Unas torpes pinceladas de Carnivàle

Carnivale

Aunque lo parezca, no hemos viajado en el tiempo a principios de la década. Ni hemos perdido la razón, porque nunca la hemos encontrado. Ni hemos cumplido los 30 y nos hemos puesto nostálgicos, aunque algunos están muy cerca. En realidad, hemos cogido el DeLorean para darnos un paseíto por las mejores series de los últimos años, como habéis comprobado. De ahí que Band of Brothers tenga las reviews más desactualizadas de la historia y que a mí, en un ataque de responsabilidad o de indignación, aún no lo tengo claro, haya decicido comentar el final de Carnivàle, entre otras cosas, seis años después de su emisión. Así me gusta, me dirían los profes de la carrera, siempre apostando por la inmediatez y la actualidad.

Carnivàle es un mito. Es una de esas series que cualquiera que se las dé de experto, como yo entre mis colegas, tiene que haber visto. Yo nunca me había decidido, en parte porque lo de “gente en un circo con poderes” me recordaba a Heroes, en parte porque el pack de las dos temporadas costaba 59 euros. Hace tiempo que he establecido un compromiso con la sociedad y conmigo mismo: no descargar series antiguas, comprarlas. Así que por desconfianza o por la crisis, no me había puesto con Carnivàle. Hasta que mis padres me regalaron para Navidad las cinco temporadas de The Wire… por separado. Fui a cambiarlo por el pack completo y el destino quiso que me sobraran 59 euros (en realidad era menos, pero así queda más poético) que decidí invertir en la muy recomendada serie de gente en un circo con poderes. Y puedo decir que, después de la camiseta del Barça y de la Selección, es la mejor compra que hice en 2010.

Carnivàle, como os imagináis y yo comprobé después, es mucho más que la historia de un circo. Es la historia de un circo americano en plena depresión post crack del 29, con referencias constantes y sutiles a personajes o acontecimientos de la época. En ese contexto aparece la historia de un enano gigante, de un jugador de bésibol sin rodilla, de una bailarina que sueña con Hollywood, de una vidente que nunca predijo su futuro, de un sirviente de Dios tentando por el diablo o de un ex convicto llamado Ben, protagonista involuntario, sobre el que recae la responsabilidad de salvar a la humanidad. Y es que detrás de este armazón, sutilmente encajado con metáforas, tejido con una delicadeza y un encanto acojonantes, se cuenta la eterna batalla entre el bien y el mal. Esa narración es tan personal que, aparte de plantearte si los que están detrás de la historia eran guionistas o pintores franceses que vivìan en áticos al lado del Sena, da pie a tantas interpretaciones como bocas ven la serie.

De haber explotado un par de años más tarde, de haber coincidido con el fenómeno Lost en Internet, Carnivàle habría sido una generadora de teorías, de blogs como éste o de páginas que inspeccionaran hasta el último detalle de cada escena. Porque hasta en el último detalle de cada escena, Carnivàle tiene algo que ofrecernos. En cualquier caso, todo lo que pueda decir, aparte de estar desactualizado, sería lluvia sobre mojado. De esta serie creada por Daniel Knauf se puede hablar durante horas de la música, del vestuario, del maquillaje, del excepcional trabajo de los actores, de la simbología, de religión, del tatuaje de Justin, del poder de Ben, del escote de Rita Sue, de la terrorífica estampa de Apollonia, de las caricias de Lodz a la mujer barbuda, de lo tarde que conocimos a Adrianne Barbeau, de la memorable interpretación de Clancy Brown o de los entrañables y determinantes Jonesy y Samson.

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Pero hoy me apetece hablar de su final, de ese final tan fiel a la forma de proceder de la serie, tan metafórico y tan cargado de símbolos, pero tan abrupto como el que dobla en una esquina y se encuentra con un precipicio hacia el infierno, nunca mejor dicho. Un final tan maravilloso para cerrar la segunda temporada (oh my God, Sophie!) como irreverente, impropio e indigno si lo entendemos como final de serie. Para entender el impacto de la cancelación de Carnivàle, tenemos que ponernos en situación. Daniel Knauf había concebido la serie para seis temporadas, que HBO debía renovar año a año. Al final de la segunda, con la mayoría de tramas principales abiertas, se filtró que la serie no continuaría, una noticia que no perturbó la tranquilidad de los fans, tanto por la enorme calidad de la serie como por la confianza en HBO. Sin embargo, pocos días después la cadena anunció su cancelación. Chris Albrecht, presidente de HBO, se excusó en los altos costes de producción de la serie, cuyos episodios costaban más de dos millones de dólares. Se inició entonces una campaña de quejas y peticiones por parte de los fans que inundó las oficinas del señor Albrecht, que en menos de una semana recibió 50 mil mails. Knauf buscó alternativas de supervivencia (cambiar de cadena, hacer spin offs), pero HBO tenía los derechos del argumento y los personajes, así que ninguna propuesta salió adelante. Tampoco la oportunidad que la cadena le brindó a Knauf de cerrar la serie con una película de tres horas. Insuficiente a todas luces para una serie poco acostumbrada a darse prisa.

Me imagino la sensación de impotencia del que siguió la serie en su día y es comparable a si, al final de la tercera temporada de Lost, nos hubieran dicho que ABC había decidido cancelarla. Pensad en la histeria colectiva que habría generado saber que Jack y Kate estaban fuera de la Isla sin saber cómo ni por qué y sin cerrar el destino del resto de personajes. Algo así, quizás no tan exagerado, es lo que sucede en Carnivàle, a pesar de los esfuerzos de Daniel Knauf y el equipo de guionistas de la serie por explicarnos el destino de Ben, Justin y compañía. Pocos meses después de su cancelación, los responsables de Carnivàle dejaron unas torpes pinceladas de lo que habría sido la tercera temporada si HBO no nos la hubiera arrebatado.

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La historia se habría retomado cinco años después del final de la segunda temporada.
Jonesy se habría recuperado del disparo de bala gracias a Iris, la hermana de Justin. De hecho, la tercera temporada habría arrancado con una escena de Jonesy jugando en la Major League Baseball. En la grada estaría animando su mujer Libby y el hijo de la pareja. Al parecer, la idea es que Sophie no disparó a matar a Jonesy, sino para evitar que se la llevara con él al circo. Por lo que respecta a Sophie, la última escena de la serie no deja lugar a dudas: al ser el mal, tiene la capacidad para dar o quitar la vida, de ahí el despertar de Justin. La tercera temporada se habría centrado en ella, en su lucha interior entre las fuerzas del bien y las del mal. Y su destino final no lo habríamos conocido hasta una supuesta cuarta temporada. Finalmente, tanto Ben como el propio Justin perdian peso en el desarrollo de la serie. De hecho, la figura del cura habría quedado en un segundo plano, eclipsado tanto por Sophie como por Iris. Y las heridas de Ben del último episodio le habrían privado de su poder de sanación, pero no de su innata capacidad de liderazgo. Hawkins se habría convertido en una figura parecida a la del antiguo jefe del Carnivàle, aunque perseguido por su relación sentimental con Sophie. Un verdadero amor imposible. Para completar (entiéndase la cursiva) los huecos que dejó el final, Knauf trató de explicar la complicada mitología de la serie, aunque sus intentos no fueron más que migajas para sus hambrientos seguidores. Castillos en el aire.

Poco después de su cancelación, e incluso durante la serie, el propio Daniel Knauf se implicó en foros no oficiales y fomentó el contacto con los fans, que respondieron con una convención paralela a la Comic Con y que tuvo lugar meses después del final: CarnyCon 2006. Aunque estaba organizada por fans, insisto, la mayoría del reparto original asistió a la cita, sumándose a la legión de seguidores indignados y defraudados con HBO. No fue tan benévola parte de la crítica, que tachó la serie de aburrida, compleja, exigente y frustrante, en especial su primera temporada. Excéntrica como la que más, Carnivàle pasó a la historia como la serie cancelada, lo que contribuyó a agigantar su leyenda. Sin embargo, esa descripción también la ha alejado de muchos seguidores, que se niegan a estrechar lazos con una serie que los dejará abandonados. A todos esos, les recomiendo que merece la pena el sufrimiento final. Carnivàle funcionará como un amor de verano: intenso, fugaz, inolvidable. Sobre todo, inolvidable.


Categorías: Carnivàle Opinión

33 comentarios

  1. María Patricia

    Serie maravillosa, siento nostalgia cuando leo algo de ella y cólera –aún- al saber que fue cancelada. Que no tuvo un final, aunque algunos digan que si se puede considerar ese final como el final. Nunca, no es posible que solo leyendo el primer tomo de un libro –siendo de tres- se diga que ya se leyó todo.
    Si hubiesen puesto que Jonesy no murió hubiese sido grato, era un personaje agradable, pero para mí Sophie no solo disparo para que no se la lleven sino a matar, esa era una prueba del mal que ella encarnaba.
    Es una pena lo que le hicieron a la serie, y hay otras que son mamarrachos y duran años de años. Son sobrevaloradas, mistificadas, puestas como iniciadoras del boom de las series cuando lo único que hicieron fue convertirlas en un producto de consumo masivo con una receta simplista, pero que siempre les da resultados.

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