San Valentín ataca de nuevo

Dentro de muy poco y a nada que nos descuidemos, los rollizos querubines medio desnudos lucirán un año más con orgullo sus tirabuzones rubios por los carrefoures, mediamarkets e hipercores colgados del techo y bamboleándose a merced del aire acondicionado. Provistos de sus arcos y flechas intentarán unir en amor eterno a la simpática chica del twerking “claro que sí guapi” con algún sesudo politólogo que se pasa el día recorriendo las tertulias de televisión. Y es que si hay algo que les encanta a nuestros angelitos es disparar sus flechas sin ton ni son, sin ver, sin evaluar consecuencia alguna. Y luego, vaya usted a reclamar al departamento de Atención al Cliente si la cosa sale mal…

Su ámbito de actuación llega a todas partes, abarcando todas la capas de la sociedad y también, y cómo no, a nuestras series preferidas. Allí en la ficción lanzan sus flechas año tras año sin mirar y sin importar consecuencias futuras dejando tal reguero de afectados… o no, que algunos de los más destacados, los que se hicieron famosos y generaron inolvidables y extrañas parejas, ya tienen su hueco en nuestro imaginario particular.

Y hoy traigo hasta aquí el recuerdo de una de las parejas de la televisión más extrañas que jamás he visto. Su rareza no radica en que son raros físicamente, ni tampoco en que hacen cosas raras, al contrario, ellos dos hacen cosas normales dentro de unas vidas normales pero… por separado. Y es cuando se juntan, cuando comparten sus dudas, sus anhelos, los trajines del día a día como abogados de un despacho de prestigio en Boston y hablan y hablan de sus amoríos, de la frustración con algunas de sus relaciones, de sus inquietudes… es ahí cuando saltan las chispas.

El creador de la serie David E. Kelley dotó a estos personajes de unos perfiles tan diametralmente opuestos que parecía imposible que entre ellos surgiera cualquier tipo de relación. Con una amistad tan fuerte que superaba a la misma definición, sin ese tipo de amor estándar tan estereotipado entre parejas y sin recurrir al cansino topicazo de la tensión sexual no resuelta (UST por sus siglas en inglés) de otras series, y menos al sexo puro y duro… mantener esa unión tan inquebrantable era difícil por no decir imposible, y sin embargo esto es lo que ocurrió:

Alan Shore (James Spader) y Denny Crane (William Shatner) trabajan en el bufete Crane, Poole & Schmidt del que Denny es socio y no así su compañero Alan. Ambos son diametralmente opuestos a muchas cosas. Alan es joven, Denny es mucho mayor, además de estar aquejado por un incipiente Alzheimer. Alan está escorado a la izquierda del partido demócrata, mientras que Denny es un republicano situado casi en el extremo derecho del republicanismo. Éste ama las armas, mientras que el otro siente rechazo por ellas. Y mientras Denny se ocupa de casos donde grandes corporaciones empresariales necesitan de sus servicios por alguna demanda sobre supuestas malas prácticas y que dejan mucho dinero al bufete y a sus socios; Alan suele inclinarse por casos donde los más desfavorecidos, los desesperados que han visto vulnerados sus derechos, acuden a él con la esperanza de obtener reconocimiento y justicia aunque, eso sí, dejando poco dinero en las arcas del bufete pero obteniendo un gran prestigio en los círculos de la prensa y judicatura de Boston para la marca Crane, Poole & Schmidt.

Esta ambivalencia en sus caracteres, en sus intereses y su visión de la vida misma generará excelentes conflictos que acabarán como siempre acaban las peleas entre las personas que se respetan y se quieren. Lo paradójico de esto es que ni el respeto, ni el querer, podrían justificar por sí solos o en conjunto, el porqué algunas personas se juntan a pesar de unas diferencias que vistas desde fuera serían insalvables. Y aquí, entre los dos, entre la pareja, eso es precisamente lo que ocurre: un sentimiento desconocido, oculto, y tan escondido que ni tan siquiera ellos mismos son conscientes de ello y mucho menos de poder explicarlo.

Y si ellos no pueden, como para poder hacerlo nosotros, meros observadores que desde fuera sí que nos llegan sus emociones, sus acciones y reacciones, pero que tampoco comprendemos el cómo y el porqué de esa fuerza que une como un pegamento a personas tan diferentes. Puede que tengan razón algunos cuando a esto, que no se sabe bien lo que es, que es indefinible por sí mismo y desconocido por muchos, lo llaman Amor. Tal vez Denny y Alan es justo lo que sienten el uno por el otro. Así de sencillo, sin más adornos ni explicaciones. Tal vez sea eso. Y también puede que en el fondo, en lo más profundo de ambos sean iguales, almas gemelas que no saben que lo son.

Tomando una copa de Whisky y fumando un Cohiba al anochecer en una de las terrazas del bufete mientras el silencio y las luces nocturnas de Boston facilitan con su atmósfera el hablar las cosas, el compartir alegrías, dudas y temores, el pedir y dar consejo, el reírse de cosas intrascendentes…Así de esta manera terminaba cada capítulo de las cinco temporadas que duró la serie, con esta extraña pareja reflexionando sobre todo y mostrándose mucho más pareja que otras con carné oficial.

Desconozco qué Cupido de los múltiples que veremos en los próximos días lanzó la flecha, como tampoco sé si un nuevo disparo sería tan certero como el contado aquí, aunque espero y deseo que por el bien de la humanidad así sea. Y entonces puede que la chica del twerking y el politólogo tengan más futuro del que pensamos.


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