que le hayan electrocutado los pezones a un Sayid resucitado. Suena un poco bizarro, ¿no? Sí, un poco kitsch. Pero no me confundáis, que a mí me gusta lo kitsch. Ver cosas kitsch, qué nombre tan bonito, es como tomar LSD pero sin gastar mucho dinero, te lo pasas bien y acabas un poco mareado. Me gustó Speed Racer y todo. Pero no que se expanda por Lost, como la infección antijacobiana de Jarrah.

A lo que voy: han pasado cuatro capítulos desde que Jack mirase por la ventanilla del Oceanic 815 por primera vez, y la sensación que se le queda a un fiel seguidor (desde aquel capítulo piloto retransmitido en la Fox española en abril de 2005, y tras aguantar Paolos y capítulos de Kate con la sonrisa de tonto puesta), es de “a ver si me están tomando el pelo, ¿acaso la ABC se ha fusionado con Telecinco y yo no me he dado cuenta?” Pero también es de satisfacción, gratitud y de asombro. Cómo no va a asombrar, por mucho que se te ponga una columna de humo negro encima.

¿Echamos, entonces, la vista un poco atrás? La premiere, doble y necesaria, dejó una sensación un poco parada, algo lenta (que sí, Juliet, que estás muerta), pero llena de movimiento gracias a esos flash-sideways, lo que más nos está quebrando la cabeza y no sólo por lo difícil que resulta pronunciarlo. El templo, risible y como si Almodóvar hiciese serie B, parece la versión de bajo presupuesto, de cartón piedra de Avatar: no aporta nada, mucha gente pagaría por estar allí y a la gente en silla de ruedas le prohiben entrar. Pero confiemos en que sea una inteligente estratagema, porque con esa escena de Locke intentando bajarse de su furgón altamente mecanizado en el 6×04, tan autoparódica, y el “chiste interno” de las piedras del Némesis Crusoe, vacilando un poco a los fans que le pintan como un Darth Vader sin tunear y la eterna lucha del bien y el mal, están demostrando que por mucho drama que tenga una serie, por tantos conflictos tan maravillosamente bien llevados, no se tiene por qué tomar tan en serio (ejem, Flash Forward), aunque tengan las horas contadas y muy poco tiempo.

Jack, muy perdidoJack, muy perdido

Una tregua siempre está bien, que relaje al personal, aunque tampoco es plan de hacer un What Kate Does. Si nos quieren hacer saber que huirá y huirá por muchas realidades paralelas que halla, que nos pongan un travelling de las camas que deja sin hacer en los moteles de carretera mientras suena música de la Cinematic Orchestra y pasamos a otra cosa. O a otro coso. Jack, quizás, que nunca nos aburre. Podrá tener affairs< con pacientes, alcoholismos, padres que no le aprueban y conflictos con máquinas expendedoras, que todo interesa (lo digo en serio, me encanta Jack). El que tiene una vida aburridísima es Locke, con los típicos problemas familiares de todo el mundo, pero aún muerto es interesante.

The Substitute es un episodio como pocos, increíble cada minuto y que deja algo parecido a un orgasmo-con-tu-amorcito en la mente del espectador, que piense que ese pedazo de placer tiene algo más ahí dentro, en el fondo. Sin embargo, dentro de cada maravilloso segundo del último episodio, y creo que de la tónica que tomará la serie en su última temporada, hay algo que no me gusta, y es la “forzada” incursión de los demás personajes de sus vidas en la isla, ahora fuera de la isla, sin que ésta hubiese interferido en sus vidas. John, el real (o el alternativo, mejor dicho), se cruza en un solo día con Hurley, Ben y Rose, una neoyorquina que tiene una especie de puesto de funcionaria en Los Ángeles.

Sabemos que de no ser por bañarse en la fuente de la vida o ser disparado por hombres malos, Ben hubiese sido un nerd que enseña Historia y no un nerd con dos huevos y mala leche, pero nos sigue dando picores en el bigote tal casualidad, por mucha causalidad que haya en el tema. Ocurre lo mismo que en capítulo anterior: ¿qué posibilidades hay de que Ethan se interesase también por la medicina sin conocer la isla, y que trabaje en un hospital de LA, y que sea el médico de Claire? ¿No hay más ciudades en América? Y otra cosa: ¿qué posibilidades hay de que el mismo espermatozoide esté zarandeando por los asentamientos de Horace el mismo momento fuera y dentro de la isla, si las condiciones exógenas son diferentes? ¿Cómo se conocieron Horace y esposa, si no trabajaron juntos? Probabilidades pocas, destino mucho. Y ficción también (lo mismo que gilipolleces rebuscadas, la verdad). De todas formas, es un juego muy divertido, para guionistas y espectadores. Apuesta para el próximo episodio: Jack se choca con Claire. Y sale John Terry. Tiene que salir John Terry.

Claire, por cierto. Y aquí acabo mi reflexión de este inicio de temporada, sin función ninguna ni finalidad porque no saco una conclusión exacta (sólo que hay cosas muy raras y otras muy brutales). Claire Littleton. Es guapa, pero lo es más Leven Rambin, una especie de gemela bastarda suya. Es guapa, sí, pero disculpadme, es una actriz pésima. Tenía que decirlo: amé a Claire las primeras temporadas, y su mantequilla de cacahuete, pero tras la muerte de Charlie se hizo tonta. Ya me mosqueaba que tuviera el pelo perfecto estando en una isla sin planchas, pero recuperarse tan rápido después de que un hombre diese su vida para salvarla (de algo que no llegó a ocurrir), y tener divertidas conversaciones con Kate entre sábanas blancas de Ausonia mientras Miles tenía una granada en la boca (horrible Eggtown), no tenía precio. Y lo peor fue cuando reaccionó tranquilamente al ver a su padre delante de ella, en una hoguera. “¿Papá?”, dijo, y no la volvimos a ver. Doy gracias por ello. Al final del 6×03 la volvimos a ver. Final predecible, sí, pero algo fue verdaderamente impredecible: no estaba peinada. Algunos ya la califican como la nueva Rousseau. Veremos por dónde van los tiros. Y eso sí, viene con ironía (pobre Aldo).

En definitiva, la sexta temporada de Lost me gusta (¿Y a mí que me importa si te gusta? dirá algún anónimo). Tiene cosas que se escapan a nuestra compresión (templos, cuántas arrugas le han salido a Jack), y otras que entendemos (Josh Holloway luciéndose como nunca, porque puede), y luego está Ilana. ¿Quién demonios es esa? Pero lo que está claro, por muchos niños alemanes que persiga el Hombre de Negro por la jungla, es que tenemos que tener la mente abierta. Y los corazones llenos. Can't lose. No ahora.


Categorías: Lost Opinión Perdidos Series Etiquetas:
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