Recomendaciones Netflix: Santa Clarita Diet

Cuando alguien se plantea escribir una comedia se lo tiene que pensar y mucho antes de empezar a hacerlo. Y no por su falta de imaginación o recursos, ni por ese terror de los escritores a la pantalla en blanco, no, sino por la incertidumbre sobre el subgénero en el que será encuadrada su historia y siempre por otros ajenos a él o a ella. Porque si hay un género que tenga tantas divisiones y subdivisiones a la vez, esa es sin duda La Comedia.

Santa Clarita Diet es una comedia. Y dicho esto comienzan los problemas para algunos, pues en función del subgénero donde la sitúen así será su crítica: que si es una comedia romántica, que si por el contrario se trata de una comedia de enredos, que si es surrealista, tragicomedia, negra, sitcom… Y el caso es que esta serie producida por Netflix tiene un poco de todos ellos. Pero si me tuviera que definir apostaría por el término “splatstick”, un acrónimo de splatter y slapstick donde lo escatológico se mezcla con situaciones cómicas e impactantes, con diálogos surrealistas, con personajes estrambóticos… donde la verosimilitud, ese enemigo mortal de la ficción, hay que dejarla de lado porque nada es verosímil aquí, absolutamente nada… pero divierte, que de eso se trata.

El matrimonio compuesto por Sheila Hammond (Drew Barrymore) y Joel Hammond (Timothy Olyphant) vive junto a su hija Abby (Liv Hewson) en Santa Clarita, una urbanización en California en medio de la nada y donde las casas, jardines y calles tanto se asemejan al mundo de los Sims, o sea, todo nuevo y perfecto.

Ambos son agentes inmobiliarios y nada mejor que elegir esa profesión en una zona en clara expansión. Y ambos trabajan para la inmobiliaria CORBY, una empresa moderna con oficinas modernas y con un jefe del pleistoceno, que monta en cólera cuando la venta de una casa se jode. La urbanización tiene de todo para ser feliz, muy feliz, desde una escuela moderna de secundaria plagada de adolescentes inconformistas con su camello correspondiente vendiendo hierba desde su cochazo de lujo, a un sucedáneo de Walmart donde encuentras desde lejía, pesticidas y hasta varios modelos de fonendoscopios tan necesarios en cualquier hogar moderno. La casa del matrimonio tiene a uno y otro lado de su hogar a dos vecinos que cualquiera hubiera soñado siempre con tener: dos policías. Un ayudante del Sheriff con ínfulas de agente del CSI que todo lo cotillea y en todo se entromete; y el otro, un policía de Santa Mónica que discute mucho con su colega cuando éste le reprocha que los policías de Santa Mónica son como poco unas nenazas, además de tocarse los huevos.

Pero un buen día esa felicidad de los Hammond se vuelve del revés cuando Sheila se ve afectada por un trastorno digestivo que le hace vomitar violentamente, en presencia de unos clientes a los que iba a vender una casa y de su propio marido, el litro de verduras batidas que había desayunado dejando la moqueta de pelo blanco del salón irreconocible y provocando la huida del matrimonio comprador.

En las urgencias del moderno Hospital de Santa Clarita el matrimonio espera su turno y cuando él le pregunta a ella cómo se siente, ella le responde:

Me siento como si me hubiesen cagado en la boca diez camioneros.

Y a partir de aquí empezarán los problemas, porque Sheila descubre por casualidad que lo único que calma su malestar es comer carne, carne cruda. Pero pronto se cansará de los alimentos de carne del centro comercial: que si muslitos de pollo, carne picada en bandejas, solomillos y filetes varios… nada le hace calmar su malestar y sobre todo su ansiedad, mientras su esposo Joel se desespera al no encontrar solución al problema de ella y al de la multitud de bandejas de carne procesada almacenada en el frigorífico.

La familia se une más que nunca, incluso su hija adolescente Abby también colabora presentando a sus padres a su amigo de la escuela Eric (Skyler Gisondo) por el que siente cierta atracción y quien al parecer está especializado en “cosas raras”, por si pudiera echarles una mano. Cuando Eric acude a la casa de los padres de Abby, al ver a su madre y escuchar sus problemas y, como gran especialista que es en casos raros, emite un diagnóstico que dejará boquiabiertos a todos:

Está muerta y no muerta a la vez.

Debido a un hecho fortuito con su nuevo compañero de trabajo, Gary West (Nathan Fillion), un guaperas (el guaperas de Castle), un auténtico tiburón del negocio inmobiliario de esos que son capaces de vender un aire acondicionado a un esquimal aunque la esquimal fuese su propia madre y capaz de intentar tirarse a su compañera a sabiendas de que está casada, Sheila descubrirá algo que pondrá patas arriba tanto su vida como la de su propia familia: necesita comer carne. Carne humana.

Creada por Víctor Fresco, conocido por Better Off Ted y que participó también como coproductor en My Name is Earl, la serie tiene una excelente factura con un ritmo trepidante que nos hace avanzar en la historia y que nos regala escenas entretenidas donde la sonrisa se mantiene en nuestro rostro para dar paso a alguna que otra carcajada. La primera temporada se divide en 10 episodios de casi treinta minutos de duración cada uno y con la visualización de los tres primeros he podido hacerme una idea clara –sin SPOILER alguno aquí– de las tramas y situaciones venideras que a buen seguro conseguirán entretenerme y entretenernos.

Lo previsible es que esta serie no alcance cotas de reconocimiento que tuvieron otras, ni formará parte de sesudas tertulias de expertos, pero está hecha para divertir y hay que agradecer a Netflix su apuesta por la comedia y concretamente por esta historia tan irreverente como incalificable.


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4 comentarios

    • El tema del humor es muy particular y unos lo recibimos de una manera, y otros de otra. Como digo en el artículo, a mí me entretiene y eso ya es suficiente.

      Gracias por comentar Begoña!

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