“True crime” docuseries: ¿crimen y castigo?

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Desde que The People v. O.J. Simpson: The American Crime Story arrasó en los Emmys de este año ya es oficial: el genero de crímenes reales está de moda. Prueba de ello es que esta antología vaya a estrenar dos nuevas temporadas en el próximo año, o que USA network esté preparando una serie similar titulada Unsolved sobre el asesinato sin resolver de los raperos Tupac Shakur y Biggie Smalls, y que la NBC prepare otra titulada Law & Order: True Crime, basada esta en el caso de los hermanos Menendez. Sin embargo, al éxito de ACS vino emparejada la serie documental de seis capítulos O.J.: Made in America (ESPN), que se estrenó en agosto de este año con gran éxito, y a la que seguirá Hard Evidence: O.J. Is Innocent (Investigation Discovery), comenzando una nueva antología. Estas series documentales tienen su máximo exponente en Making a Murderer (Netflix) o The Jinx (HBO), obras que se ciñen a exponer la realidad y que han tenido amplias repercusiones en el mundo real. Pero no estamos hablando del típico documental que podemos encontrar haciendo zapping, y que nos incita a seguir pulsando compulsivamente el botón; nuestro formato favorito lo ha vuelto a hacer, y ha llegado la era dorada de lo que podríamos llamar docuseries sobre crímenes reales. ¿Les hacemos un juicio rápido?

El crimen es algo inherente al ser humano. Allá donde haya un grupo de personas, por desgracia, antes o después se cometerá algún acto atroz que nos haga plantearnos nuestra propia humanidad. Pero es que dentro de cada uno de nosotros hay algo oscuro y los actos que calificamos como deplorables nos atraen. Llámalo morbo o sensacionalismo, o quizás sea simplemente que queremos conocernos mejor a nosotros mismos, nuestros límites, así como los de quienes nos rodean. Películas y series (así como las novelas) se han alimentado desde siempre de esa sed de sangre, llenando la parrilla y las carteleras de historias que emulan asesinatos, violaciones, torturas y todo tipo de vejaciones físicas y psicológicas. Eso ha asegurado el éxito de series míticas como CSI: Donde sea, Mentes Criminales, True Detective, Dexter o Hannibal, por citar tan solo unas pocas. Algunos recordaréis incluso Se ha escrito un crimen o Ley y Orden. Pero por supuesto, todas ellas beben de una base real que alimenta las intrincadas tramas ficcionadas, obtenidas de noticias a veces demasiado gráficas y explícitas, que despiertan en nosotros algún tipo de respuesta visceral (si no sufrimos ninguna psicopatía). Y es ahora cuando nuestras amadas series se han empeñado en ejemplificar cómo la realidad supera siempre a la ficción.

Las series documentales o docuseries no son nada nuevo. Hace un par de años, sin ir más lejos, Neil deGrasse en Cosmos: A Spacetime Odyssey nos deleitaba con las maravillas de nuestro universo, tras haberlo hecho el gran Carl Sagan en los ochenta con la serie homónima. Innumerables canales de documentales han realizado las más increíbles piezas, separadas en varios episodios, donde se nos muestra la naturaleza, la historia e incluso la tecnología de una manera muy atractiva. Ahora parece que le ha llegado el momento de explotar el filón de los “True crime”, encontrando piezas que nos mantienen pegados a la pantalla, asombrados y aterrados, de que todo lo que estamos viendo es real.

El género de los crímenes reales no es tampoco una novedad. En 1996, por ejemplo, la HBO ya realizó Paradise Lost: The Child Murders at Robin Hood Hills, una película documental donde trataba el seguimiento de un caso donde tres niños fueron sentenciados por el asesinato de otros tres menores. Esta producción tuvo dos secuelas, Paradise Lost 2: Revelations en el año 2000 y Paradise Lost 3: Purgatory que salió al aire en 2011, siguiendo todo el proceso. La repercusión mediática fue tal que contó con el apoyo de Metallica, el propio Peter Jackson se interesó, produciendo un extenso documental llamado West of Memphis en 2012, y también se tradujo en una mala adaptación Hollywoodiense que mejor ni nombrar. Hay muchos más ejemplos, que no vamos a desarrollar aquí, aunque sí cabe reseñar una constante evolución en el género y la interacción entre obra y realidad. Ahora, sin ahondar demasiado en la trama, ya que es en el desgrane de ésta es donde reside gran parte del encanto, repasemos algunas de las docuseries emitidas en los ultimos tiempos.

The Jinx

En marzo de 2015, la HBO estrena The Jinx: The Life and Deaths of Robert Durst, una miniserie de seis episodios donde Andrew Jarecki captura la vida del controvertido multimillonario neoyorquino. Jarecki, director y productor, contactó con quien fue considerado sospechoso principal de las muertes de tres personas cercanas, tras realizar una película sobre él en 2010 (All the good things). Sin entrar en más detalles, la docuserie The Jinx nos muestra el desarrollo de la investigación por el director y su equipo, haciéndoles a su vez coprotagonistas de la historia. La propia entrevista a Robert Durst sobre la que se articula la docuserie resultó en una prueba utilizada por la justicia, lo que ha generando gran controversia.

Cada capítulo nos relata un episodio distinto de la vida de este gafe (que es lo que literalmente significa jinx), en una mezcla de entrevistas a los implicados, grabaciones de los diferentes juicios y escenas del crimen, así como cuidadas reconstrucciones de corte cinematográfico. Todo ello nos transporta en un viaje entre el pasado y el presente que va más allá del simple documental, en un guión que vira entre el espacio y el tiempo como nuestra opinión sobre el sospechoso y su posible inocencia.

Making a Murderer

Más tarde, en diciembre de ese mismo año, se estrena Making a Murderer en Netflix, una entrega de 10 capítulos que engloban una década de la investigación realizada por Laura Ricciardi y Moira Demos. Ambas siguen la noticia sobre la acusación de asesinato que recae sobre Steven Avery, quien habia sido exonerado por unas pruebas de ADN poco tiempo antes ante un cargo de violación. Tras haber cumplido condena por un crimen que (presuntamente) no cometió, eran muchas cosas las que se ponían en duda.

Durante toda la docuserie nos planteamos verdadero carácter de Avery, todo un redneck de Wisconsin, y su implicación en los sucesos que tuvieron lugar posteriormente que acaban implicando a su propio sobrino. La obra sin embargo se centra en el propio sistema legal, ya que durante el casose alza una sospecha bastante razonable sobre si la propia policía estaría incriminado a un pobre infeliz para cubrirse las espaldas. Las directoras acordaron con su familia el hacer el seguimiento de todos y cada uno de los siguientes y rocambolescos sucesos, con entrevistas exclusivas, que se completan con la inmensa obertura mediática, ruedas de prensa y los propios juicios. Si Jinx tenía tintes cinematográficos, MaM es realidad pura, que nos muestra todo mediante una poco habitual y extensa cobertura desde el punto de vista de la familia del acusado, prescindiendo de reconstrucciones al uso. Tanto ha sido el éxito y repercusión del documental, que se espera una segunda temporada que cubra el actual desarrollo del caso.

Made in Netflix: Audrie & Daisy y Amanda Knox

Siguiendo el tirón, Netflix ha continuado apostando por el tema aunque esta vez en formato de dos películas de hora y media de duración: Amanda Knox y Audrie & Daisy. Quitando su presentación episódica, estas obras estrenadas en septiembre de este año se semejan mucho a las anteriormente mencionadas (aunque para el caso de Netflix que pone a disposición temporadas enteras de una vez, esto no es más que una diferencia formal).

Amanda Knox es una estudiante americana que en 2007 se marchó a una pequeña ciudad de Italia a continuar sus estudios. La joven de unos escasos 20 años se ve envuelta en un proceso judicial de transcendencia internacional al encontrarse muerta a una de sus compañeras de piso de origen británico. El documental, además de presentarnos unas vistas preciosas de Perugia y Roma, hace una reflexión muy interesante similar a la que intento hacer en estas líneas. Por otro lado, Audrie y Daisy son los nombres de algunas de las chicas que, siendo menores de edad, fueron víctimas de abusos sexuales convirtiendo su vida en pesadilla cuando los hechos transcendieron en las redes sociales y la prensa. Este es uno de los pocos que se centra en las víctimas en lugar de los perpetradores del crimen, algo que se echaba en falta.

Siendo docuseries muy diferentes, podemos encontrar en todas ellas elementos comunes. El hilo narrativo, quizá para aumentar la sensación de objetividad, está sostenido únicamente por entrevistas y grabaciones de las personas directamente relacionadas con los casos; prescindiendo de un narrador y siendo sus voces las que hábilmente montadas nos guíen a través de los hechos, acompañadas casualmente con algún texto y grabaciones de la cobertura mediática (noticiarios, periódicos, revistas), que es muy intensa en todos y cada uno de los casos. The Jinx es especial respecto a esto, ya que los propios realizadores de la docuserie se vuelven parte integrante del caso al presentar como pruebas a las autoridades las declaraciones del protagonista y acusado.

Las puebas no aseguran el éxito. El jurado va a seguir la narrativa que tenga más sentido. Nosotros estamos aquí para contar nuestra historia y nuestro trabajo es contar esta historia mejor que la otra parte cuente la suya

Esta frase, que pudo salir o no de uno de los abogados defensores de O.J. Simpson, y que en efecto sale del actor que le encarna a Johnnie Cochran en ACS, ilustra perfectamente lo que los creadores de estas docuseries pretenden. Unas veces con más o menos intensidad, bien centrándose en las víctimas o los supuestos culpables, nos señalan las “presuntas fallas” del sistema policial y judicial americano y el impacto que éstas suelen tener a la sociedad. Esto viene marcado con una clara apelación a los sentimientos, mostrando casos en que los medios se han ido haciendo eco con un gran número de personas localizándose claramente a a favor o en contra, y emitiendo juicios de valor.

No quieres estropear una pelicula de conspiraciones perfecta con lo que pasó en realidad… y definitivamente no provees a la audiencia con la evidencia que el jurado consideró para tomar una decisión”

Ken Kratz, fiscal del caso Avery

Lo que buscan con estas piezas es ofrecernos unas historia basadas en hechos, mostrada de una manera más o menos objetiva, pero sobre todo entretenida (las audiencias mandan), para que seamos los espectadores quienes ejerzamos de jurado y valoremos si realmente el crimen ha recibido su castigo. Aquí es donde la cosa se vuelve complicada, ya que todos somos humanos, y si la objetividad absoluta no se encuentra ni en la autoridad responsable de llevar esos casos, no la vamos a encontrar en los guionistas, directores y productores (que en ocasiones son la misma persona). Estos tienen sin duda su propia opinión y quieran o no ésta queda patente en su obra. Raramente se afirma si esto u otro ocurrió, si tal o cual persona es culpable o inocente, pero el guión queda impregnado (como ocurre con la prensa) con un inevitable posicionamiento.

Los hay que me creen inocente y los hay que me creen culpable. No hay término medio (…) y esa es la pesadilla de cualquiera. O soy una psicopata con piel de cordero o soy alguien como tú”

Amanda Knox

Eso nos hace cuestionarnos a la propia audiencia, como si realmente estuviéramos en el papel de uno de esos ciudadanos anónimos con la responsabilidad de representar a la justicia, si creernos a los que a veces en el papel de abogados y otra de fiscales nos trasmiten con su historia. Cuestionarnos nuestra capacidad de juicio, el sistema de justicia que a pesar de ser distinto no es completamente ajeno, y el comportamiento de la sociedad y los medios, y por qué no, de la propia naturaleza humana. Esa reflexión es lo que verdaderamente marca la diferencia en estas docuseries, donde el hecho real nos obliga a cuestionarnos esos juicios de valor que hacemos tan despreocupadamente cuando se trata con temas ficcionados, y que a veces también cuando no. La realidad aquí es todo el sustrato, que en otros formatos solo es un poso. Y eso es lo que nos mueve más, aunque en ocasiones nos cueste separar ficción de realidad, perdonamos el escaso cuidado estético. Pero es que la realidad habitualmente no es tan bonita como la pintan… ni tampoco tan fea como la pintan algunos.

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El apartado artístico es difícil valorar cuando gran parte del metraje proviene de tomas que se han grabado más para su registro documental que para ser exhibidas públicamente. Sin embargo, el guión suele ir apoyado por sobrias infografías y rótulos minimalistas que nos muestran visualmente datos, secuencias temporales o pruebas, para que se graben en nuestras retinas y aclarar puntualmente ciertos aspectos. Las reconstrucciones de los hechos pueden o no estar presentes, y en ocasiones, como en el caso de the Jinx, queda clara una intención por hacerlas cinematográficas.

Las adiciones siempre son escasas, pero cuidadas, como en el caso de Audrie & Daisy, donde generan una animación para representar los vídeos de los interrogatorios de los presuntos culpables sin mostrar sus verdaderos rostros. En algunos casos, como en Making a Murderer, brilla especialmente la cabecera, otro elemento importante al que se restringe la mayor parte de la carga artística de estas producciones, y que aqui se encuentra maravillosamente acompañada de la música de Gustavo Santaolalla (Brokeback Mountain, Babel) y Kevin Kiner.

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Para ir finalizando este extenso artículo que se hace más largo que un proceso judicial, nos queda concluir sobre el valor de estas docuseries de crímenes reales. Es curioso que suelan destacar fallos que en su mayoría vienen acentuados por la intensa cobertura mediática que presiona a las autoridades, expone pruebas antes de que se pueda ejercer un juicio, o bien juzga prematuramente a los acusados omitiendo cualquier presunción de inocencia. Y estas docuseries no hacen más que volver todas las miradas a estos mismos casos, lo que se me antoja algo contradictorio.

Por supuesto, la prensa misma ha sido la que se ha movilizado para evitar injusticias, pero eso implica un posicionamiento. ¿Se está haciendo espectáculo con la justicia? A pesar de ser casos antiguos, se está viendo que las obras tienen repercusión real. Se reabren casos, se replantean veredictos, salen nuevas pruebas, nuevas declaraciones… ¿Es esto peligroso? Quizás la culpa la tenga Black Mirror, y no pueda evitar temer por un futuro distópico donde la justicia se dispense como parte de un juego mediático, donde el poder judicial y el quinto poder se confundan. Pero no es para menos cuando leo cómo el público sospecha del hermano de una de las víctimas con la ligereza con que valora las conspiraciones de Meñique en Juego de Tronos.

A pesar de mis reservas, de que me cueste entender cómo acudir a lo real en algo que buscamos para evadirnos de la realidad, me autoconvenzo de que es algo bueno. La sociedad se merece saber, y así como Anonymous se hizo eco de las violaciones de Audrie y Daisy y tantas otras injusticias, Assange fundó wikileaks, o Snowden filtró documentos clasificados de la NSA; vivimos en la era de la transparencia. Y estas docuseries pretenden actuar como un sistema de alarma, de documental protesta que ponga voz a casusas que parecen olvidadas y perdidas. Ahora, es nuestra responsabilidad juzgar bien, tener las cosas claras, y tardar algo más que el jurado de O.J. en dar el veredicto de nuestros juicios personales. O mejor aún, mantener el beneficio de la duda, la presunción de inocencia. Son personas reales, son sucesos reales, y es algo que podría pasarte a ti o a cualquiera de tus conocidos… ¿Pero no es ahí donde radica el atractivo de estas “True crime” docuseries? ¿En que nos hierva la sangre ante las injusticias que sentimos tan cercanas? Quizás solo me esté justificando por lo que me gusta seguir estos pedacitos de realidad. Pero si es sensacionalismo lo que necesitamos para conseguir algo tan sensacional, pues bienvenido sea…

P.D.: Como prueba de ultima hora, en el último capítulo de American Horror Story (la serie hermana de American Crime Story, que en su sexta temporada juega con la idea del show dentro del show) se hace una particular referencia a los documentales sobre crimenes reales. El metashow “Crack’d” es la ingeniosa manera de Murphy y su equipo de hacer una critica mordaz al formato, constatando a su vez que sea actualidad y continuando una tendencia que ellos mismos han alimentado con ACS.


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2 comentarios

  1. windom earle

    Excelente monografia.Este es un genero lleno de grises, que permanece orillando el limite entre la comunicacion y la especulacion.Los casos tomados para este articulo son una clara muestra, sobre todo the jinx, en el que la actividad, o la pasividad, del director pone en consideracion la etica y hasta la legalidad de su participacion.Es un ejercicio fascinante y realizado con gran talento, como en estos casos expuestos en esta entrada, son reveladores de la condicion humana.Saludos y felicitaciones por el post.

    • Muchisimas gracias por tu comentario Windom. Es un tema que me apasiona, ya que creo que es una tendencia al alza y tenemos que ser precavidos para que su evolucion no vaya por el mal camino. Personalmente he disfrutado viendo muchas de estas “docuseries”, pero siempre intento seguir la trama con ojo crítico, al igual que cuando vemos cualquier otra fuente de noticias. Ahora tengo pendiente Blackfish, aunque esta trate más de crimenes ambientales que penales.

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