Review Black Mirror: White Bear

Charlie Brooker nos tiene, perdón por la expresión, cogidos por los huevos. No hay serie más fugaz que Black Mirror, y no hay al mismo tiempo serie más eficaz, más universal en la tarea de cumplir con su cometido. Es el caramelo más dulce y breve de la televisión actual. En los cuatro capítulos emitidos hasta el lunes, los tres de la primera temporada y el estreno de la segunda, la joya de Channel 4 había sido capaz de plantarnos ante un cruce de caminos y hacernos pensar, empatizar, reflexionar, argumentar, debatir y, quizá, decidir. ¿Qué harías tú con lo del cerdo, hasta dónde llegarían tus re-do, etc? Con White Bear, Brooker ha ido un paso más allá: no sólo ha logrado la acostumbrada perfecta tortilla (jugosa, mullida, redonda), sino que ha conseguido darle la vuelta delante de nuestras narices. Rota su tendencia lineal habitual, Black Mirror ha rizado el rizo en este quinto capítulo. White Bear nos presenta una presunta realidad para luego, a un tercio del final, cambiar de arriba a abajo las reglas del juego. Una reinterpretación brutal que nos lleva a entender de una vez por todas qué sucede en el perverso mundo en que se mueve Victoria Skillane. En resumen: qué hora de televisión…








