Camelot al desnudo

Camelot al desnudo

Vete y vive. O quédate y muere. El final del episodio piloto de Camelot, el nuevísimo intento de Starz por ser sangrientos, rompedores e históricos, termina de manera brusca y diciéndonos: mira lo que acabamos de hacer. Somos capaces de hacerlo. Eh. Pringados; yo, sin ser muy fan de su otro genio y figura, el esclavo Spartacus (de la sangre y de la arena, porque de todo lo demás es más libre que un pájaro), porque han sido dos intentos y otras dos rendiciones, puedo y creo que sé apreciar que en Camelot, por mucho mago calvo y víctima de continuadas apoplejías que haya, hay material que puede convertirla en imprescindible. De primeras, el conflicto que estalla en los últimos quince minutos del primer capítulo es genial y es grande, y lo mismo me da la profecía esa sangrienta y apoteósica. Está chulo. Pero hay mases, y también hay más menoses. En fin, ¿merece la pena reconstruir Camelot? Pongo la primera piedra.

Al principio, me dije que no. Así, en silencio, viendo a Uther Pendragon morir. Que no. Rotundamente. Camelot es una basura. Palabras de mi faceta fan de lo mitológico, la infantil, la que enfatiza con la Edad Media aventurera e inocente, la que jura por Zeus que Merlin, la de BBC, la de Anthony Head siendo el mejor Uther de la historia (e Historia, ya puestos), es una caña y que me encanta. Por qué, por lo que es: inocente y mágica. En los títulos de crédito de Camelot vemos el perfil de un unicornio, pero lo que se ha visto en los cinco minutitos previos nos hace reir al ver eso, a un caballo con un cucurucho de la heladería que está a dos metros del estudio. Porque esta serie es cínica, malvada, y por tres huevos que pone mi gallina, no cree en Papá Noel. Y quien no cree en Papá Noel, bajo ningún concepto, puede creer en los unicornios. Palabra de Scout. Zombi.

Camelot no es fiel a ese tomo viejo, páginas amarillentas inclusive, que una vez leí de la mano de Chrétien de Troyes: El Rey Arturo y los Caballeros de la Mesa Redonda. Merlin, la que a mí me mola, tampoco, pero están en la misma línea de somos honrados y vamos a ser buenos. Es una mentira, porque de haber existido hubiesen arrasado con todo los muy salvajes, pero es piadosa y nosotros nos la creemos porque queremos. De Troyes escribió en el siglo XII lo que ahora tacharíamos de Manual de Ganarse a Escrivá de Balaguer, y eso ahora está mal visto, pero se puede ser una cosa, se puede ser otra y otra también. La serie de Joseph Fiennes es una señora que trabaja de prostituta y que, cuando llegan las siete de la mañana y acaba su turno, vuelve a casa para despertar a su hijo. Es sucia y es noble. Es una matona de Primaria que luego come un bollicao en su casa. Es tosca y sabe bien. Y es una arriesgada mezcla de cosas gratuitas, afortunadamente libres de la maldita estética 300, y de cosas que demuestran ser absolutamente arriesgadas y admirables. Matar a una madre es fabuloso. Y si te jode, es porque Camelot ha jugado bien sus cartas.

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No me quiero exceder, tampoco emitir juicios precipitados (ya me quiero ver el 1×02, el 1×03 y los que vengan), pero la primera entrega del último estreno de Starz me ha dicho eso y ha sido sincera en su desarrollo. Conocemos a Arturo como un joven con desparpajo, curioso y valiente, pero lo hacemos viéndolo besuquear a una joven desnuda, y por qué, porque sí; luego grita desesperado. El chico no es un sex symbol, para él abdominales es latín. Y Merlin se pone el choto y medita, mientras va de misterioso; y para conseguir ese efecto no actúa (lo mejor de Fiennes es que es un estratega sin darse cuenta de ello), sólo se pela una manzana y se la come, también en silencio. Nuestro yo entusiasta aplaude, y nuestro yo adulto baja la mirada mientras silba otra cosa: vaya ridículo. ¿O vaya guay? También necesitamos eso.

La serie tiene una gran ambientación, técnicamente saca nota, sus personajes tienen el punto y potencial para ser tridimensionales. Todavía no hay magia, pero se siente en el ambiente. A mí, pues sí, me ha gustado. ¿A ti?


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