Anatomía: Las tiritas cubren las heridas de bala

Anatomía: Las tiritas cubren las heridas de bala

El díptico que metió a un señor con un bigote y un arma bien cargada en el hospital de Derek Shepherd (Sanctuary y Death And All His Friends, doble cierre para una sexta temporada poco estimulante) fue para Anatomía de Grey lo que Toy Story 3 ha sido para el cine de palomitas este verano. Algo que marcó la diferencia, algo que levantó la moral y algo que logró emocionar y pegar a la pantalla. TV Guide y otras tantas letrinas de la tele estadounidense meten al célebre tiroteo de Gary Clark entre lo mejor del año en sus listas, porque supuso todo un evento en cuanto riesgos de guion y cojones interpretativos, y ahí aplaudamos a Chandra Wilson y otras acompañantes médicas de bisturíes tomar. Sin embargo, aparte del puntual entretenimiento bestial, lo que verdaderamente despunta son sus efectos a largo plazo. Hacer limpieza general en el Seattle Grace Mercy West ha pasado de lo más puramente literal, y cruel, vaya si cruel (adiós, extras), a crear la etapa más sana en la serie desde que pusimos el grito al cielo afirmando que Grey's Anatomy se había llenado de basura hasta el gorrito. Que, por cierto, ¿cuándo fue eso?

El jueves pasado, la serie regresaba a la parrilla con Disarm, que se anunciaba arrítmico y la unanimidad general ya ha sufrido el infarto. Ha cogido, nos ha dado una patada, nos ha tirado la pistola al suelo y ha dicho: yo nunca me he marchado. Muy Chuck Norris, muy intenso, muy demasiado perfecto.

Directamente a su cara partida en dos, McDreamy miraba a un paciente y le decía, sin titubear ni chorradas, que aquel dolor que sentía no era el de la muerte. Era el de la curación, el de la victoria. En aquel momento, la primera entrega de la séptima temporada, todos estaban así de dolidos, de machacados y de jodidos. Lexie había tenido que dormir cincuenta horas seguidas, loca. Derek, después de saborear los aceros de la Muerte, no le temía a la muerte. Bailey se pegaba con cinta y pegamento y huía. Alex curaba sus heridas. Incluso mucho más tarde, en el estupendo Slow Night, So Long, descubriríamos la culpabilidad que siente un cada vez menos desdibujado Jackson por haber vivido, y que ni Charles ni Reed lo hubiesen logrado. Y las fístulas, por Dios bendito, ese bastardo al que reza Bailey. El puñetero sentimiento del superviviente, que en Disarm cicatriza y cierra trece episodios magníficos, pero de verdad fenomenales, sobre lamerse la patita y sobrepasar el trauma que te ha metido la metralla en el corazón. Dice Krista Vernoff, responsable de este pedazo de gran televisión, que tuvieron más pelea de la habitual con los expertos médicos a la hora de meter esos momentos frívolos que bajaran los niveles de tensión, como esa risa en las galerías o la pelea a lo WWE de Karev con Stark, una ligereza necesaria y que, como se comenta, es propia de la anatomía más Grey.

Reacción habitual. Reacción habitual. “Odio este lugar,” dice Stark. Nosotros también a ti, machote…

Pero lo que hace de Disarm un capítulo tan genial, tan emocionante, es que no está entre nosotros con excusa, el gran defecto que arrastra la serie desde hace varias temporadas. No es el resultado de una fructífera huelga de guionistas, no celebra ningún mérito centenario ni pone el punto en la boca de una temporada. Está aquí porque es donde debe estar, y esto de recuperar la orientación, que conduce nuestro coche al albergue extremeño que llevamos buscando durante cierto tiempo, sienta bien. Lo de la séptima temporada ha sido de una intensidad brillante, y le decimos gracias a Gary Clark y a que Shonda Rhimes probablemente dijo basta: tiremos la casa por la ventana.

Y a Cristina Yang por el barranco. De este año critican y dicen que deberían cambiar el apellido del título, porque la función y los planos se los ha llevado ella siendo camarera, agazapándose bajo la mesa de operaciones y yendo a pescar. Lo cual, permitidme, es pecar de vagos. Qúe es de una serie de personajes sin evoluciones drásticas, y qué sería de Sandra Oh sin lucirse. Cristina queriendo ser una chica normal, lo que nunca pudo ser porque nunca lo será, es una de las tramas más inspiradas que ha tomado la serie y me encanta. En Disarm aparece en una ambulancia con la mano metida en el tórax de un asesino en masa, pero ya os cuento que la cicatriz siempre permanece en el pecho. Aún le queda mucho por vomitar.

Anatomía de YangAnatomía de Yang

En la séptima temporada, muchas series acaban víctimas de la fatiga. Ésta lo ha hecho de la finale del último año… y a la premiere resucitó. Es pensar en With You I'm Born Again, Shock to the System o Superfreak y el acérrimo fan se enorgullece del paso que ha tomado Anatomía de Grey. Un camino maduro pero al que le gusta subirse por los bordillos, experimentar, poder llevar un equipo de documentalistas al hospital y traer a Mandy Moore de vuelta simplemente para que un par de episodios después conozcamos a una chica de la morgue a la que tenemos que maldecir. Y las fístulas, por Dios, las fístulas.

Y ahora que han salido de la UCI, ¿qué? Este jueves se emite Start Me Up, que vuelve a enfrentar a Arizona, arrepentida, y a Callie, cabreada. Tener un hijo, Jessica Capshaw, es lo mejor que le ha pasado a la anodina relación de vuestros personajes. Un minipunto más, venga, que estamos generosos.


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