
En época de crisis creativa, de cancelaciones y de series mediocres, no podemos más que alegrarnos de la renovación de Dexter por dos temporadas. La serie sigue marcando récords de audiencia y la sexta acumula hasta la fecha una media semanal de espectadores superior a los 5 millones. Es el resultado del trabajo bien hecho, de una historia correcta y de un protagonista brillante. Basta con echar un vistazo a la parrilla americana para echarse a llorar… y luego aplaudir la decisión de Showtime. Ahora bien, para muchos espectadores, entre los que me incluyo, cada año que pasa Dexter pierde parte de su magia, de su esencia y, lo más preocupante, de su coherencia. Cada temporada somos un poco menos originales, un poco menos sorprendentes y un poco menos excelentes que la anterior. No creo que haya un bajón de calidad destacable entre temporadas, ni la sexta es peor que la tercera ni la cuarta es peor que la segunda. Se trata de un goteo constante, castigador, natural y casi indetectable de calidad. De ahí que la decisión de Showtime nos dé más pena que alegría. Porque la serie merecía un final digno de su historia, que yo no sé cuál es, pero tengo claro que estirar el chicle dos temporadas más no va en esa línea. Cuesta matar a la gallina de los huevos de oro, pero más nos va a costar a nosotros ser fieles a un proyecto que se degrada por minutos. No me atrevo a decir que la renovación sea una noticia triste, pero a nadie le gusta ver morir poco a poco a un ser querido. Y Dexter se nos está yendo…
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