Review Spartacus: Mors Indecepta

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No recuerdo qué le estaba diciendo Crixus a Spartacus en esta escena, pero bien podría estar gritando que las reviews de su serie llegan excesivamente tarde y que le gustaría tratar al reviewer como a un romano. No lo culpo… aunque es cierto que Crixus está demasiado nervioso. Spartacus ha demostrado ser un líder capaz y, a pesar de estar perdiendo la batalla estratégica con el omnipresente Marcus Crassus, las prisas suelen ser malas consejeras. No creo que el galo tarde en separar su destino del de Spartacus, pero ese día no llega en Mors Indecepta. Tampoco la fuerza de Crassus debería tardar mucho en caer sobre la rebelión, pero eso tampoco sucede en Mors Indecepta, un capítulo que a mi me ha sorprendido por el inesperado triunfo de las tropas de Spartacus. Espero que sea el primer síntoma de que el final que todos intuimos (o sabemos, o hemos visto en cine), no tiene nada que ver con el que están preparando en Starz. Y tú, Crixus, cálmate que ya está aquí la review…

  • Episodio 3×07: Mors Indecepta
  • Fecha de emisión: 15 de marzo

Una buena parte de los rebeldes son mejores luchadores que los romanos. Si se enfrentaran en la arena, antes de que cayera un gladiador es probable que se llevara por delante a una veintena de romanos. Son más fuertes y están mejor preparados para la lucha cuerpo a cuerpo. Además, tienen un motivo noble por el que dar la vida, su libertad, que suele otorgar un plus de energía. Y están acorralados, que también es un factor a tener en cuenta a la hora de la batalla, porque defender una vida no es lo mismo que atacar para robar otra: el defensor tiene casi siempre las de ganar porque no se expone. Aún así, los rebeldes van a perder la guerra. Nadie pronuncia la palabra “derrota” en el campamento, pero flota en el ambiente la sensación de… “hasta aquí hemos llegado”. Por eso algunos se acogen a los dioses, otros se pelean por decidir la estrategia a seguir y un amplísimo grupo se limita a esperar que llegue su hora. El frío y el hambre juegan en su contra, como bien sabe el tercer elemento que planea hundir la rebelión: Marcus Crassus.

En una guerra entre miles de soldados, Crassus es la pesa que desequilibra la balanza. El líder romano ha ido un paso por delante de Spartacus desde que tiene el mando de las operaciones. No ha subestimado a su enemigo, como sí hicieron Batiatus y Glaber. Y le ha dado una lección de estrategia tras otra. Primero los expulsó de Sinuessa y luego los acorraló. Y en esas dos operaciones apenas perdió hombres… de hecho, es probable que sacrificara más en su Decimation que en las callejuelas de Sinuessa. Crassus, como decíamos, es el factor diferencial de la guerra porque auna todas las virtudes que exige la gloria: inteligencia, ambición y dinero. Glaber y Batiatus sólo tenían dos de ellas… y ya sabemos su final. Así se explica la encerrona de los primeros compases del episodio, en la que los generales de Spartacus y el propio líder tracio creen llegar al corazón de los romanos y se encuentran con un cruel bofetón de realidad. Por cierto, deberían herir más veces a Naevia, porque eso ha activado al mejor Crixus de la temporada, un auténtico tanque que iba atropellando romanos a su paso. Es el Chuck Norris de la revolución. Cómo me ha molado esa escena…

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Otra cosa que ha hecho bien Crassus es jugar con la desesperación de los rebeldes, que aparte de tener hambre y frío, están frustrados. Lo vemos sobre todo en las desavenencias entre Crixus y Spartacus, que en este episodio han llegado a las manos y que, por unos momentos, nos han trasladado a la primera temporada, cuando ambos luchaban por la gloria en el ludus de Batiatus. Eran otros tiempos, quizás mejores, seguramente más épicos, pero también más superficiales, porque aunque nunca se dejó de lado la construcción de los personajes, prevalecía por encima de todo la espectacularidad. Era una serie más orgánica, más sencilla. Pero estábamos con Crixus y Spartacus… disculpad el off topic (friki), pero la relación entre estos dos me recuerda a la de Goku y Vegeta (Dragon Ball). En concreto, a la época en que ambos luchan codo a codo para evitar que el mago Babidi resucite a Boo. Vegeta, hombre de acción como Crixus, acaba desesperándose y girándose contra Goku, hombre de palabra como Spartacus (momentazo épico), aunque al final acaba entrando en razón porque tanto él como su archienemigo Kakarot tienen un objetivo común: la supervivencia. Crixus no está de acuerdo en las decisiones estratégicas de Spartacus, pero sí está de acuerdo en la idea de sobrevivir a la guerra… aunque a veces dé la sensación de lo contrario.

Pero Crassus no es perfecto. Como tantos otros líderes que desbordan carisma, el romano sufre ataques de arrogancia. Es la consecuencia más lógica a encandenar éxitos militares que dan lugar a fiestas en tu honor donde todo el mundo se acerca a decirte lo crack que eres. Se puede morir de éxito. Y Crassus lo ha comprobado en Mors Indecepta. Se ha disfrazado de Glaber y ha subestimado la inteligencia de Spartacus, que le ha demostrado que huele los puntos débiles del enemigo como un sabueso y se lanza contra ellos como un pitbull hambriento. Toque de atención.

El líder tracio ha unido las pocas piezas del puzzle que tenía para volver a castigar a los romanos. Se ha aliado con la tormenta y ha hecho virtud de la desgracia, usando la horda de cadáveres rebeldes que se empezaban a amontonar alrededor del campamento para construir un camino hacia la salvación. No hay nada que refleje mejor la frase “morir por la causa” que la escena del puente de cadáveres. Así se ha coronado la empalizada que había construido Crassus para alejar a los rebeldes y así la revolución ha recuperado una posición estratégica que le permite (como mínimo) soñar con la supervivencia. Las caras de los dos líderes de la contienda, reflejo de la situación de sus tropas, han cambiado respecto a las que vimos a las puertas de Sinuessa: Spartacus ya no muestra miedo, si no satisfacción por la venganza; y Crassus ya no sonríe satisfecho, ahora acumula el odio y la rabia del que se sabe superior… pero ha probado el sabor de la derrota. Conclusión: tiemblen. Tiemblen, rebeldes, porque no hay nada más peligroso que un campeón humillado.

Lo decía en la pre review, me encantaría que los guionistas hicieran un Tarantino y reescribieran la historia en beneficio del espectáculo. No dudo que todo lo que va a suceder en los tres últimos capítulo será rematadamente épico, pero tengo la ligera sospecha de que van a estar encorsetados por lo que cuentan los libros de Historia. Y aquí nadie les ha pedido rigor. Yo no, desde luego. De hecho, si los rebeldes huyen en dragón, queman los campamentos romanos y se marchan a las tierras de Poniente a empezar una nueva historia, no me quejaré. Exagero, pero ya me entendéis: estoy más que dispuesto a sacrificar la veracidad por el entretenimiento y la épica.

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Decía la semana pasada que toda guerra tiene historias personales apasionantes, pequeños cuentos que muchas veces suceden ajenos a la magnitud del conflicto. Dos han destacado en Mors Indecepta, para mi gusto: la de Gannicus y la de Kore. El gladiador decidió colgar su cabecita loca la semana pasada y se puso el traje de superhéroe… que no se ha quitado en este 3×07. Perder a Sybil en la gélida llanura ha sido la excusa para lanzar a Gannicus a la aventura más complicada de su vida. Sin enemigos ni espadas, Gannicus ha librado una batalla contra sí mismo, contra la razón y contra la cruda realidad, que invita a hacer justo lo contrario de lo que ha acabado haciendo: tomar a Sybil. El problema, evidentemente, no está en la acción (Saxa se la ofreció desnuda), sino en las formas. Porque Sybil ha desmontado emocionalmente a Gannicus. Lo ha enamorado, aunque suene un poco anacrónica esa palabra. Gannicus sabe que tiene una deuda moral con Saxa, que lo ha tratado como a un rey durante toda la temporada, pero es incapaz de hacer otra cosa que no sea lo que le dice su corazón. Y su corazón, más algún otro órgano que usa a menudo, quiere desnudar a Sybil.

Dramática la cara de Saxa cuando Gannicus regresa con la esclava. No hacen falta palabras. Sabe que la traición se ha consumado. Sabe que Gannicus ya no le pertenece. Sabe que su historia juntos ha muerto esa misma noche…

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Kore. Aaay Kore, qué imprevisible eres. Como una más de los esclavos de Spartacus, Kore se encontraba arrinconada: se veía atrapada en Sinuessa, entre los deseos de Crassus de que fuera la novia del puerto y los terribles abusos de Tiberius, que amenazaba con repetir con asiduidad. En Mors Indecepta Kore juega hábilmente sus cartas con Caesar, consciente de que éste quiere sacar de en medio a Tiberius tanto como ella, y se presenta ante Marcus para contarle media verdad. Pero su débil confesión no estremece al padre de la bestia, que tiene planes para ella que harían feliz a cualquier esclava.

Crassus ha demostrado que no juzga a las personas por su condición social: primero, con su gladiador/entrenador personal, luego con la venta de Laeta y ahora con la “coronación” de su esclava. Lo que no sabe Crassus es que el regalo que le ofrece a Kore es su mayor condena. De ahí que Kore, en mitad de la noche en que Gannicus traiciona a Saxa, decida coger un cuchillo y soltarse de los brazos protectores del hombre más rico de Roma. Ese cuchillo podría haberlo clavado en el corazón de Marcus o en el suyo (parecía lo más probable), pero me temo que piensa clavarlo en el de la revolución. O quizás no, quizás haya decidido cambiar de bando y luchar por su libertad real… aunque no nos hayan dado ninguna pista en esta dirección. La cuestión es que Kore, más inconsciente que conscientemente, ha generado una situación peligrosa para todos: para ella, porque si alguien descubre su identidad tendrá un problema; para Spartacus, hacia el que no creo que tenga buenas intenciones; y para Crassus, porque su vida se puede utilizar como instrumento para el chantaje o la coacción. Mola.

El final de Mors Indecepta no encaja con la actitud de los rebeldes, en especial con la de Crixus. Y es un punto negativo para el capítulo, en mi opinión. Con los romanos vencidos y en retirada, lo más normal es que Gannicus, Agron, Crixus y Spartacus se hubieran lanzado a cortarle la cabeza a Crassus, que “sólo” estaba protegido por su guardia personal. Pero bueno, no me voy a quejar de ver a un grupo de romanos saliendo por patas por temor a un grupo de esclavos, que encima se ríen de ellos desde lo alto de la empalizada. Quizás sean sus últimas carcajadas, pero qué bien nos han sentado a todos…

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