Confesiones de un adicto

Confesiones de un adicto

Hola, me llamo Lenam. Bueno, no me llamo Lenam, pero es que me da vergüenza admitir que soy adicto. No, no me drogo… normalmente: sólo mientras escribo. Y en las bodas. Y cuando estamos en fiestas en el pueblo. Y cuando me invitan, también. Y es que todas las adicciones empiezan igual: a la primera te invitan… y luego caes. Porque no te cuesta nada. Ahora estaba hablando de los yonkis de series, no de los otros. Mi vida era normal: tenía amigos, un tono de piel moderadamente bronceado y unos ojos llenos de luz… Hasta que me metieron en el turbio y oscuro mundo de las series:

  • Camello de series: Shht, shht
  • Yo: ¿Ein?
  • Camello de series: Tú, ¿quieres probar la mercancía que tengo?
  • Yo: Es que no llevo dinero encima y…
  • Camello de series: Tranquilo; te regalo el episodio piloto de Lost, que me has caído bien…
  • Yo: Hombre, si es gratis…

Ver el piloto de una serie no cuesta nada: “Total, sólo es UNO”. Sabes que no: ves el primero y te quedas con el mono. Deseas ver cómo continúa la cosa. Empiezas a acudir puntualmente a tu cita con el camello (o con la mula). Ya estás perdido: el vicio se ha apoderado de ti. Sin embargo, con el tiempo, vas desarrollando una tolerancia a tu dosis semanal, y sientes que necesitas nuevas sensaciones. Y te pones a probar de todo: “¿Prison Break? Me gusta el rollo carcelario; ¿Breaking Bad? Me gusta conocer el mundo de la droga desde otra perspectiva; ¿V? Me gusta la nostalgia ochentera; ¿Flashforward? Me gustan las comedias de enredo…” Y así vas acumulando, vas sumando… y tu tiempo se va restando:

  • Amigo: Oye, vamos a Salou a ver si encontramos alguna cachonda de esas que aparecen en los vídeos de las fraternidades americanas. ¡Sí! Aquellas a las que les pides la hora y te enseñan las tetas…
  • Yo: No puedo, es que tengo un maratón…
  • Amigo: ¿Desde cuando corres?
  • Yo: Corr… ¿qué? Tengo un maratón de Dexter, que me he bajado todas las temporadas y necesito verlas para tener algo de qué hablar en la oficina.
  • Amigo: ¿Estás bien?
  • Yo: ¡Claro! ¿Tú crees que no? ¿Crees que sería mejor que acudiera al médico? ¿Qué diría el Dr. House de mí? ¿Será Lupus?

Nunca es Lupus. Y los drogadictos nunca admitimos nuestra enfermedad. En mi caso, los síntomas fueron: abstracción de la realidad, pérdidas de orina (creedme; es imposible ver todas las temporadas de Dexter del tirón con el actual modelo de bufeta que poseemos los humanos), decoloración cutánea (se puede proyectar una película en mi cara, cual pantalla de cine) y fotosensibilidad. Aclaro: la luz la tolero, lo que no soporto son las fotos que pueden spoilearme el visionado del siguiente capítulo de mi serial preferido.

Actualmente estoy mejor de lo mío: toqué fondo el día que me planteé engancharme a series nacionales del calibre de “El Internado” (la versión apócrifa de Lost) o “Los Protegidos” (la adaptación cañí de Heroes). Por suerte, los compañeros de la Doble D me adoptaron como un hijo: aceptaron ser mis tutores legales y decidieron cederme una parcela de su espacio virtual como terapia, para que me desahogara. Es la última fase de mi tratamiento. ¿Terapia? ¿Tratamiento? In treatment. ¡Me han hablado tan bien de ella! Creo que dejo aquí el post para poder irme a ver el episodio pilo… Digo, a trabajar. Trabajar. Eso.


Categorías: Series
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