Recomendaciones Netflix: Making a Murderer

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Demasiadas preguntas, multitud de conjeturas y mucha ansiedad y rabia. Mucha indignación, impotencia y frustración. Una gran injusticia que cayó como una losa sobre una familia modesta, humilde y que se vio enfrentada a una maquinaria muy poderosa en la que primaron los intereses particulares y corporativos antes que la verdad. Una historia dramática con un final trágico contada a través de un documental cocido a fuego lento y que representa la denuncia, el suspense y la intriga en su estado más puro. Así es Making a Murderer.

Pero el documental, tal y como lo conocemos ahora, no siempre fue así…

Concebido desde el inicio de la cinematografía con la famosa “Salida de los obreros de la fábrica de Lumière” como un género en sí mismo, el documental se fue adaptando a los tiempos y con la irrupción de la televisión en nuestros hogares invadió las pequeñas pantallas para hacernos viajar a otros lugares, conocer otras civilizaciones, otra fauna y otras naturalezas radicalmente distintas a la nuestra.

Dividido en corrientes temáticas fue evolucionando a medidas que nosotros como espectadores también lo hacíamos. El Hombre y La Tierra. Mundo Submarino. Cosmos. Bowling for Columbine. Forgotten Silver, un subgénero éste bautizado como “Falso Documental”… y muchos, muchos más. Pero como pasa siempre en cualquier tipo de manifestación artística, hay un momento en que la tendencia es volver a los orígenes, a lo sencillo: unos obreros saliendo de una fábrica sin más adornos narrativos.

Moira Demos y Laura Ricciardi, dos estudiantes de la Universidad de Columbia que habían cursado estudios Fílmicos con especialidades en dirección, escritura, iluminación y particularmente en edición, tuvieron noticia de un caso que les impactó y que intuyeron les serviría como tesis para su trabajo de final de carrera:

En 1985, Steven Avery un blue collar residente en Manitowoc, una pequeña localidad del Estado de Wisconsin, fue encarcelado por un crimen que no cometió: la agresión sexual a Penny Beernsten, mujer y vecina del lugar. El descubrimiento de pruebas de ADN vinculó el delito con un violador en serie llevando a la exoneración de Avery y su puesta en libertad tras pasar 18 años en la cárcel de los 33 a los que fue condenado. Las acusaciones por falta de investigación y manipulación de pruebas de los agentes, el sheriff local y el fiscal encargado del caso, desembocaron en un escándalo que trascendió más allá de las fronteras del propio Estado con denuncias en los medios y la opinión pública de haber sido responsables de urdir una conspiración contra él.

Con la cámara prestada por un amigo se mudaron en 2006 a Manitowoc, la ciudad natal y residencia de Steven Avery, para sumergirse completamente en una historia a la que enseguida reconocieron para formato de Documental. Los pinitos hechos con anterioridad en la abogacía por Laura Ricciardi, con un Doctorado en La Universidad de Derecho de Nueva York, le sirvieron para manejarse con soltura tanto en el complejo mundo de los Tribunales de Justicia como en las Comisarías de la Policía obteniendo ingentes cantidades de material para su trabajo. Ella figura en los créditos como Interviewer and Researcher en los diez capítulos de la serie, además de como guionista, directora y editora, estos últimos junto a su compañera Moira Demos.

El resultado ya lo sabemos: un Documental impactante, soberbio y de una factura impecable, cuya repercusión llegó al extremo que el propio Presidente Obama, ante la avalancha de solicitudes que llegaron a la Casa Blanca para que interviniera y acabara con aquél despropósito, tuvo que intervenir para decir que no podía hacer nada al respecto al ser competencia exclusiva de la Administración de Justicia. Una historia con mayúsculas que se adentra en los fallos del sistema judicial americano. Un sistema contradictorio hasta extremos insospechados que hace públicas y permite la exhibición de las imágenes de los interrogatorios a un detenido sin la presencia de su abogado, pero que consiente precisamente esto mismo: que el detenido sea interrogado sin que su abogado esté presente.

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La historia real contada como si no lo fuera

Existe una pregunta recurrente en todos aquellos que amamos la ficción, ya sea la literaria como la del cine o la televisión: ¿por qué funcionan las historias? La respuesta es muy simple y a la vez compleja: porque están bien contadas.

En alguna que otra ocasión a todos nos ha ocurrido algo parecido a esto: un amigo llega y nos cuenta sus impresiones sobre la película que acaba de ver. Hace un relato de los hechos que ha visto, nos comenta situaciones, habla de los personajes… y cuando acaba pensamos “¡vaya rollo!” Unos días después llega una amiga que ha visto la misma película y nos relata los hechos, las situaciones, los personajes… y cuando termina queremos ir corriendo a verla. ¿Cuál es la diferencia entre el primero y la segunda? Pues que esta última ha ordenado, seguramente sin saberlo, los acontecimientos de la película de tal manera que destacando y haciendo hincapié en aquellos aspectos de la trama más importantes ha conseguido atrapar nuestro interés provocando que queramos ir a verla.

Esta es la clave de Making a Murderer. Aunque la diferencia con nuestra amiga es que las creadoras sí sabían cómo hacerlo.

Utilizando la fórmula Aristotélica de dividir la narración total en tres partes, ellas fueron eligiendo aquellos acontecimientos que por su relevancia debían incluirse en la historia. Estructurada en diez capítulos temáticos de una hora de duración, cuyo título ya nos adelanta lo que vamos a ver, harán que la trama global vaya avanzando con una intensidad magistral. En los primeros conoceremos a los personajes, en este caso personas muy reales. Visitaremos sus lugares, sus casas, sus trabajos y sabremos de la condena anterior de Steven y su puesta en libertad.

Y aquí llega un punto crucial en cualquier relato. Es un punto clave y que debe establecerse al principio, pues de él dependerá que el espectador quede enganchado desde entonces a la historia si su realización es brillante o la abandone si no lo es. El Inciting Incident, el incidente provocador o el detonante, estalla ante nuestra narices cuando Steven reclama una indemnización de 36 millones de dólares por su reclusión injusta en una cárcel del Estado durante 18 años.

A partir de aquí todo explosionará. Se removerán conciencias, se desatarán envidias entre sus vecinos, se tambalearán las Instituciones implicadas, se generarán odios insalvables aquí y allá, burlas y desprecios dirigidos sobre todo a los implicados en su detención y enjuiciamiento. Odio y más odio, sí, y una repercusión económica para las arcas no sólo del Condado de Manitowoc sino del propio Estado de Wisconsin, imposible de asumir. Y más cuando las Compañías Aseguradoras de las pólizas de responsabilidad civil de cada uno de los funcionarios implicados en las irregularidades se niegan a pagar precisamente por eso, porque sus asegurados habían cometido irregularidades.

Keep track of Money como dijo Deep Throat a los periodistas Woodward y Bernstein cuando aquello del Watergate. Y entonces llegó el día y la gran maquinaria se puso en marcha:

El 31 de octubre de 2005, el mismo día en que los legisladores estatales aprobaron la Ley Avery para evitar condenas injustas, Teresa Halbach, una fotógrafa que trabajaba para una revista de compraventa de coches, debía encontrarse con Steven Avery para tomar las fotos de una furgoneta que poseía éste. Y desapareció. A los pocos días, Avery fue arrestado y acusado de su asesinato y aunque afirmó que esto era una conspiración para enturbiar sus posibilidades de ganar su demanda civil de 36 millones y que aún se encontraba pendiente de resolución, de nada le sirvió porque el Condado estimó que existiendo otra acusación posterior, además por asesinato, no procedía abonarle indemnización alguna. Unas semanas después lo sería su sobrino Brendan también imputado por el mismo caso.

En 2007 ambos fueron condenados a cadena perpetua. Así de crudo y así de real.

Y llegó Netflix…

La fabricación de la historia fue la más apropiada para este género, y la más laboriosa también. Sin actores profesionales, sin guión y sólo con las imágenes grabadas por ellas o tomadas de terceros, las realizadoras Moira Demos y Laura Ricciardi tuvieron que escaletear los acontecimientos siguiendo una línea temporal ya marcada por los hechos y volcando todo su esfuerzo en la edición, auténtica piedra angular del resultado final de Making a Murderer.

Tan sólo dos años antes de que ellas llegaran, Steven había sido puesto en libertad y exculpado de todos los cargos. Así que tuvieron que rellenar esos huecos en la línea de tiempo tanto desde su entrada en prisión en 1985 hasta su salida en 2003. Conociendo que aquello existió, que las cosas ocurrieron así, acapararon aquél material ya grabado por terceros, más el grabado por ellas mismas, los juntaron y editaron las primeras imágenes para darle el tono dramático que necesitaba la historia.

Con el etalonaje, un recurso que se usa al final del proceso de edición y que iguala temperaturas de color en luces, tonos y texturas, dieron uniformidad a las imágenes para que el resultado formase parte de un mismo tiempo dramático.

Este proceso ha sido utilizado constantemente a lo largo de los diez capítulos del documental. Hemos visto a Steve en una imagen descolorida recogiendo hierros a la entrada de una de sus naves y que le situaban años atrás, cuando no era así por la sencilla razón que ellas aún no estaban allí para grabarlo. ¿Es difícil imaginar a Steven haciendo eso? Claro que no. La ruptura de la línea de tiempo también ha sido utilizada con el mismo fin en innumerables ocasiones. Cuando el abogado Jerry Buting llama emocionado a su compañero por teléfono y le comunica la noticia de que la sangre de Steve guardada como prueba en su delito anterior había sido manipulada… ¿Es tan difícil pensar que pudo existir esa llamada? Se produjo, claro que sí, en otro momento y sin cámara. Y sin embargo esa situación era clave para dramatizar no sólo ese instante sino el final del capítulo porque justo termina ahí, con ese giro tan impactante que nos lanza voraces a consumir el siguiente.

En otro de los capítulos y que recoge la intervención de abogados y fiscales en la sala donde se celebra el juicio por el asesinato de Teresa Halbach, se sitúan dos escenas con apenas un minuto de diferencia y, sin que se nos informe explícitamente de ello, podemos pensar que pertenecen al mismo espacio temporal, aunque observamos un detalle que nos dice que no. De haberlos editado por separado respetando el tiempo real hubiésemos perdido el hilo y la lógica narrativa.

Convenía aclarar estos detalles porque en una historia tan compleja, con material grabado que superó las 700 horas, con las posiciones a favor y en contra tanto del trabajo en sí, como sobre la culpabilidad o no del acusado, no han faltado las críticas y las sospechas de manipulación, sesgo o de alteración de la verdad. Aunque el apoyo a favor de las tesis de los abogados y del trabajo de las realizadoras haya tenido una abrumadora mayoría saltando incluso las fronteras y convirtiéndose en un caso con repercusiones en prensa y televisión, foros, plataformas, organizaciones a nivel internacional.

Para conocer la importancia de la edición en una historia de estas características sólo hace falta fijarse en los recursos que se destinan a ello. En algún momento entre los años 2012 y 2013, las creadoras Moira Demos y Laura Ricciardi y a la vista del material que tenían entre sus manos y la certeza del impacto que podría tener su historia, contactaron, tras un par de intentos fallidos entre los que se encontraba la HBO, con Netflix y su respuesta no pudo ser mejor para ellas y para nosotros como espectadores.

Estos son los integrantes del Departamento de Edición que participaron en cada uno de los 10 capítulos del Documental: Alex Albers, Emily Alexander, Jessiline Berry, Alex Bushe, Martin Charnow, Adrienne Croix, Jason Fabbro, Aina Fuller, Grace Kline, Ladd Lanford, Adrienne Ostberg, Miles Painter, Joel Slabaugh, Denise Woodgerd y Mary Manhardt. Además de la propia Moira Demos como responsable del departamento de edición, su especialidad.. Para entender la magnitud del trabajo a realizar por los editores en este documental y la importancia de este apartado de las postproducción, cabe una comparación relevante: The Wire, emitida entre los años 2002-2008, contó en su departamento de edición con tan solo nueve editores para las cinco temporadas que duró.

El dinero y los medios habían llegado y se pudo rematar una obra titánica comenzada por dos mujeres años atrás y con una factura increíblemente buena.

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Otro apartado de máxima relevancia en las series son los personajes. Ellos son la clave. Es a través de ellos como nos iremos adentrando en las tramas y conflictos. Veremos su evolución, su éxito o fracaso, su frustración o su recompensa y a ellos les odiaremos o les amaremos a partes iguales.

En Making a Murderer ocurre algo extraño, algo que suele ser raro pero a veces sucede: en ocasiones el guionista elige al protagonista de la historia situándole en casi todas las escenas, como si los minutos en pantalla afianzasen ese perfil, sin tener en cuenta que también a veces somos los espectadores los que otorgamos ese título y no precisamente al que más tiempo vemos en pantalla. Esto mismo es lo que pasa con el sobrino de Steven.

Brendan Dassey, el protagonista

Brendan Dassey es un adolescente apocado, reservado y poco comunicativo. Con un coeficiente intelectual por debajo de la media, es un hecho que Brendan cae bien a mucha gente. Su presencia inspira pena y compasión. Se le ve indefenso ante los feroces y manipuladores interrogatorios a que es sometido y, por esto mismo, muchos espectadores empatizan con él.

Pero hay un perfil de Brendan Dassey que sobrevuela como una amenaza a lo largo de la serie. Con sus devaneos, con sus declaraciones, sus verdades y mentiras, sus contradicciones, sus desesperantes silencios… él será el que una y otra vez por activa o por pasiva irá cercenando los intentos de los abogados de su tío para que el jurado le declare inocente por la inconsistencia de las pruebas aportadas por el fiscal. Y en esta posición asume un papel en la historia que resulta poco menos que sorprendente, con un conflicto interno muy profundo y dramático que le asfixia y con el que le vemos luchar una y otra vez. Luchando contra él mismo, él será el que dude, el que se rebele, el que calle, el que divague, el que diga una cosa y al instante otra distinta… Si el título de protagonista por definición lo asume aquél personaje que mueve la acción, él gana por goleada. Sí, Brendan Dassey es el verdadero protagonista y no su tío Steven Avery que, a pesar de la tragedia que tiene sobre sus hombros, mantiene un perfil plano a lo largo de los diez episodios y por esto mismo pasaría a ser, si de una historia de ficción se tratase, un secundario de lujo.

Hay un hecho que se produce mediante la confesión que hace Brendan en el juicio a preguntas del Ayudante del Fiscal, y que refuerza aún más su papel, al cambiar radicalmente y por primera vez la declaración que hizo ante el Investigador que le interrogó cuando éste le pide que haga un dibujo de Teresa sobre la cama encadenada y lo hace. Un primer plano del dibujo hecho con palotes sin más aderezos y con la única intención de demostrarnos claramente su coeficiente intelectual.

Cuando posteriormente declara contra él en el juicio que todo aquello se lo inventó y, a preguntas del Fiscal, confiesa que aquella imagen de la mujer encadenada a la cama la tomó de un libro que leyó, y cuando éste le requiere que le diga qué tipo de libro puede contener esa imagen, él responde: Kiss The Girls, una novela escrita por James Patterson en la que basaron la película con el mismo nombre y titulada aquí como “El Coleccionista de Amantes”.

El fotograma corresponde justo a la escena de esa película donde se puede apreciar a la mujer encadenada y abierta de piernas y brazos. En esta ocasión, aunque tarde ya para los intereses de su tío y los suyos propios, Brendan Dassey no mintió. Otro cambio radical del personaje más importante de la historia.

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Kratz, Buting y Strang, grandes secundarios

Pero tanto en la ficción como en la realidad, el protagonista no puede andar sólo por el mundo, necesita gente acompañándole en su viaje, gente que le ayude y gente que le impida conseguir su objetivo.

Ken Kratz, el fiscal, es el que tiene todas la papeletas para convertirse en El Gran Villano, pero en absoluto lo es. Kratz sigue ordenes de su jefe, un superior situado muy arriba en la escala de responsabilidad administrativa y política y sobre el que prenden los famosos 36 millones de dólares de indemnización.

El Teniente James Lenk y el Sargento Andrew Colborn. A ellos los famosos 36 millones les dan un poco igual aunque hubiese prosperado la demanda de Steven Avery. Puede que les afectase a sus trabajos, a sus destinos que ya no serían los mismos, puede… pero había algo mucho más profundo que activó en ellos la parte más malvada y cruel de sus emociones y que de soslayo fue puesta al descubierto por el ayudante del fiscal cuando dice en el juicio algo así: ellos son buenos policías, buena gente, con familias, viven entre nosotros desde hace mucho, sus hijos van a nuestros colegios y han sido ridiculizados y humillados. Aquí reside el porqué de sus actuaciones.

Len Kachinsky era el abogado de Brendan Dassey. Un abogado de oficio más preocupado de ascender en la carrera judicial que la defensa de sus clientes, fue el colaborador en la sombra del fiscal Kratz, de los Investigadores, de la policía… de todos menos de su cliente, permitiendo con sus controladas ausencias que Brendan fuese interrogado sin asistencia letrada alguna. La familia de Brendan acabó prescindiendo de sus servicios.

El padre de Steven es un hombre humilde, reservado y trabajador. Son de esa clase de hombres que cuando caminan se tambalean de un lado al otro por culpa de una espalda molida por los años de duro trabajo. Él tuvo un sueño y nos lo cuenta mientras la cámara le sigue en una secuencia dramática y emotiva como pocas: estando su hijo en la cárcel construyó con sus propias manos unas piscifactorías para que Steven explotase ese negocio una vez saliera libre. Y salió, claro que sí, pero cuando nos lo narra, su hijo ha sido condenado de nuevo y en esta ocasión a cadena perpetua.

La madre de Steven es la humildad personificada. De escasa cultura, tiene sin embargo esa educación, esa sencillez, esa calma a pesar de los pesares, que reconocemos en ella a generaciones anteriores a la nuestra no muy lejanas. La madre de Brendan es diferente. Es una luchadora y se le nota en su expresión. No en vano, nadie mejor que ella conoce las limitaciones y los problemas de adaptación que ha tenido que soportar su hijo y eso le ha hecho rebelarse una y otra vez hasta el agotamiento. Y sus tempranas arrugas, sus ojos siempre en alerta, indican que su vida ha sido una continua batalla.

Los abogados de Steven, Jerry Buting y Dean Strang, son los verdaderos héroes. Enfrentados ante la monstruosa maquinaria puesta en marcha para condenarlo, sus armas serán su profundo conocimiento del universo penal y su precisa retórica, que usarán para convencer al Jurado. Sabiendo que las cosas salieron así por lo que salieron, se empeñaran una y otra vez en demostrar las irregularidades que inundan el caso. Una y otra vez, incansables, viajarán, darán ruedas de prensa, solicitarán tal o cual prueba, animarñan a su defendido e incluso llegarán a estar convencidos de su absolución. Ellos, y con ellos su cliente, serán los más perjudicados por las decisiones de un juez pusilánime y acobardado al que veremos en más de una ocasión balbuceando cuando toma una decisión, al estar más pendiente de las repercusiones que tendrá que de impartir justicia.

Todas estas han sido las herramientas con las que las creadoras de la serie han contado para mostrarnos un producto que nos engancha desde la primera escena hasta el final y que en algunos casos ha provocado que muchos espectadores fuesen incapaces de abandonar el relato y lo consumiesen de un tirón (binge-watching!) ante la avalancha de emociones que provoca.

Recubierta la historia de una pátina de nostalgia y dramatismo, su atmósfera me recuerda a partes iguales a la de Fargo (película) y a la primera temporada de True Detective. Esos paisajes nevados y solitarios, la falta de un sol brillante, las texturas empleadas para hacernos retroceder en el tiempo, los primeros planos dramáticos de los personajes cuando hablan…

Pero todas las historias se acaban, y ya pueden duran más o menos, ser trágicas, dramáticas o cómicas, intensas o pausadas…da igual, el fin nos acecha a los espectadores dejándonos siempre esa sensación de vacío cuando se acerca el momento, un instante final que podrá durar más o menos pero que, ante todo, deberá ser tan brutal que llegue a paralizarnos.

El apoteosis final

En 2015, ocho años después del veredicto, regresamos a Manitowoc, recorremos sus calles, vemos a sus gentes y mediante un magnífico plano aéreo nos muestran una ciudad que parece distinta: sin nieve, sin ese frío que nos calaba, sin esa falta de luz del sol… esa ciudad con sus calles ordenadas, sus jardines parece distinta, incluso de una belleza que antes no habíamos visto. Una metáfora maravillosa utilizada por las creadoras dándonos a entender que las cosas vistas desde arriba, desde lejos, siempre parecen bellas, pero que la verdadera realidad se encuentra abajo en sus calles y sobre todo en sus gentes. Por eso siempre nos enamoran los lugares que visitamos de vacaciones, porque nuestra visión es lejana y desde arriba y desde allí todo parece maravilloso.

Y qué mejor para rematar este final apoteósico, ahora ya sin cámaras que recogieran el momento… ¿O tal vez sí? Con una noticia que nos llegó el pasado mes de agosto: un Juez Federal de Wisconsin anuló la sentencia a cadena perpetua de Brendan Dassey al declarar nulos y sin validez alguna los interrogatorios practicados al menor. Posteriormente, y en una comparecencia vergonzosa ante los medios, su primer abogado Len Kachinsky declaró que esa anulación de la condena lo había sido gracias a su defensa.

Pero los mejores finales son aquellos que se prolongan todavía más y más, una y otra vez para regocijo de los que hemos sido espectadores de esta grandísima historia. Más allá incluso del propio final de la misma.

Mientras escribía estas últimas líneas me saltó la noticia y aquí la recojo porque ya forma parte de nosotros: “un juez federal ordenó este lunes pasado la liberación de Brendan Dassey. Su abogada de apelación cree que podrá estar en su casa el día de Acción de Gracias”. Ahora, con 26 años y tras pasar diez en prisión podría, al igual que lo hizo su tío Steven entonces, solicitar una indemnización millonaria que le resarza de esos años injustamente encarcelado.

Pero las alegrías en este tipo de historias duran lo que duran, y horas después de suceder esto, los abogados del Departamento de Justicia presentaron una moción de emergencia ante La Corte de Apelaciones solicitando al juez que mantuviera a Dassey en prisión, y aunque éste se ha negado al considerar que los representantes del Estado no han argumentado nada nuevo para mantenerle encerrado e insta a que Brendan sea liberado a las ocho de la tarde de este viernes, 18 de Noviembre, alguien de muy arriba, como siempre, ha pulsado una vez más el botón del pánico y la poderosa maquinaria que creíamos oxidada por el paso de los años, ha echado a andar de nuevo.


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