Definir a los Griffin, los protagonistas de esta sitcom de animación, como una familia disfuncional, es quedarse a veinticinco millones de pueblos de lo que realmente son. Y eso, sin exagerar. Un bebé que intenta asesinar a su madre, una hija horrible y olvidada que es la oveja negra de la familia, un hijo rematadamente tonto, una madre adicta a la televisión que flirtea con las drogas y un perro ilustrado y melancólico son gente más o menos normal si los comparamos con el carismático Peter Griffin, guía y alma de la serie, al que hay que darle de comer aparte. Situaciones surrealistas y humor descarado y salvaje abundan en una de las mejores comedias de la televisión.